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No hubo trenes esta vez. Ni dramas. Ni silencios incómodos entre tú y yo. Sólo nosotros y aquel señor bajito con camisa a cuadros abrochada hasta arriba, gafas de pasta y sombrero blanco. Bueno, y J. Costello, J., tú y yo.

Imaginas qué habríamos pensado si, allá por el 95, nos hubieran dicho que 15 años después íbamos a estar viéndolo los tres juntos, en directo, mientras nuestra hija (¡) se quedaba al cuidado de mi pareja (¡¡)?

Pero aunque costó llegar, allí estábamos, a un tiro de piedra del escenario, celebrando el segundo aniversario (y 1 mes) de la segunda noche más difícil de mi vida.

Y después de aguantar la cháchara y las risitas de las de delante durante hora y media, de arrepentirme cien veces por haber dejado la cámara en el maletero del coche, de averiguar lo que era el bluegrass y decidir que no me iba… después de todo aquello, Costello se dejó de hostias y empezó a cantar ‘She’.

Y tal y como te prometí, conseguí no llorar. Y apoyada en tu hombro alargué mi mano hasta encontrar la tuya. Y una vez más supe la suerte que tenía porque hubieras decidido quedarte en mi vida, después de todo…

Y al acabar ‘She’, a bocajarro casi, comenzó aquella otra canción, ésa que habla del todo que precede al después.

Y aún pude oír cómo una de las imbéciles de delante le aclaraba a su amiga:

- ‘ai uan chu’… si es que al final son todas de lo mismo… de amor.

… para comenzar luego a mecerse a izquierda y derecha, como si estuviese escuchando una balada.

Lo que me hizo preguntarme si no estaría yo equivocada al defender que la felicidad no está en que te pasen cosas buenas, sino en sentir que las mereces.

Tal vez fuera más sencillo que todo eso y la felicidad estuviera en no necesitar entender las letras de las canciones y que así todas las canciones hablaran de amor…

Desgraciadamente, yo sí necesito entenderlas. Y allí sentada, con la mirada perdida en algún punto del escenario, aquella letra me contaba que no importa cuántas veces, ni de cuántas maneras, me hagas saber que me has perdonado. Yo sigo sin poder hacerlo.

Y mientras dejaba que todos aquellos versos se clavaran en mí lentamente, me di cuenta de que me temblaban las piernas… Sonreí.  Hacía mucho que nadie me hacía temblar…

Y es cierto que esta vez no ha habido trenes, ni dramas, ni silencios incómodos… supongo que he cubierto mi cupo durante este último año.

Pero, sabes? yo prefiero pensar que si no los ha habido es porque, por fin, estoy aprendiendo a quererte como debería…