Me he abierto otro blog. Sí, otro.

kiss the cook

Septiembre me encanta. Me encanta, además de porque sea el mes en que acaba el verano y empieza a notarse que oscurece antes y que el índice UV baja y las aceras se llenan de hojas secas que crujen cuando las pisas, por los cuadernos a estrenar. Porque en un cuaderno nuevo no empiezas haciendo un garabato, ni escribiendo cualquier cosa de cualquier manera. Empiezas esforzándote por poner algo bonito con tu mejor letra, por no torcerte. Porque aunque sepas que acabarás tachando y usando abreviaturas y dibujando floripondios en las esquinas, decidir qué vas a poner en esa primera hoja y con qué color es una de esas cosas importantes de las que nadie habla pero que ahí están.

Y ya sé que igual este no pollo al ajillo parece poca cosa para inaugurar un blog. Pero tiene su porqué.

Resulta que hará un par de días, a raíz…

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Pues yo creo que no comes bien, sentencia mi madre, esa mujer de 70 años que cena patatas fritas rociadas con crema de queso, marca President, mortadela y picos, regado todo con Coca-Cola Zero. Esa mujer de 70 años que no se mide el azúcar a pesar de ser diabética y se pincha la insulina a ojo. Y luego lo mismo se mete cuatro ciruelas entre pecho y espalda, que se clava un helado. Esa madre en cuya casa jamás probé ningún tipo de verdura cruda o cocinada -salvo que fuera en forma de salsa e indistinguible a la vista y al paladar- durante 24 años, porque si lo que quería la niña era la yema del huevo frito con patatas, pizza y pasta, con obligarla a comer carne en salsa, pollo a la plancha y pescado rebozado, listo. Esa madre en cuya casa no recuerdo haber bebido agua nunca, porque habiendo Coca-Cola, pa’qué. Esa mujer. Esa madre.

Y a continuación me habla de unos padres veganos a los que les han retirado la custodia de sus hijos porque estaban malnutridos. ¿Y eso dónde ha sido?, pregunto. No sabe. ¿Y cuántos menores malnutridos, obesos por ejemplo, o que se alimentan a base de bollería industrial y zumos de bote hay, que no salen en las noticias porque sus padres no son veganos y no vende, eso lo sabes?, insisto. No, me dice, pero le preocupa Paula. Le preocupa que no coma comida normal. Le explico, o lo intento, que eso que ella llama “comida normal” no existe. Que comer, como casi cualquier elección que hacemos en esta vida cuando nos dejan, es un acto político. Que, en cualquier caso, que desde pequeños nos acostumbremos a comer carne híperprocesada de cerdo en forma de salchicha, en lugar de hamburguesas hechas con legumbres, verdura y cereales, por ejemplo, es cultural. Cultural, no normal. Y que no hace falta que se preocupe por Paula, que, le aseguro, come infinitamente mejor que ella. Que ella y que cualquier niñx de su clase, me atrevería a decir. Y que yo misma a su edad, eso por descontado. Que, además, yo no le prohíbo que coma carne o pescado, simplemente yo, que soy la que cocina en nuestra familia, no uso ingredientes de origen animal. Cuando salimos, por ejemplo, si quiere carne, la pide. Cuando va a su casa, por ejemplo también, come toda la mierda que quiere y más. De mierda nada, salta. ¿Y el fiambre con el que cubres la mesa qué es?, pregunto. Mierda, le aclaro. Carne hormonada y llena de antibióticos y luego procesada con sabe dios qué. Pero que no nos desviemos, insisto, y que me diga, ya por curiosidad, qué le falta a mi dieta y a la de mi hija. Porque a mí, si hay alguien que me importa en el mundo y si hay alguien que me preocupa que esté sana, es ella, Paula. Y que insinúe siquiera que pueda estar malnutrida, pues me jode, qué quiere que le diga. Y ahí se enroca. Mira, que no voy a discutir contigo, me responde, pero sigo pensando que eso no puede ser bueno porque hay que comer de todo.

Llegado a ese punto preferí colgar. En parte porque discutir con mi madre sobre veganismo es como discutir sobre feminismo con alguien que empieza por aclararte que él no es machista pero. Y en parte porque sé perfectamente de qué polvos vienen estos lodos.

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¿Y tú qué vas a comer? porque yo no voy a hacerte nada de eso que tú comes, se apresuró a aclarar mi madre cuando le conté, dos semanas atrás, que Nacho y yo habíamos decidido ir allí a pasar unos días junto con Paula y su amiga C.  No contaba yo con ello y tampoco quería, dicho sea de paso, que mi madre cocinara para mí. Y es que, cada una en su cocina, y no hablo ya de ética ni de ingredientes, sino del modo de movernos en ella, hemos resultado ser, también, la noche y el día. Así que calculé cuántas comidas y cenas iba a pasar fuera de casa y llené una neverita con tupers de platos hechos por mí – quinoa con verduras, albóndigas con salsa de tomate, ragú de seitán- más un paquete de medallones de soja texturizada y otro de edamame congelado. Porsiaca. Y pa’llá que me fui, cantando bajito.

Y después de tanto tiempo sin pisarlo, con Cádiz me pasó como con ese amigo que hace años que no ves y de repente lo tienes delante y te das cuenta de que no quieres preguntarle nada, sólo abrazarlo con todo tu cuerpo. Y a pesar de que no había empezado siendo la mejor semana de mi vida, ir con Nacho, compartir la cama de 1.05 de mi hermano, rodeados de fotos de su mujer – que aquello no tiene, palabrita, nada que envidiarle a la habitación de un stalker y asesino en serie de esos que salen en Mentes Criminales- y, sobre todo, poder bajar con él a la playa en la que pasé mi adolescencia paveando y tachar por fin el último de los I’ve never de mi lista, yeah!, (algunx sabrá de qué hablo), hizo que aquellos 5 días y 4 noches en casa de mis padres fueran, de lejos, los mejores que he pasado allí desde que ahuecara el ala allá por el 96.

no pollo

*no pollo con patatas*

Y llegó el viernes. Y mis padres, a petición expresa mía, invitaron a cenar a mis tías adoptadas, a las que no veía desde el pleistoceno. Y allí estábamos todxs, sentadxs alrededor de aquella mesa ovalada con mantel de tela, cubiertos buenos y vasos para vino y para agua. En un extremo, con montones de platos de fiambres ibéricos, carne en salsa, pescaíto frito y mejillones empanados, porque hay que comer de todo, mi madre. En el otro, con mi tuper de albóndigas (cuya receta saqué, como tantas cosas, del blog de Olga) hechas a base de lentejas beluga y arroz integral, con salsa de tomate, un platillo de filetes de no pollo con patatas fritas cortadas a mandolina y otro de croquetas de patata y quinoa que había improvisado el día antes y que habían resultado estar orgásmicas, yo. Lo que mi madre no vio venir fue que a mis tías, abiertamente carnívoras y super fans de su saludable y variada cocina, fueran a gustarles mis platos. A gustarles tanto como para repetir. Tanto como para mojar pan en la salsa. Tanto como para animarme en mi loca idea de, tal vez, intentar dedicarme a ello de manera profesional. Idea, por supuesto, que ella se encargó de echar por tierra, como todo lo que ha sido importante para mí a lo largo de mi vida, asegurando que no iba a funcionar. No puedo decir que me sorprendiera. Como no me sorprendió que se negara en redondo a probar ninguno de mis platos, por más que mis tías insistieran en que lo hiciera. O que se pasara la cena sin dirigirme la palabra.

orgasmo vegano en forma de croqueta

*orgasmo vegano en forma de croqueta*

Y aunque en otra época habría disfrutado con todo aquello, esta vez sólo me dio lástima. Porque por más que mi madre se lo tomara así, para mí no se trataba de ninguna competición, sino de activismo. Que comprobaran por sí mismxs que se puede comer de todo -y por de todo entiendo yo proteínas, hidratos y grasas saludables en las proporciones adecuadas- sin necesidad de maltratar a ningún animal y sin que se trate de algo insípido, aburrido o especialmente complicado de hacer.  Que entiendan que ser veganx no es una promesa a la virgen ni una dieta para adelgazar, sino una filosofía de vida. Y si no lo quieren entender, como al parecer le pasa a mi madre, al menos que lo respeten. Que tampoco creo yo que sea tanto pedir.

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crackers con camembert y alcaparras

*crackers saladas con camembert vegano y alcaparras en salmuera*

Y esta mañana amanecerá siendo septiembre. Y en mi cocina hará cada vez menos calor y yo aprovecharé para darle caña a todos esos libros y trastos que me he comprado. Para seguir incursionando en el entretenido mundo de las leches vegetales y los quesos veganos. Para estudiar nuevos modos de utilizar la soja texturizada y el tempeh. Para llenar el congelador de tupers y que Nacho no tenga que comer en el curro flamenquines y pasta con tomate de bote un día sí y otro también. Para que Paula coma cada vez mejor, por más que eso tenga a mi madre en un sinvivir. Para animar al Escocés, que de momento ha vuelto a tontear con el vegetarianismo, a que dé un pasito más, si quiere…

Y mientras observo cómo en mi encimera germinan las semillas de kamut con las que haré rejuvelac, me da por fantasear con un restaurante chiquitito en el centro, en el que entrarían fundamentalmente guiris y perroflautas. Y qué nombre le pondría, me digo. Y me viene a la cabeza aquel trozo de tela con letras blancas y azules bordadas por mí, que rezaba ‘KISS THE COOK’ y que presidía nuestra cocina de Gelves. Qué me gustaba a mí aquella cocina, con su despensa llena de mierdas vegetarianas, su ventana (la favorita de nuestros gatos) a la calle, y su mesa-libro, blanca de patas negras, en la que nos encantaba tantísimo tomar el té y jugar a las cartas y charlar sobre las cosas verdaderamente importantes. Porque un hogar es una cocina en la que te puedas sentar a tomar el té y a charlar mientras tus gatos miran tranquilamente por la ventana.

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*Trufas de dátiles, avellanas y cacao, cubiertas de chocolate al aroma de coco*

Luego vuelvo al presente, a mi cocina sin mesa, sin ventana a la calle y sin gatos, porque desde que Brow dejó a Livia tuerta mi casa es como la Alemania del muro. Y el muro es la puerta del pasillo. Y mis gatos viven del pasillo pa’dentro y Brow del pasillo pa’fuera. A mi cocina sin ‘KISS THE COOK’, pero con la ‘Defensa de la alegría’ de Benedetti copiada a pluma por Mariajo, eso sí. A mi cocina con su frigo cubierto de fotos, de imanes de viajes propios y ajenos y de pegatinas con mensajes antiespecistas. Y, cuando lo abres, lleno de leches vegetales y miso blanco y oscuro y verdura comprada en la frutería del barrio. A mi cocina con sus baldas llenas de especias, de cereales, de legumbres compradas a granel. Con sus trastos, la mayoría comprados a medias con el Escocés, cuando no son regalos suyos directamente, a pesar de estar separados. Y me doy cuenta de que todas esas cosas no han llegado aquí en un día. Que cada una tiene su historia, como la tuvo aquel trozo de tela enmarcada en su momento. Como la tiene el elegir no comer de todo. Y que eso también es hogar.

Había una vez una pequeña tortuga que vivía en una de esas peceras planas con isleta al centro y palmerita de plástico por bandera. Y comía camarones secos y una especie de pienso desecado que aparecía flotando en el agua una vez al día y acababa mezclándose con sus propias heces. Y cada mañana buscaba el sol que entraba a hurtadillas por la ventana de una impoluta cocina de color crema con isleta al centro. Y nadaba, con sus pequeñas patitas, dibujando círculos infinitos. Y, a veces, cuando se aburría de nadar, permanecía quieta, dejándose llevar a ninguna parte. Y eso no la hacía feliz. Tampoco desgraciada. Porque nadie le había hablado nunca de los ríos, de la lluvia cálida de verano, de los cielos cuajados de estrellas, de las piedras cubiertas de musgo sobre las que atesorar los últimos rayos del sol de la tarde, del deshielo que trae consigo la primavera, ni de las crecidas que arrasan con todo aquello que no tenga raíces. Y ella, en su pequeña pecera con isleta al centro, jamás echaría de menos nada de eso.

‘A veces deseo ser como mamá, que nunca tiene esa sensación de perderse algo, sensación que yo tengo tan a menudo y de forma tan dolorosa’ (A. Schorobsdorff, ‘Tú no eres como otras madres’)

La costa de Almería es azul, roja, verde. A veces también es blanca, como la playa de los Genoveses, y otras del color del trigo, o eso me han contado.

13680648_526884237510725_8450562148084086802_nY hay montañas que ocultan el mar para que pueda sorprenderte de repente, cuando coges una curva con un coche de juguete mientras suena White Buffalo. Y dunas que son trincheras. Y barcas viejas, comidas por la sal y por el olvido. Y matojos que parecen secos pero que resisten el viento y la ausencia de lluvia. Y cactus que sostienen como pueden a la única flor que darán en su vida. Y flores que se elevan desafiantes, como espadas contra el cielo. Y chumberas moribundas que se marchitan a ambos lados de la carretera sin que ni tú ni yo podamos hacer nada. Y camaleones que salvan su vida en las rotondas sólo para que yo los vea. Y casas cúbicas que cobran vida cuando tú hablas de ellas. Y palabras que evitan que uno se duerma al volante.

Y hay paseos marítimos llenos de gente que no puede vernos cogidos de la mano. Y puestos hippies donde venden cosas inútiles pero preciosas, en los que yo les compro algo a Nacho y a mi hija y tú a tu mujer. Y restaurantes con manteles de plástico que te llevan de vuelta a la infancia y en los que yo, que no he estado en ese pasado, como no estaré en ningún futuro tuyo, te escucho embobada desde este presente que no puede quitarme nadie. Porque si hay algo que me encanta muchísimo es oír historias bonitas de boca de personas a las que quiero.

Y hay pensiones cutres, con espejos en el techo y cabeceros naranjas y colchas que han amarilleado con el tiempo. Y colchones con sábanas de arriba que acaban a los pies de la cama. Y camas que acaban convirtiéndose en aguas internacionales.

13782258_527210604144755_3064625716341385018_nY desayunos en los que me entero de que eres de los que desechan la primera y la última rebanada del pan. Y flores fucsias que se arremolinan contra los bordillos de las aceras para recordarme que en menos de 3 horas estaré de vuelta en esa estación en la que tú me pondrás la mejilla cuando vaya a besarte.

Porque a mí esas cosas, que esto está mal y que nadie debe saberlo, siempre se me olvidan.

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Y qué te ha gustado más, me preguntas.

Y pienso en el atardecer desde tu cama, en tu ventana sin cortinas, en lo mala que era la peli, en ti tratando de comer con palillos, en tus dedos arrugados al salir de la bañera, en el ansia con que me besaste al cerrar la puerta.

, respondo.

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Y no aprendo.

‘Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. (…) A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto’. (Cortázar, Rayuela, capítulo 93)

Jueves 8 a.m.

Al otro lado de la ventana los vencejos planean, viran en las curvas, gritan desafiantes a una mañana que hoy ha amanecido gris y fresca. Sus siluetas negras enmarañan el cielo como quien garabatea la primera página de un cuaderno a estrenar.

Y me gustaría tanto poder unirme a ellos. No descansar hasta llegar a Málaga. Sobrevolar el cementerio de los ingleses y dejar tal vez una flor sobre aquella lápida medio rota en la que podía leerse: ‘ya no temerás más la luz del sol’. 

Y mañana a esta misma hora, de uno u otro modo, estaré camino de Portugal, con mi bolsa de Fisher & Sons, Funeral Home y mi ejemplar de Rayuela.

Porque aunque sé que lo prudente sería resguardarme de los rayos, de la lluvia, yo necesito salir a buscarlos. Que bastante tengo ya con pasarme la vida huyendo del sol como para andar evitando también la lluvia.

Y porque es lo que me cala hasta la médula lo que me hace sentirme viva.

Y que me parta un rayo me parece un riesgo asumible.

Si viviéramos en un mundo justo donde todo el mundo se tratara bien, podríamos disfrutar del vértigo de tirarnos de espaldas donde quisiéramos, porque sabríamos que siempre habría una persona dispuesta a amortiguar nuestra caída. Pero ése no es el mundo en el que vivimos, al menos de momento“. (Contraelamor)

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No se trata de la huida desesperada de quien despierta una mañana echando en falta lo que no ha vivido. Y se dedica a vagar por los tejados y a caminar por las cornisas más estrechas que encuentra sin mirar hacia abajo.

No se trata de esos labios que no se cansan de buscar. Y lo único que consiguen es acabar más ajados, más sedientos.

No se trata de esa gente que aparece y, cuando se marchan, te preguntas de dónde mierda habrán salido y por qué cojones no se habrán quedado allí.

Ni de ese vacío tan hondo, tan oscuro, que no termina de llenarse ni con todo los cuerpos del mundo. Y acabar tan jodida que terminas mordiendo la única mano que todo lo que quiso fue acariciarte el lomo.

No se trata, esta vez, de aquella huida.

Aquélla ya fue.

Se trata de disfrutar del vértigo de dejarme caer.

Del ansia, del deseo de una piel que late bajo la mía.

De mi piel.

Que late.

–  I’m stuck. Does it get easier?

– No.

 

Martes. 6.30. Apago el despertador, voy a la cocina y, sin abrir del todo los ojos, enciendo la cafetera. Sentada en una de las sillas del salón acaricio a Brow mientras me tomo el que será mi primer café del día. Solo, una y media de azúcar. Ya con algo de cafeína en el cuerpo preparo los desayunos de los demás: cereales con leche de avena y café con leche de soja y dos de azúcar para Nacho. Café con tres de azúcar y leche sin lactosa para Paula. No apago la cafetera por si Chema quiere uno cuando llegue. Solo, sin leche ni azúcar. Luego guardo la comida de Nacho en la bolsa verde: el tuper grande con la quinoa con verduritas que saqué del congelador la noche anterior , el tuper pequeño con los picos, las dos piezas de fruta y los cubiertos. Sólo entonces me voy a la ducha, pasando por el cuarto de Paula para verla dormir antes de que se despierte. Me enjabono con el gel de té verde, no con el de sales -ése lo reservo para las mañanas en que no tengo nada que hacer y me quedo en casa chumineando- y una vez seca me doy la protección solar 50 para que la piel me la vaya absorbiendo.

Nacho es el primero en irse. Diez minutos después lo harán Chema y Paula. Yo seré la última. Y lo haré dejando solos a un perro del pasillo pa’fuera y a dos gatos, una tuerta y otro gordo y asmático, del pasillo pa’dentro.

8.10. Me enchufo los cascos y echo a andar bajo los árboles del paraíso, por aceras llenas de frutos redondos y arrugados como diminutas manzanas asadas. A mi izquierda, al llegar al final del puente de los bomberos, saludo al hombre que vende Kleenex y rosarios. A mi derecha dejo atrás la pequeña tienda de comida para llevar en la que no he entrado nunca a pesar de pararme siempre ante el escaparate. En mis oídos suena Stars, de Simply Red. So many words are left unspoken, the silent voices are driving me crazy. Y aunque me hace mierda oírla, vuelvo a ponerla en cuanto acaba. As for all the pain you caused me, making up could never be your intention. Y una vez más. You’ll never know how much you hurt me… La última, me prometo, sentada en el banco de piedra de la parada del 21 con mi bolsa verde sobre las piernas.

8.30. Mi segundo café del día me lo tomo en un bar en cuyas paredes hay mares y desiertos y rostros de mujeres sonrientes con pañuelos cubriéndoles el cabello. ¿La entera con tomate? pregunta la chica que trae mi tostada, al chico que hay detrás de la barra. Para la muchacha, responde él señalándome con la barbilla. La muchacha, repito para mí. Y sonrío.

20160607_0909178.55. La persiana metálica del restaurante está cerrada cuando llego, 5 minutos antes de mi hora. Y aunque el sol no pica tanto como para despertar a mi lobo, cruzo la calle. Y mientras hago tiempo, espalda contra la pared y bolso al hombro, observando a dos gorriones que dibujan arabescos en el aire mientras persiguen a una libélula, el sol, oculto tras una farola, me observa a mí.

Miércoles. 6.45. Apago el despertador y, sin abrir del todo los ojos, voy a la cocina y enciendo la cafetera. Sentada en una de las sillas del salón me tomo a solas el que será mi primer café del día. Solo, una y media de azúcar. Luego me pongo a preparar los desayunos de los demás: cereales con leche de avena y café con leche de soja y dos de azúcar para Nacho. Zumo de plátano, manzana, pera y naranja para Paula. Hago un poco de más por si Chema quiere un vaso cuando llegue. Hoy no meto nada en la bolsa verde. En un rato Nacho estará cogiendo un avión y aprovechará su viaje para comer sabe Thor qué mierdas. Pero eso será en un rato.

7.15. ¿Estás bien?, pregunta sujetando mi cara entre sus manos. ,  miento sin pestañear siquiera. Y sonrío como si haber tenido que renunciar a un trabajo que me encantaba y se me daba genial no fuera importante. Como si no llevara desde ayer aguantándome para no llorar. ¿Sabes lo que más me ha jodido de todo?, exploto, que cuando llamé a mis padres para contárselo, los dos me recordaron lo dura que es la hostelería y que yo estoy enferma. “Bueno, ahora te quedas en casa y cocinas para tu niña”, remató mi madre. Me dio la sensación de que de algún modo les aliviaba que no pudiera aceptarlo. Y que, de algún modo también, no habían oído una palabra de la parte en la que les explicaba que si no me quedaba era porque parte del trabajo implicaba servir a mesas que estaban fuera y llevar comida a las oficinas de los alrededores que las encargasen, no porque no me hubieran ofrecido el puesto. Nacho me mira con una mezcla de pena y rabia. Tus padres siempre animando, responde justo antes de abrazarme. Lo siento tanto, amor… añade al oído.

8.40. Cuando todos se han ido enciendo un fuego y pongo a cocer los garbanzos que dejé anoche en remojo para hacer hummus. En otro caliento agua para escaldar los tomates y preparar gazpacho. Tengo la nevera a reventar de comida -tofu ahumado con verduritas, garbanzos con espinacas, lentejas- pero aunque no tengo nada de hambre, el cuerpo me pide cocinar.

Mañana será otro día, me digo. Pero hoy sigue siendo ayer. El martes en que el sol parecía estar contenido en una farola.

12.05. Me meto en la ducha. Abro el gel de sales.