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Escrito por: Bloody el 08 Ago 2007 .

Estaba con su hija en la enorme sala de espera del Hospital Oncológico de día.
Discutía con ella, o más bien era al revés. Era su hija la que le “regañaba” por tener el tono del móvil demasiado alto, aunque se lo decía muy bajito y con dulzura, como la que le habla a una niña de 3 años.

Ella (la madre) era una mujer bajita, delgada (50 kilos como mucho), arreglada sin llamar la atención, con cada mechon de pelo en su sitio, la cabeza bien alta, y una mirada llena de seguridad.

Yo las observaba en silencio mientras esperaba que Chema volviera de aparcar, tratando de adivinar cuál de las dos iba a recibir tratamiento.

De repente, una mujer de unos 30 años pasó por delante nuestra dejando unos papelitos. Yo lo cogí sin saber de qué se trataba, pero Ella la miró a los ojos y le dijo “A mí ni se te ocurra dejarme eso, eh!”

Lo leí. Hablaba de un niño de año y medio con cáncer, supuestamente su hijo. Y por supuesto pedía dinero para el tratamiento.

“Qué poca vergüenza! A ésta ya me la he encontrado yo por aquí antes. Cómo pueden utilizar una enfermedad como ésta para sacarle dinero a la gente?”

La hija la miraba resignada, sabiendo que su madre era de las que no se callan si tiene algo que decir.

Y nos pusimos a hablar…  en las dos horas de espera que había ese lunes para recibir tratamiento acabé sabiendo más cosas suyas que de mi cuñada en los 5 años que lleva siéndolo. Me habló de su enfermedad, de cómo se le había caído el pelo (llevaba peluca, aunque yo no lo había notado). Me habló de su hija, como si no estuviera delante, me contó que era muy lista pero también muy floja y que había dejado los estudios. (“Los dejé para cuidarte, mamá”, se quejaba la hija adolescente sin mucha convicción). Me contó que en toda su vida no había hecho otra cosa que trabajar y que ahora con lo de su enfermedad se había quedado sin casas (y sin pensión, porque en ninguna casa la tenían asegurada).

De repente recibió una llamada, que despachó con monosílabos mientras su expresión se endurecía. Cuando colgó se volvió hacia su hija “Tu padre, que qué hacemos que tardamos tanto”.

Yo no sabía a dónde mirar. En ese momento apareció Chema, me besó y me dijo algo como “Nada, que ya he aparcado. Te quiero. Me voy para allá que si nos llaman desde aquí no nos enteramos”.

El resto de la conversación fue de lo más triste. Me habló de su marido, que no la había apoyado, consolado, ni ayudado desde que habían sabido de lo de su cáncer (de esto me dió detalles tan fuertes e indignantes que mejor no contarlos). Me dijo que era un hijo de puta (la hija asentía en silencio), que le había repetido tantas veces que ella (Ella) era una mierda y que no valía para nada, que se lo había terminado creyendo. Y que qué suerte tenía yo por tener a alguien que se acercaba sólo para darme un beso y decirme que me quería.

Yo quería contestar, pero no sabía qué podía decir… Veía allí a esa mujer, pasando por todo aquello sola con su hija, contándome su vida a mí, a quien sabía que no iba a volver a ver (o precisamente porque lo sabía, me lo contaba), y no me salían las palabras.

Qué le iba a decir yo, la que lo tenía todo? Que dejara al cabrón de su marido? Para ir a dónde?

Esa mañana el Rituximab no me hizo vomitar. Esa mañana no me creía con derecho a quejarme de nada.

Hoy he escuchado esta canción y me he acordado de Ella.