Escrito por: Bloody el 10 Ago 2007.

Suerte (mala) es tener una enfermedad crónica que se reactive con el sol.

Suerte (buena) es tener un amigo de 20 años que te regale una tarde-noche de Agosto, en la que podría estar haciendo un millón de cosas o simplemente rascándose los huevos, para que tú puedas pisar la playa.

Yo tengo Suerte. Tengo la suerte de que la mayoría de las personas que entran en mi vida, se queden en ella. Tengo la suerte de que Kike sea una de esas personas. Y tengo la suerte de darme cuenta de ello (que no es ninguna tontería).

La última vez que pisé la playa ni siquiera lo hice descalza, fue en invierno de 2004, en Den Haag (La Haya, vamos) con mi amigo el protestón. Recorrimos el paseo marítimo y bajamos a la arena sólo un momento, para acabar nuestra pequeña excursión en un bar de Karaoke (!!!).

Hay personas que saben disimular su estado de ánimo. Yo no. A mí cualquiera, me conozca de años o de una hora, puede leerme la alegría, la tristeza, la preocupación, la ilusión, el miedo… no puedo evitarlo, así que tampoco lo intento. Ayer por la tarde yo no era yo, era un flan de huevo en un plato…

Aún así, cuando por fin Kike me dió un toque para que bajara, me calcé una sonrisa de oreja a oreja, pillé la bolsa de la cámara, me despedí de Chema y de la niña, y como hay pocas cosas tan contagiosas como una sonrisa sincera, nada más llegar se la pegué a Juanjo y a él (Juanjo es el mejor amigo de Kike, un niño lindísimo que me echaba veintitantos años, jeje, y dueño del coche en el que íbamos). Una vez en marcha, recogimos a Rebeca, amiga (ó más bien “amiga”) de Kike, y pusimos rumbo a la playa.

A mí el coche (no el de Juanjo, cualquiera en el que yo vaya) me da pánico, y el viaje de ida se me hizo eterno. Tardamos 2 horas (de autopista la mayoría) en llegar a Bolonia, y cuando aparcamos comprobamos que los demás coches ya se iban. En la playa quedaba poca gente. No sólo era tarde, además el cielo estaba encapotado.

Y ahora viene lo difícil. Intentar que quienes leáis esto os hagáis una idea de lo que sentí cuando vi el mar, cuando olí la sal en el aire, cuando metí los pies en la arena.

Me parecía estar viviendo aquello a cámara lenta, mientras los demás se movían a mi alrededor con normalidad. Kike se volvió y, sonriendo, me dijo algo… pero si lo escuché y si le contesté, eso no lo recuerdo. Me quedé allí, de pie, hundiendo mis pies y sintiéndome la persona más afortunada del mundo. Los demás me observaban, pero mi mirada estaba fija en el mar, que ese día era mío. Me acerqué a la orilla. El mar era una balsa. Ninguna ola me impidió el paso. El agua estaba fría, y el cielo, gris y apagado, se reflejaba en ella volviéndola oscura. Juanjo y Rebeca se quedaron en la orilla. Kike me acompañó durante unos minutos, pero lo relevé de su cargo porque estaba helado. A mí, que soy de naturaleza friolera, me pareció que el agua estaba simplemente perfecta, aunque mi pecho no opinara lo mismo. No sé cuánto tiempo me quedé allí, compartiendo aquel mar tan sólo con un hombre que estaba a unos 200 metros. Cuando salí pensé “tu sigue aquí, que yo volveré uno de estos días”.

Estuvimos sólo 3 horas, charlando de esto y aquello, de primeras impresiones, de relaciones, de amor, de desamor, de sexo, de viajes, de “Juanjo, tú no escuches a estas dos, que son iguales… unas liantas”. Cuando anocheció la playa estaba desierta (el sol bañaba tu piel…) y la oscuridad se tragó al mar, a las montañas, y de repente ni siquiera distinguíamos las siluetas a un metro de distancia…

Luna nueva.

Escuchamos ruido en las papeleras cercanas, y pensamos que serían unos perros que habían estado rondando cuando sacamos los bocatas. En la vida hubiera imaginado que se tratara de 3 caballos, a los que no ví sino a través de una penosa foto hecha en modo nocturno. Cuando el frío empezó a colarse entre la ropa, levantamos el campamento, y nos dirigimos a tientas hacia el coche. Pasamos rozando a uno de los caballos, que parecía negro, y me despedí de Bolonia para mis adentros, con una sonrisa que nadie vió.

El camino de vuelta se me hizo cortísimo. A pesar de la vaca que se interpuso en nuestro camino y que casi nos cenamos. A pesar de la música (que no entendía). A pesar de mi miedo a viajar en coche.

Cuando llegué, a eso de la 1, y Chema me preguntó, bueno, qué tal?, le respondí, mañana te cuento…

Quería quedarme un poco más dentro del agua, dejar un poco más mis pies en la arena, oír un rato más el rumor del mar, sin olas, sobre la orilla.

Recordar la suerte que tengo.