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Leí este texto hace más de 10 años, y me impresionó muchísimo. Lo he recuperado y traducido lo mejor que sé. He dejado el texto original más abajo, por si queréis contrastar algo.

LO QUE LE HICIMOS A RODNEY (La historia real de un perro vendido a un laboratorio)

Le pusimos Rodney. Era un cruce de perro pastor. Con una oreja levantada y la otra caída y rebotándole sobre la cabeza cuando llegó. Su cabeza y sus pies eran demasiado grandes para su cuerpo delgado y musculoso. Un olor a humedad se desprendía de su piel infectada de pulgas y de sus orejas descuidadas. En conjunto, no era gran cosa. Uno de los miles de perros que se enfrentan al mundo sin el lujo de tener un dueño.

Yo estaba en tercero de veterinaria y él venía de la perrera municipal. Durante el siguiente cuatrimestre cuatro de nosotros (estudiantes) practicamos técnicas de cirugía en él. La primera de nuestras prácticas de cirugía en pequeños animales.

Él siempre se alegraba de vernos- golpeando la cola con fuerza en las paredes de su pequeña jaula de acero- . Rodney no había vivido mucho, así que una pequeña palmadita en el lomo y un pequeño paseo por el campus le alegraban el día.

Lo primero que le hicimos fue castrarlo, un trabajo aparentemente poco invasivo, si no fuera porque nos llevó una hora realizar un procedimiento que generalmente dura 20 minutos y una sobredosis de anestesia lo dejó K.O durante 36 horas. Dos semanas después le hicimos una exploración abdominal, abriéndole el abdomen, haciendo inventario de sus órganos y cerrándolo después.

Ésta fue la primera cirugía mayor para todos nosotros, y sin la supervisión adecuada no lo cerramos bien. A la mañana siguiente, la incisión se había abierto y estaba sentado sobre su intestino delgado. A toda prisa le cosimos de nuevo, y sobrevivió. Pero pasó una semana o más antes de que pudiera reanudar los paseos que esperaba ansiosamente. Todavía movía la cola cuando llegábamos y nos saludaba con tanto entusiasmo como podía.

La siguiente semana, de nuevo estando anestesiado, le rompimos la pata y se la arreglamos con un clavo de acero. Después de esto, Rodney parecía sufrir constantemente, le subió la fiebre y ya no se movía tanto como antes.

Sus fuerzas se extinguieron, a pesar del tratamiento con antibióticos nunca se recuperó por completo. Ya no podía salir a pasear y nuestras visitas generaban sólo un débil meneo de cola. Se le fue el brillo de sus ojos castaños. Su pata operada seguía entumecida e hinchada.

El cuatrimestre se estaba acabando, y los días de Rodney estaban contados. Una tarde lo pusimos a dormir.

Mientras la vida se escurría de su cuerpo y sus ojos se desenfocaban, mi actitud hacia la investigación con animales comenzó a cambiar.

Soy un científico que ha sido educado en el método científico… Pero tras 15 años de práctica veterinaria creo que existen consideraciones morales y éticas que superan a los beneficios. Porque por el hecho de ser la especie más poderosa sobre la Tierra, los humanos tenemos el poder -pero no el derecho- de abusar de los llamados ‘animales inferiores’.

El fín no justifica los medios.


We called him Rodney. He was a tall, gangly shepherd mix. One ear stood up, and the other flopped over and bounced against his head when he ran. His head and feet were too big for his thin but muscular body. A musty odor accompanied him from flea-infested skin and neglected ears. Altogether, he wasn’t much to look at—one of thousands of dogs facing the world without the luxury of a guardian.

I was in my third year of veterinary school, and he came from the local dog pound. For the next quarter, four of us students practiced surgery techniques on him—the first of our small-animal surgery training. He was always happy to see us—tail thumping wildly against the walls of his small steel cage. Rodney hadn’t much of a life, so a pat on the butt and a little walk around the college complex made his day.

The first thing we did was neuter him, a seemingly benign project, except it took us an hour to complete the usual 20-minute procedure, and an anesthetic overdose kept him out for 36 hours.

Two weeks later, we did an abdominal exploratory, opening his abdomen, checking his organ inventory, and closing him again. This was the first major surgery for any of us, and with inadequate supervision, we did not close him properly. By the next morning, his incision had opened and he was sitting on his small intestine.

Hastily, we sewed him up again, and he survived. But it was a week or more before he could resume the walks he had come to eagerly anticipate. He would still wag his tail when we arrived and greet us with as much enthusiasm as he could muster.

The following week, again when he was under anesthesia, we broke his leg and repaired it with a steel pin. After this, Rodney seemed in almost constant pain, his temperature rose, and he didn’t rebound as he had in the past. His resiliency gone, despite antibiotic treatment, he never recovered completely. He could no longer manage his walks, and our visits generated only a weak thump of his tail. The shine was gone from his brown eyes. His operated leg remained stiff and swollen.

The quarter was ending, and Rodney’s days were numbered. One afternoon we put him to sleep. As the life drained from his body and his eyes lost their focus, my attitude toward animal research began to change.

I am a scientist weaned on the scientific method….But after 15 years in the veterinary profession, I now believe there are moral and ethical considerations that outweigh benefits. Because we happen to be the most powerful species on Earth, humans have the ability—but not the right—to abuse the so-called “lower” animals. The ends do not justify the means.
Peter M. Henricksen.