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Escrito por: Bloody el 20 Nov 2007 –

La primera vez que escuché esta expresión fue, como no podía ser de otra manera, en una canción. Decía: “I’ll pick up the pieces and mend my heart”. Algo así como “Reharé mi vida y arreglaré mi corazón”.

Y fue esa canción la que se me vino a la cabeza cuando pasamos por aquel callejón estrecho y oscuro y ví el nombre de ese coffeeshop, Pick up the pieces. Debería haberle hecho una foto, pero era nuestra última mañana y andábamos con prisa buscando un buzón en el que meter unos cuantos sobres llenos de maría, confiando en que alguno llegara a su destino…

Me encantan los coffeeshops, con sus portavelas rojos, sus suelos y mesas de madera, sus carteles de “prohibido los móviles” (aleluya!), sus luces tenues y su ambiente relajado.

Y Amsterdam, al menos el centro, está lleno de ellos. Puedes pasarte allí dos semanas y no repetir. A menos que quieras hacerlo, claro. Nosotros lo hicimos, aunque de éste no recuerdo su nombre. Se ve que no era el verso de ninguna canción…

La primera vez que entramos fue la mañana del jueves. Nos sentamos en una de las mesitas de la planta de arriba. No había mucha gente, porque suelen ser sitios no muy grandes. Dos o tres parejas fumando, y una comiéndose la boca como si quisieran arrancarse los labios. Eran italianos, creo. Ella era guapa, alta, morena, pelo largo, buen tipo. Él parecía hecho a su medida. Iban cargados de maletas. Y cargados en general. De repente, ella se tumbó sobre sus piernas y él sobre su cuerpo, y se quedaron así, como dos piezas de tetris, durante un buen rato. Luego él se fue y ella se quedó dormida, acurrucada en el sofá.

Cuando la camarera subió y la vio allí tirada intentó despertarla, aunque sin demasiado éxito. Así que bajó y al minuto estaba de vuelta con un hombre que zarandeó a la italiana al grito de “Wake up! Wake up!” (Despierta! Despierta!). Aquello empezaba a parecerse a la canción de “un elefante se balanceaba…”. Y el primer elefante, al ver que no se caía, llamó a otro, y así acabó rodeada de 4 personas, todas intentando echarla de allí. En vano… y es que la llevaba tan grande que ni se enteraba de lo que le decían, y en cuanto la soltaban se dejaba caer sobre el sofá de nuevo.

Entonces apareció el italiano hablando con gestos y un inglés rudimentario. Se sentó a su lado e ignorando al corro que se había formado, comenzó a susurrarle cosas al oído, acariciarle el pelo y besarle la cara. “Two minutes”, pedía. Sólo dos minutos. Y justo cuando el personal empezaba a impacientarse ella decidió que era el sitio y el momento para vomitar. No sé cuanto tiempo pasó hasta que consiguieron sacarlos de allí y limpiar todo aquello.

Cuando se los llevaron se acabó el espectáculo y casi todo el mundo aprovechó para irse. Digo casi, porque alguien se quedó.

Había entrado justo detrás de nosotros. Alto, delgado, cabeza rapada, morros a lo Mick Jager. Dejó allí sus maletas y macutos, se quitó toda la ropa que llevaba de cintura para arriba, sacó un chaleco (uno de verdad, no lo que los sevillanos entienden por chaleco), y se lo puso sobre el pecho desnudo. Eso, unos tirantes, una gorra con una pequeña visera, y una especie de falda-pantalón sobre los vaqueros distrajeron nuestra atención de los italianos.

Entonces se puso a liarse un porro ignorando completamente al resto del mundo, como si allí no hubiera nada que ver. A continuación comenzó a bailar sentado, moviendo la cabeza y los hombros, sonriéndole a sus propios músculos mientras sujetaba en su mano izquierda una enorme copa de algo que parecía zumo.

En la mayoría de los coffeeshop no dejan beber alcohol, y me parece lo más prudente. Pero la verdad es que a este tío no parecía hacerle falta.

Kike no podía apartar la vista de él, mientras repetía “ese nota es la polla!”. Y por supuesto, a partir de entonces, cada vez que fuma porros sonríe mirando hacia los lados y pone morritos mientras mueve la cabeza.

Fue él quien me pidió que contara todo esto en mi blog, aunque a nadie más le importe. Por eso lo he hecho.

(…)

Ahora pienso en aquello y me parece haber estado fuera un mes, no 4 días.

A veces el tiempo es muy relativo. A veces las cosas no salen como esperabas. A veces el silencio duele más que aquello que lo causa. A veces hasta los mejores amigos necesitan tomarse un descanso para asimilar los cambios. Y no siempre es fácil estar a la altura de lo que los demás esperan.

Yo sigo en ello.