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Escrito por: Bloody el 20 Nov 2007 –

Me encantan los aeropuertos, observar a la gente que espera para embarcar, pensar a qué van o si vuelven, si tienen a alguien esperándolos o si tal vez dejan a alguien allí…

Desde luego, cualquiera que nos viera a nosotros el miércoles pasado en la sala de embarque no tendría que hacer muchos esfuerzos para averiguar a qué íbamos a Amsterdam.

Exacto. A visitar museos.

La ciudad de los canales en pleno noviembre puede hacerte sentir frío sólo de imaginarla. Pero la realidad es que entre el olor a comida que te envuelve en cada esquina, las luces que las farolas derraman sobre las fachadas inclinadas y los graznidos de los cisnes rompiendo el silencio de la noche, al final hasta el frío se toma un respiro, sobre todo cuando te acercas a los pequeños comercios del casco antiguo, abiertos hasta bastante tarde.

El hotel en el que reservamos una habitación triple, la número 53, estaba en pleno centro, en Damstraat, a unos metros de la plaza del Dam. El baño era pequeño y la ducha no tenía ni siquiera plato, pero las camas eran cómodas, el sitio limpio (si no te fijabas demasiado), y te traían el desayuno a la habitación. Y lo más importante, estaba permitido fumar. Qué más queríamos…

Lo primero que hicimos tras dejar las maletas fue buscar un coffeeshop donde comprar María. Lo siguiente, volver a la habitación para fumar. A mí fumar no me gusta; además, con todos los problemas pulmonares que tuve hace un año, no estoy yo para llenarme de humo los huecos que aún funcionan. Así que podría decirse que en general me he conformado con ser fumadora pasiva, dejándole los porros a kike y Juanjo. Que no han sido pocos, unos 8 al día…

Beber sí he bebido. La verdad es que no suelo hacerlo porque el alcohol me sube muy rápido. Con una Heineken me harto de reir, con dos me quedo mirando al vacío, y con tres me pongo a llorar. Y eso he hecho, he reído, he mirado la pared y he llorado como para no tener que mear en 4 días.

Así, con muchas latas de cerveza vacías llenando la papelera por la mañana, muchas colillas, no siempre dentro del cenicero, humo hasta en el vaho de los cristales, algo de comer (frutos secos, bocatas y un toblerone gigante), y mucha música, aunque no demasiado buena (la mía la censuraron rápido por deprimente… tss) han pasado 4 días con sus 4 noches.

Pero no creáis que han sido todo porros y birras en la habitación, noooo… los hemos combinado con paseos matutinos – Amsterdam Cultural- recorriendo los coffeeshop de los alrededores, donde seguir fumando Alegría, AK7, Bubble Gum, o Laughing Buda, acompañadas de un buen batido de chocolate.

Incluso el viernes por la mañana sentimos la obligación moral de hacer algo un poco más constructivo y decidimos ir al museo Van Gogh. Lamentablemente, para mí, al llegar a la puerta y ver que la entrada costaba 10 euros/each, los niños cambiaron de opinión y decidieron invertir su dinero en algo mejor… (seguro que adivináis en qué) y a mí entrar sola no me apetecía, así que….

Al menos en el camino de vuelta pudimos visitar (gratis) el mercado de las flores, aunque con la nariz taponada por el resfriado no pude olerlas. Y tras recorrer una fila de puestos que rompían absolutamente con el cielo mate de la mañana, pusimos rumbo al hotel para descansar un poco.

En cuanto a mí, he ido a mi bola a ratos, porque no siempre tenía sueño a la hora de la siesta, o y no siempre me apetecía ver a estos dos de María hasta las cejas, riéndose de las mismas cosas que yo no encontraba graciosas la primera vez… Pero sobre todo porque no todos los porros sientan igual y no todas las cervezas dejan risas al fondo de la botella.

He paseado de noche sola por el Dam, he comido poco -quizá demasiado poco-, he dormido a destiempo (con respecto a ellos), y he pensado en muchas cosas mientras dejaba que el viento me helara la cara…

Ha sido un viaje raro, agridulce, y completamente diferente a los otros dos que hice.

Claro que tampoco yo soy la misma de hace 3 años.