Escrito por: Bloody el 11 Dic 2007 –

Ser una persona empática -como ser graciosa, ocurrente o inteligente- es algo que viene de serie. Y como todo lo que no se elige, a veces es un regalo y a veces no lo es tanto.

Un regalo porque eres feliz viendo feliz a los demás, porque sus buenas noticias te alegran el día, porque si ayudas a alguien sólo por estar ahí, te sientes genial. Un regalo porque la gente suele responder, y los que entran en tu vida lo hacen para quedarse.

Y a veces no lo es porque no puedes evitar que todo te afecte, ni involucrarte hasta la médula, y haces tuyas las tristezas ajenas, y lo que a otros les duele, te duele a tí, y lo que les hace llorar, te empapa a tí también. Y querrías poder hacer más de lo que haces, y cuando te das cuenta de que eso no es posible te sientes impotente…

Con todo y con eso, yo no cambiaría mi empatía por ninguna otra cosa (y que conste que no me importaría ser más lista, más ocurrente o más graciosa, eh…). Aunque a veces basten unos minutos con un desconocido para que te contagie su tristeza, y luego la lleves a cuestas todo el día.

Cuando fuí al hospital a recoger los resultados de mis últimos análisis, iba muy contenta. Sabía que todo iba a salir bien. Me veía en aquel pasillo donde había estado tantas veces sin poder moverme, y me parecía mentira poder estar ahora de pie.

Estaba esperando a Chema, que había ido a aparcar, cuando llegó una mujer. Debía tener 50 años, pelo corto, canoso, muy delgada, muy bajita, parecía que fuera a escurrirse entre los que estábamos allí.

Me senté a su lado, y en seguida me preguntó si yo tenía lupus. Me contó que ella también lo tenía, pero que ahora estaba bien, sólo venía a revisión…

Yo pensé que no lo parecía. Parecía un perro apaleao, de esos que te acercas para acariciarlos y se encogen. Las manos le temblaban sin que pudiera hacer nada por controlarlas. Su voz temblaba también y parecía que fuera a romper a llorar de un momento a otro.

En 10 minutos sabía más cosas de aquella mujer que de mi cuñada. Ninguna buena. Me contó que tenía una depresión, y que lo estaba pasando fatal. Intenté consolarla, aunque no sabía por dónde empezar. Y la verdad es que no sé qué le dije, pero de repente sonrió. No fue una sonrisa de anuncio, de hecho fue la sonrisa más rara que he visto en mi vida, como la de un payaso. Pero era una sonrisa al fin y al cabo…

Estaba muy nerviosa, sacó un transilium de un pastillero y me preguntó si yo sabía si las enfermeras le podrían dar un vaso de agua. En ese momento llegaba Chema, así que le dije que no se preocupara y le pedí a él que bajara comprar una botella.

También le ofrecí que pasara delante mía si quería, porque he estado allí muchas veces y sé las ganas que tiene una de volver a su casa cuando siente como si el suelo se abriera bajo sus pies. Me lo agradeció y se lo dijo a la enfermera, que me dedicó una mirada entre interrogante e incrédula.

Al tomarse la pastilla, supongo que debido al temblor de manos, se le derramó un poco de agua por el pecho. Y justo entonces llegó su marido, que estaba aparcando también, un hombre enorme, de pelo blanco, cara congestionada, y pequeños ojos azules.

Ésta fue la conversación:

Él- ¿Qué haces?

Ella (con un hilo de voz como si la hubieran pillado infraganti)- Nada, que estaba muy nerviosa y me he tomado un transilium…

Él- No empieces a montar el número, eh!

En ese instante comprendí muchas cosas. Me dieron ganas de intervenir, de decirle a aquel gilipollas que el único que estaba montando allí el número era él. Y supe quién era el que le hacía sentirse tan pequeña.

Pero me callé, me tragué lo que pensaba y los dejé sentados, ella sola, y él leyendo un libro.

Pasó a consulta antes que yo. Y aún tuvo que aguantar a otro hombre, otro energúmeno, protestando a viva voz de que se le hubiesen colado, argumentando idioteces, una detrás de otra, y haciendo aspavientos. Otro gillipollas, pensé. Parecía que ese día se hubieran concentrado en la planta de colagenosis.

Cuando salió de la consulta, temblando como entró, se paró delante mía – a pesar de que el ogro tiraba de ella- y me contó lo que le habían dicho. Buenas noticias, salvo el tema de la depresión, estaba todo bien.

La felicité y le dije que debía alegrarse, y le hablé de una asociación de lúpicos en la que hay una psicóloga que te atiende totalmente gratis. El marido intervino, hablando por ella, explicándome que a su mujer no le pasaba nada, que lo que tenía que hacer era dejarse de tonterías.

¿No ves la cara de felicidad que tiene?- me soltó.

Encajé el golpe, me mordí la lengua (y probablemente me envenené) y me despedí de ella, deseándole mucha suerte, a pesar de saber que hay gente que nace sin ella.

Gente que ha nacido con mala estrella.