Escrito por: Bloody el 14 Mar 2008 –

Silencio.

No puedo apartar la vista de él, como si por mirarlo fuera a sonar de repente. Acurrucada en mi sillón no dejo de pensar qué estarás haciendo en este momento.

A ratos te imagino destrozado, ordenando en tu cabeza todas las palabras que no me has dicho. Palabras breves, con las que decirme que te has equivocado. Palabras desesperadas, con las que pedirme que te dé otra oportunidad. Palabras huérfanas, con las que convencerme de que no puedes vivir sin mi…

Y las creo. Yo tampoco puedo vivir sin ti. Apenas como desde que volví. Desde que me dejaste. Y cuando lo hago, lo hago por inercia, en mi cuarto, sentada en este sillón negro de polipiel desgastada.

Sin dejar de mirar el teléfono.

(…)

Silencio.

No soporto las voces. Me asfixio en ellas. Sé que lo hacen con su mejor intención, pero yo sólo quiero que me dejen en paz. Lo necesito. Por primera vez no sé explicar lo que siento, y ellos no dejan de preguntar.

La noche es sin duda la peor parte. Imagino que porque me obliga a admitir que ese día tampoco sonará. Entierro mis esperanzas que aún boquean, y me meto en la cama. Sola. Luchando contra tus recuerdos, que me asaltan cuando más débil me encuentran.

Y duermo mal, me despierto tantas veces… y mi primera impresión siempre es la misma: abrir los ojos y pensar que se trata de un mal sueño.

Pero no lo es, bastan unos minutos para devolverme a la realidad. A una realidad donde las horas duran el doble y el aire la mitad, donde las palabras de consuelo son afiladas, donde las miradas evitan la mía cuando alguien dice tu nombre.

Y yo sólo quiero dormir… Un día, una semana, un año. El tiempo necesario para que al despertar no me duela el pecho. Debe ser de esto de lo que las canciones trataban de avisarme, de este dolor que me oprime el corazón. No sé porqué, siempre pensé que se trataba de una manera de hablar…

Y el teléfono sigue sin sonar.

(…)

Silencio.

Ha pasado otro día, otro mes. Tengo la mirada perdida, ya no escucho cuando me hablan. Las pastillas me tienen en este estado en el que nada importa, o nada parece importar… Duermo, es cierto, pero no se trata de un sueño reparador. Ahora abro los ojos y sé que no te encontraré a mi lado.

Te imagino riendo, escuchando otras voces, siguiendo con tu vida a miles de Kilómetros de mí, apartando mi recuerdo como quien se aparta el pelo de la cara… Te imagino mirando otros ojos, besando otra boca, entrando en otro cuerpo. Y te odio, con todo mi ser.

Me gustaría que llamaras para poder colgarte.

(…)

Silencio.

Ya no puedo llorar. Llevo semanas haciéndolo. Lágrimas de dolor, de rabia, de impotencia. Ya no me queda ningún sentimiento que exprimir. Te escribo, aunque sé que jamás te enviaré esta carta. Y busco las palabras precisas, las escojo con mucho cuidado. No tengo prisa. Quiero que te duelan.

Dicen que los peces no tienen memoria. Sus recuerdos se diluyen en el agua que pasa. Y ellos se mueven libres por el mar. Sin rumbo fijo. Sin ayer ni mañana.

Yo, por desgracia, tengo buena memoria. Y poco cuidado… de nuevo he vuelto a cortarme con las palabras que pensaba mandarte.

Confieso que esta noche daría lo que fuera por ser un pez.

Y mientras lo pienso, sigo sin poder apartar la vista del teléfono.

(…)

Otro día sin noticias tuyas.

Aunque hoy no es cualquier día, es nuestro aniversario. El primero en 3 años en que no estás aquí.

(…)

De repente, algo rompe el silencio de mi habitación.

Con el corazón en la boca, descuelgo…

Cádiz, 1 de Mayo ’96.

(*) Hace unos meses escribí un post, ‘God, give me strength’, en el que contaba cómo empezó esta historia. Era Febrero del 96, en un pueblo de Inglaterra llamado Herne Bay.

Ésta es la continuación.