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Escrito por: Bloody el 31 Mar 2008 –

…pero ninguno pasa por el hotel Castelfidardo.

Pues nada, aqui estoy de nuevo, resacosa, cansada (muy cansada) y feliz como una perdiz después de un viaje en el que lo hemos pasado de putísima madre.

Los que estéis dispuestos a leer la crónica de estos días, que nos repartiremos entre los tres –Mariajo, Benno y yo misma- en plan tú-la-llevas, veréis que hemos ido a Italia como podíamos haber ido a Benidorm, porque lo que es museos hemos visto poquitos… pero aunque esta historia podría empezar sin perder ni un ápice de interés por el final, intentaré respetar lo acordado y comenzaré por Roma.

Para leer la continuación, pinchad en el link que os dejo al final. Os llevará al blog de uno de mis compañeros de viaje… y si veis que tardan, dadles caña.

(…)

Tengo que empezar confesando que si creyese en las señales, habría pensado que aquél iba a ser el peor viaje de mi vida, sin duda. Para empezar, por un fallo técnico (mirar mal la hora de salida) estuve a punto de perder el AVE que me llevaba a Madrid, pero a punto de verdad. En mi vida pensé que se podía correr así cargando con una maleta y 3 bolsas, y con tacones de los de ir a la playa. Pero lo conseguí. Y una vez en Madrid dos personas y un bombón, con los que quedé para comer, me llamaron Sevillana, y el camarero, a petición de mis supuestos amigos, me llamó mi arma. Y a mi eso no me lo llama nadie… Ahí fue donde empecé a preguntarme si realmente no estaba de Paco que yo perdiera ese tren…

El caso es que cuando llegué al aeropuerto iba yo pensando: “Qué haces loca? Te vas a ir a Italia con un tío que se pone la gorra pa’trás y las gafas de sol para cantar “El barquito de cáscara de nuez”, y que es el único que se fijó en la foto del Dvd “Jesucristo, el cazador de vampiros” que pusiste en un post? Que hay que ser muy friki para fijarse en eso…”

Aunque por supuesto lo que salía de mi boca era algo asi como : “Jo, qué ilusión, no puedo creerme que en unas horitas estemos en Roma, Bombón!!!” -acompañado de una sonrisa de oreja a oreja… 😀

Pero bueno, ya tenía los billetes y una vez en Italia sólo tendría que darle conversación el primer día. Afortunadamente, en Pisa se uniría Mariajo y podría hablar con una persona normal, como yo, jeje.

Sin embargo, debo reconocer que el vuelo no estuvo mal del todo. Hasta podría decirse que se me hizo corto. Fuimos escuchando música a medias y hablando de esto y aquello -más de aquello que de esto- y antes de darnos cuenta estábamos tomando tierra en el aeropuerto de Campino.

Roma de noche, con lluvia racheada y frío, resultó ser como cuando esperas a alguien en la estación y cuando por fin se baja del tren, te da dos besos sin mirarte a los ojos y te dice “tenemos que hablar”.

La oficina de alquiler de coches estaba a tomar por culo del aeropuerto (y es que al final lo barato sale caro), asi que llegamos mojados (pero contentos), pensando -ilusos- que en un ratito estaríamos en el hotel, descansando.

Nada más lejos de la realidad…

Conducir por Roma a esas horas, lloviendo a mares, sin tener ni puta idea de en qué dirección vas, en un coche con el embrague demasiado corto que hacía que se calase cada 100 metros, es sin duda una experiencia enriquecedora… en dinero del Monopoli, claro.

Aunque lo más dificilillo, sin duda, fue acostumbrarnos al claxon, que al parecer estaba en un sitio poco frecuente y que nos hacía ir dando bocinazos a diestro y siniestro, hasta el punto de preguntarnos “quién coño nos pita así y por qué???”, para darnos cuenta, acto seguido, de que el tal quién éramos nosotros, jeje…

Así, tras aproximadamente una hora de estar dando vueltas sin rumbo por la ciudad eterna (ahora sé por qué la llaman asi), encontramos por fin el hotel Castelfidardo. O más bien, él nos encontró a nosotros.

Podría decir que era un hotelito encantador, con habitaciones acogedoras y detalles de buen gusto… pero mentiría.

La habitación era simple como el mecanismo de un chupete, con una cama, un armario y una tele. Y ante esto debo decir que mi Bombón lo tuvo claro:

“Tenemos tele! A ver si mañana me despierto tempranito y puedo ver la fórmula uno” – (se refería a la calificación, por si alguno estaba pensando que hablaba de la carrera).

Supongo que a esa hora, y estando en Roma, lo suyo hubiera sido ir a una trattoria y meternos una pizza entre pecho y espalda, pero ninguno de los dos teníamos demasiada hambre. Así que nuestra primera incursión en la cocina italiana fueron una ensalada de pera y pecorino y unos champiñones por lo que nos clavaron 40 euros. Creo recordar que ésa fue la única noche en la que no hubo alcohol, a pesar de que habíamos elegido precisamente ese restaurante -y no otro- porque en la carta había Margaritas y la niña tenía antojo…

Llegamos al hotel sobrios perdidos y con el firme propósito de descansar. Pero claro, los buenos propósitos se los lleva el viento cuando duermes con alguien como yo, que siempre tiene que decir la última palabra. Y la siguiente también. Por si acaso…

Al final no sólo no nos levantamos tempranito, no, sino que lo hicimos una hora y media más tarde de la que había que dejar la habitación, y porque nos llamaron por teléfono desde recepción. Así que arriamos velas y nos fuimos de allí en plan digno, jeje. Caminito de Pisa.

Si es que conseguíamos salir de la Ciudad Eterna