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Escrito por: Bloody el 03 Abr 2008 –

Pues sí, amigos, entramos en Florencia pidiendo a gritos que nos echaran…

No puede ser, ¿y ahora qué hago yo? /Tú corazón es mi corazón, / no sé vivir sin tener tu amor.
Dime, mi vida, ¿qué te he hecho yo? / ¿Por qué con él y conmigo no? / Me quedo solo y él con tu amor.

Ya sé que mis amigos me han puesto a caer de un burro: que si soy floja (es cierto), que si no me oriento (también lo es), que si… bla, bla, bla. Pero yo al menos NUNCA HE ESTADO EN UN CONCIERTO DE CAMELA (Tooooooooomaaaaa!!!).

Ah, y una cosita más, NO ME SÉ LAS LETRAS DE LAS CANCIONES… simplemente son muy previsibles. (Mariajo, igual tienes noticias de mi abogado… seguro que la próxima vez te lo piensas mejor antes de lanzar tus calumnias, jajaja)

El caso es que como a mí a detallista no hay quien me gane, cuando me enteré de que el coche que habíamos alquilado tenía reproductor de CDs, le pedí a Kike que me bajara al menos 2 de sus discos (cualquiera me valía, al fin y al cabo, todo eran grandes éxitos). Si además a ellos les traía bonitos recuerdos, mejor que mejor, jejeje.

Y creo que esto explica perfectamente porqué aterrizamos en Florencia con música de Camela a todo volumen, la noche del Domingo 23…

(…)

Como venía siendo costumbre, tardamos apenas una hora en encontrar el hotel donde esa misma tarde habíamos hecho la reserva por teléfono. Un hotel que no venía en nuestra guía, del que no teníamos referencias, pero que era el único en el que encontramos una triple sobre la marcha. Así que cruzamos los dedos, esperando no encontrar un antro sucio y desvencijado, y llamamos al timbre…

El sitio en cuestión resultó ser absolutamente precioso, de techos altos y pasillos amplios y laberínticos adornados con cuadros modernos. Un par de italianos muy amables (uno de los cuales tenía un cuerpo im-presionante, sonrisa de anuncio y pelo negro recogido en una coleta) eran quienes lo llevaban. Pero fue el otro, el tirillas, calvo, feo y simpático quien no acompañó hasta nuestra habitación, sin duda la más bonita en la que habíamos estado, espaciosa y muy acogedora. Así, tras dejar las cosas y hacer unas fotillos para colgarlas en el tripadvisor (otra de mis manías) salimos a conocer la ciudad…

A los que hayáis estado en Florencia no os vamos a descubrir nada nuevo: es una maravilla, incluso de noche. A diferencia de Pisa, Florencia está absolutamente viva, sus calles están llenas de locales, restaurantes y sobre todo de gente. Tanto que apenas nos sorprendió encontrar en el Duomo a aquella joven delgada, de pelo largo y suelto, que con apenas un vestido de gasa por abrigo y su preciosa voz, desafiaba al frío (y hacía, eh!!!) desde las escaleras de la Catedral, mientras un grupo de personas, arremolinado a su alrededor le hacía fotos o echaban monedas en el sombrero de su compañero…

Con lo que ninguno de los tres contaba era con encontrar este tíovivo en una plaza a 10 minutos del hotel…

Y bueno… allí no nos iban a ver más, asi que no nos quedó más remedio que montarnos, jejeje… Eso sí…

…cada uno en su propio caballito…

…y con su propia cámara.


Con las pilas puestas nos dispusimos a buscar un sitio donde tomar algo ligerito, y aunque había trattorias, ristorantes, y pizzerias en cada esquina, acabamos en un establecimiento de esos que nunca cierran, en plan badulaque de Apu, donde Nacho y yo compartimos una birra y una focaccia de espinacas. Y claro, no nos quedó más remedio que ponernos a cantar la canción de los pa’luegos. jeje, mientras Mariajo, que no tenía hambre, nos miraba como pensando : “Y luego os extrañará que la gente os llame frikis…tsss”

Con algo sólido (pan con espinacas) en el estómago y algún pa’luego entre los dientes, volvimos callejeando al hotel. Estábamos muy cansados, y nos íbamos a quedar otro día en Florencia, asi que no había prisa… al menos para nosotros…

La señora que se saltó el ceda el paso y se llevó al tío de la moto por delante en nuestras narices, sí que parecía tenerla… Tanto, que apenas paró para asegurarse -lo normal en estos casos- de que el conductor de la moto, un italiano de unos 20 o 25 años, estaba en pie (y por lo tanto vivo)… Y lo estaba (vaya si lo estaba!), dándole patadas al aire y jurando en arameo…

Sin embargo, mientras él recogía del suelo su moto (o lo que quedaba de ella) la señora aprovechó para bajar y comprobar lo que realmente le importaba: los daños que había sufrido la chapa de su pequeño coche. Y tras hacerlo, ni corta ni perezosa, se metió de nuevo en él dispuesta a salir de allí sin dar parte…

Por supuesto, cuando el italiano vio a la señora esperando a que el semáforo se pusiera en verde para largarse de allí cantando bajito, tiró la moto al suelo y salió corriendo hacia el coche, justo a tiempo para darle unas cuantas palmadas en el capó y media docena de patadas…

A todo esto, nosotros, que no teníamos nada mejor que hacer aquella noche, nos quedamos a ver cómo acababa todo aquello desde una prudencial distancia.

Es curioso cómo, se trate del idioma que se trate, los insultos siempre se intuyen… Y en este caso no iba a ser menos.

En cuestión de minutos un grupo de curiosos rodeaban la escena, posicionándose del lado de uno u otro, mientras la señora, harta de tanto insulto, bajaba del coche paraguas en mano, dispuesta a metérselo a aquel stronzo di merda por el culo.

Por desgracia, cuando la cosa estaba poniéndose más emocionante, llegaron dos coches de carabinieri para poner orden en todo aquello y joder la diversión . Así que, ya que al parecer no iba a haber sangre, nos volvimos al hotel cargaditos de sueño hasta las cejas…

Claro, que ni todo el sueño del mundo es suficiente cuando tu preciosa y barata (ahora sabíamos por qué) habitación da a una zona de movida… Al final el sueño ganó la partida y pudimos dormir al menos a ratos.

(…)

A la mañana siguiente, habiéndonos levantado tarde y duchado más tarde aún -y por turnos, antes de que el Sr. K lo pregunte- se nos pasó la hora del desayuno…

… Sin embargo, los dueños nos avisaron de que teníamos la mesa preparada por si aún queríamos tomarnos un café.

Limpitos y desayunados, cámara en mano y con calzado cómodo, fuimos a patearnos la ciudad. Pensábamos entrar en la galería de los Ufizzi, sin embargo la cola llegaba hasta China, y no estábamos dispuestos a perder una hora y media esperando…

En vez de eso, nos paramos ante los puestos ambulantes de caricaturas, litografías y acuarelas – y aqui tengo que decir que mi Bombón me regaló dos realmente bonitas- y en los de souvenirs, a comprar imanes, postales y marcadores de páginas… como buenos turistas. Y así, callejeando, llegamos al puente Vecchio.

Entramos en tiendas maravillosas, donde la vista se iba a casi cualquier objeto de los expositores, y mientras Mariajo no podía apartar los ojos de plumas, tinteros y demás accesorios, Nacho dudaba si llevarse o no un puzzle de miles de piezas (su principal afición en las largas tardes de invierno, jeje)…

Y así, de tanto callejear -aunque supongo que el hecho de haber cenado poco o nada también influyó- nos entró el hambre. Buscamos esta vez una trattoria en condiciones, donde comimos de lujo por relativamente poco dinero y donde nos bebimos una botella de Chianti entre los 3.

Pero la mayor sorpresa de la tarde estaba aún por llegar…

Es cierto que el día había ido oscureciendo por momentos, y que mientras comíamos escuchamos cómo comenzaba a llover. Lo que nadie (o al menos lo que yo) podía imaginar era que al salir nuestros paraguas se cubrirían de nieve…

Los habituales quizá recordéis que yo nunca había visto la nieve… asi que aquello me pareció increíble, precioso,… muy en la línea del resto del viaje… Por fin podía tachar otro I’ve never de mi lista !!!

Resumiendo, ya había tomado vino y visto la nieve en este viaje… sólo quedaba encontrar una playita, jejeje…