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Escrito por: Bloody el 13 Abr 2008.

Ya que el robo de los vasos de plástico nos había convertido en fugitivos de la justicia, huímos de Siena en nuestro pequeño Peugot azul, y tomamos el desvío oportuno que nos llevaría hasta nuestra penúltima parada.

La carretera hasta San Giminiano resultó ser preciosa: estrecha, sinuosa, flanqueada por árboles a ambos lados del (inexistente) arcén…

Vamos, lo que se dice perfecta para recorrerla después de una noche de mucho alcohol (no es broma, jeje, como podéis comprobar nos bebimos hasta el agua de las macetas en este viaje) y muy poquitas horas de sueño!

Aún así, llegamos sanos y salvos, escuchando a Bernstein (Camela pedía un descanso a gritos) mientras divagábamos sobre la cantidad de casualidades que se habían tenido que dar para juntar a 3 personas que en principio jamás se habrían conocido, en un viaje tan chulo como el que estábamos compartiendo.

Tras aparcar el coche en una explanada a la entrada del pueblo, nos dejamos invadir por el encanto que envolvía aquel laberinto de piedra que brotaba silencioso en medio de ninguna parte.

Yo, que soy más de ciudad que los rascacielos, no podía dejar de imaginar mientras recorría sus calles desiertas de puertas altas y aldabas de hierro forjado, cómo debía ser vivir en un sitio como aquél, sin cines, sin pubs, sin centros comerciales.

Un lugar donde nuestras risas parecían atravesar el pueblo como las bolas de rastrojos atraviesan las calles vacías en los westers justo antes del duelo final (mierda! parece que el famoso vídeo de Camela ha hecho estragos en mi subconsciente… )

Pero claro, a mi Bombón con imaginárselo no le bastaba y me pidió que le hiciera una foto abriendo la puerta de su casa… tss… si es que…

En ese preciso instante caímos en la cuenta de que, hasta donde habíamos podido comprobar, éramos los únicos turistas recorriendo el pueblo. Pero antes incluso de que pudiéramos hacer nuestras conjeturas al repecto, todo quedó claro como el agua clara al descubrir, casi sin querer, a este par de vecinas que SE LOS HABÍAN COMIDO A TODOS… Glubssss…

Y ya que ambas parecían enfrascadas en algún tipo de conversación (probablemente culinaria), decidí echarle un par de güevos y pararme a sacar esta foto (que, puedo prometer y prometo, no está trucada) como advertencia para todos aquellos que estéis pensando visitar San Giminiano… La que avisa…

Vigilando nuestras espaldas (nunca se sabe), buscamos en vano un sitio abierto donde tomar algo. Atrás quedaban la pizza y el capuccino del desayuno, nuestras tripas pedían que repostáramos, a ser posible más pronto que tarde. Parecía que había llegado la hora de levantar el campamento…

Y por si quisiéramos más señales, el sol que asomaba entre las nubes cuando llegamos, ahora se escondía entre ellas. Y aún quedaba por desandar el camino hacia el coche…

Sin dejar de hacer fotos (unas) ni de hacer el tonto (otro, jeje), y cruzando los dedos para que nos diera tiempo a llegar al coche sin abrir los paraguas, nos despedimos de San Giminiano sabiendo que la próxima parada, Roma, sería la última del viaje.

Y de repente, como si en ese preciso instante me diera perfecta cuenta de que nuestro viaje tocaba a su fin, yo también me nublé, como el día.

Me sentía como cuando te mandan entregar un examen sin darte tiempo para repasarlo y te queda la extraña sensación de que has olvidado poner algo importante, pero no eres capaz de concretar qué…

Y es que, por mucho que echara de menos a mi chinorri y a Chema, lo cierto es que aquellos 5 días se me habían hecho muy muy cortos… Sólo quedaba una noche y apenas había sido capaz de ordenar todo lo que había traído conmigo. Quizá si hubiera tenido un par de días más…

Así, mientras yo me esforzaba en disimular mi repentina tristeza (era lo que me faltaba, ponerme a llorar en el coche…), y Mariajo ayudaba a Benno a buscar las indicaciones que nos llevaran de vuelta a la ciudad eterna (a ser posible sin tardar 3 horas esta vez), un trueno retumbó sobre nosotros para dar paso a una lluvia furiosa. Una lluvia que minutos más tarde se estrellaría impotente contra el parabrisas, empeñada en desvelarnos un secreto que ninguno de nosotros quería saber… Que nada es eterno. Ni siquiera Roma.

(…)

Reconozco que la idea de mi Bombón de alquilar un coche para movernos por la bota fue todo un acierto. Durante 6 días fuimos a nuestro aire, sin prisas de ningún tipo, sin horarios, parando donde nos salía de los coj… ejem, donde nos lo pedía el cuerpo. Por ejemplo, en el área de servicio donde hice esta bonita, a la par que sensual, foto de recuerdo de nuestra macchina…

…y donde compramos nubes de algodón y una botella de Chianti para la última noche. Botella con la que brindamos, una vez de vuelta en el hotel Castelfidardo, principio y fin de esta inolvidable (al menos para mí) aventura italiana.

(…)

Y aunque aún queda la última noche en Roma (que os contará Benno) y el vuelo de vuelta (que os aseguro que fue a-lu-ci-nan-te), no puedo (ni quiero) dejar pasar la ocasión de darle las gracias a Nacho y Mariajo desde éste, mi último post sobre Italia.

Mariajo, gracias por cantar en la ducha, por hacerme fotos a traición (que ahora me alegra tener), por escucharme y por comprenderme…

Bombón, gracias por hacerme reír, por tener tanto aguante/ paciencia conmigo ;), por deshacerte de la pulsera por mí, y sobre todo, gracias por los abrazos…

Como diría el Doraemon porrero: “yo… esto… yo es que… yo os quiero muchísimo… vosotros sois unas bellísimas personas… y yo… os amo con locura… sois lo… mejor del mundo que m’a pasao… la la … esto está buenísimo!!! y sois… sois mu’grandes!”. Juas juas juas.

(…)

Ahora en serio, el otro día, después de enseñarle las fotos del viaje a mi tía, me preguntó:

– Y qué es lo que más te ha gustado de Italia?

No lo dudé ni un segundo:

– La compañía.



(…)

Pues eso, que parafraseando a Hannibal Smith, me encanta que los planes salgan bien