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Escrito por: Bloody el 04 May 2008.

Apenas sé nada sobre ajedrez: que el peón es la pieza más prescindible y el rey la más vulnerable; que el alfil siempre toma el camino más corto, mientras que el caballo se mueve saltando; que la reina es la pieza más poderosa y que la torre no es un mal sitio en el que esconderse cuando las cosas se ponen feas.

Y puede que por eso, por saber sólo lo básico, siempre he tenido la sensación de que cualquier relación puede compararse, de un modo u otro, a una partida de ajedrez…

A veces te limitas a defenderte, ocultándote tras una torre, ya que el rey siempre se siente más expuesto en mitad del tablero. Lo malo es cuando te enrocas a destiempo y te das cuenta demasiado tarde de lo que has perdido por no atreverte a arriesgar.

A veces sacrificas la reina, bien porque te veas obligado a elegir entre ella y el rey, bien porque estés razonablemente seguro de que con ello vas a obtener una ventaja lo suficientemente importante… pero tanto en un caso o en otro, no dejas de ser consciente de que estás entregando tu pieza más valiosa a cambio de un resultado incierto.

Y a veces dejas caer tu rey sólo porque ves que la partida está perdida y no merece la pena seguir luchando…

Ganan las blancas o las negras. Pierden las negras o las blancas. Y es que la mayoría de las veces, por más que nos empeñemos en buscar el término medio, las cosas son blancas o negras. Y todo se resume en un tú o yo.

Sin embargo, y quizá porque no tengo ni idea de ajedrez, a mí siempre me ha parecido que lo peor debe ser que haya tablas. Nadie gana. Nadie pierde… Y aún así, a uno siempre le queda la sensación de que tal vez haya dejado sobre el tablero mucho más de lo que se jugaba…