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Llevo meses sin encender el televisor, ni siquiera para ver las noticias. Imagino que el resto del mundo seguirá girando. Hambre, crisis, atentados, huelgas, desfiles de moda, guerras, olas de calor o de frío… A quién le importa… Qué importancia tiene nada de eso ahora que te has ido.

Supongo que debería tomármelo con calma. Pero lo cierto es que no es fácil encontrar algo con lo que matar las horas, algo que distraiga mi mente de tu ausencia. Soy incapaz de centrar mi atención en ningún libro. Lo intento, pero no lo consigo. Y suelo darme cuenta de que estoy dándole vueltas a todo lo que ha pasado cuando llevo ya varias páginas sin entender nada de lo que he leído.

Oír música tampoco ha resultado ser una buena terapia. Todas las canciones, todas, hablan de nosotros. Algunas me recuerdan cuánto nos quisimos, cuánto te quise; otras echan sal en la herida y me llevan al día en que volví de urgencias con una caja de ansiolíticos y un volante para el psicólogo, y tú ni siquiera me preguntaste qué me habían dicho; te limitaste a mirarme con ese desprecio que yo creía reservado para los demás, y a decirme: “Piénsate bien si te compensa seguir conmigo si es así como te vas a poner”; o a cada una de las noches que pasé llorando, echándote de menos, necesitándote tanto que pensaba que el corazón me iba a estallar, deseando que estuvieras aquí conmigo, aún sabiendo que estabas con otro. El que fuera. Los nombres dejaron de importarme hace tiempo.

Lo único que me distrae, a ratos, es tocar, sentarme frente al piano a leer con mis manos todas esas notas que antes tocaba para ti. Entonces, no me preguntes por qué, tu recuerdo se vuelve borroso, lejano, inocuo. Y durante unos minutos, mientras dura la música, consigo que no me duelas.

Luego vuelvo a enfrentarme a esta casa vacía, a la cama sin tu olor, a tu sonrisa detrás de un cristal, al sonido de tu silencio, a tu hueco en el sofá, a las palabras que no te dije a tiempo, a las mentiras que te contaste a ti misma, a las horas que pasan sin importarles que tú ya no estés aquí…

El sonido del móvil me devuelve al presente. Contesto con monosílabos. Sí. No. Ya… Me doy una ducha rápida, no tengo tiempo para afeitarme. Abro el armarito del baño y veo las muestras de cremas que dejaste dentro, tu protector solar, tu colirio. Me quedo allí de pie unos segundos, sin recordar para qué lo había abierto. Entonces veo tu cepillo junto al mío, y me echo a llorar. El timbre. Abro abajo mientras me enjuago con colutorio. Ya no lloro. Dejo entornada la puerta de arriba.

Pasa. Sí, estoy mejor, miento. No, no la he llamado, vuelvo a mentir.

No sé si espera que hablemos antes. Le ofrezco una copa. Yo no tomo nada, La medicación, ya sabes. Parece que sí, que toca hablar, al menos eso cree ella. La oigo pero no la escucho. Imagino que dirá lo que todas me dicen. Que yo valgo mucho, que tú no te merecías a alguien como yo, que tengo que seguir con mi vida… Como si supiera algo de mí. O de ti. Como si me importara su opinión.

La beso, por educación supongo. O para que se calle. Lo toma como una invitación a desnudarse, así que dejo que lo haga mientras la miro. Noto que estoy duro. Ella también lo nota. Me baja el pantalón y dice algo, gracioso, imagino, así que sonrío. Me agarra la polla y empieza a moverla sin demasiado ritmo, espero que haga mejor otras cosas. Con la mano izquierda me agarra la nuca para acercarme a ella. Me besa la boca muy despacio. Nos estamos yendo por las ramas, pienso. Pero no digo nada. Le acaricio el pelo y la ayudo a agachar la cabeza. Esto lo hace un poco mejor, aunque un par de consejos tuyos no le vendrían nada mal. Nadie la chupa como tú. Supongo que es cierto eso que dicen de que la experiencia es un grado. Pero no quiero pensar en ti. Ahora no. Ven, le digo. Mi turno. La tumbo en la cama y hundo la cabeza entre sus muslos. Ella gime, aunque supongo que sólo está fingiendo. A ti esto nunca te gustó, así que no debo hacerlo tan bien. Pero lo cierto es que me da igual. Sólo busco que esté lo suficientemente húmeda como para poder entrar en ella. Y eso hago. Despacio al principio. Luego la embisto sin contemplaciones, con toda esta rabia que guardo dentro. Ahora gime de verdad. Por poco tiempo, no creo que pueda aguantar mucho esta vez. Me corro, la aviso. Me salgo y acabo yo solo, sobre su tripa, sobre sus tetas, sobre su cuello. No sé si ella se ha corrido también, pero por si acaso no pregunto. Me tumbo a su lado, en tu lado, y le digo todas las vaguedades que se dicen en estos casos, aunque sé, igual que ella, que no la llamaré. Me deja caer que podría quedarse a dormir pero no insiste demasiado, supongo que se da cuenta de que no pinta nada aquí. Hace un último intento por sacar el tema, me recuerda que somos amigos, que está ahí para lo que haga falta. Ya…, digo deseando que se vaya para poder conectarme.Parece que lo ha pillado.

Enciendo el portátil; meto mi contraseña; compruebo que no estás conectada. Y me pregunto si habrás cenado hoy, si te habrás reído, si me habrás echado de menos. Y me siento tan perdido como el día en que decidiste marcharte, tan solo como después de cada una de las pajas que aún me hago pensando en ti, tan vacío como después de cerrar la puerta esta tarde.

Entonces tu nombre se pone en verde: “El mundo sigue girando”.

Eso dices tú…

(*) Nunca había escrito nada antes para el club de los jueves. Pero la propuesta de Pat de esta semana (‘debe haber una escena de sexo’) me pareció interesante y a última hora he escrito esto.

No me ha dado tiempo a mandarlo al foro, así que ni siquiera está corregido.

Gracias al Sr. K y al Escocés por hacer una primera lectura y por animarme a colgarlo.