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Esta vez no podía quejarse. Nada de ambigüedades. Nada de enrevesadas explicaciones a las que agarrarse si las cosas no salían como habían augurado. Todas las señales desaconsejaban aquella batalla. Uno de los sabios, el más anciano, lo miró fijamente, como si pudiera verlo a través de la nube blanquecina que cubría sus ojos.

‘Mi señor, las estrellas no mienten. Mi deber es aconsejaros que esperéis a la siguiente luna… si lo que queréis es conquistar Raba’.

El rey advirtió la pausa. ‘…si lo que queréis es conquistar Raba’. ¿Tan evidente era?

Ordenó a los sabios que se retiraran y salió al balcón. El silencio de la noche caía como un manto sobre la ciudad dormida. Levantó los ojos hacia el cielo, un cielo implacable que no sabía de amor ni de celos. Fijó la vista en las estrellas, aquéllas que se empeñaban en regir su destino. Jamás les había prestado atención hasta ese momento. Parecían tan pequeñas, insignificantes luciérnagas esperando a que el Sol se ocultara para brillar… Por fin lo había comprendido, se trataba de un juego, sólo eso. Aquel puñado de estrellas se reía de él. Del pastor convertido en rey del pueblo elegido, del hombre más poderoso de Canaán…

Ahora se sentía débil, vulnerable. No podía pensar en otra cosa. La imaginaba besando otros labios, acariciando otro cuerpo, y sentía como un dolor desconocido hasta ahora lo ahogaba. Pero aquello no parecía importarles, no tanto como para haberle advertido. En vez de eso le aconsejaban evitar una batalla que nunca pretendió ganar. Como si no supieran que su verdadera batalla llevaba nombre de mujer. De la mujer de otro.

Esa misma semana había conocido a su enemigo. Aquello lo cambiaba todo. Ahora tenía rostro, voz, nombre. Ahora era real. Le parecía irónico. Uno de sus valientes, de sus soldados, poseía todo lo que él, el rey de Israel, no podía tener.

Aquel anciano tenía razón ¿Qué le importaba a él Raba? Pensó en los hombres que no regresarían, en las familias que destrozaría con su decisión, en la sangre con la que mancharía sus manos. Bajó la mirada hacia ellas, hacia sus manos. Las manos de un rey, de un hombre, de un cobarde, de un traidor. Las observó como si no fueran algo suyo. Y no lo eran. Ya no. No desde el momento en que asumió que la única manera de volver a tenerla era desafiando a un millón de estrellas. Un millón de estrellas pesaban demasiado. Y él acababa de decidir cargar con ese peso.


Sting lo cuenta muchísimo mejor… Si queréis saber de qué va, pinchad aquí.

‘Mad about you’ /Sting.