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Salgo de la ducha. Me miro en el espejo. Estiro mi piel con los dedos. Achino los ojos. La imagen se deforma. Ésta soy yo. Me doy crema, maquillaje, rímel, cacao. Dejo caer la toalla. Me encanta estar desnuda. Entro en la habitación. Abro el armario. Parece más pequeño. Saco la ropa que me pondré mañana. La cuelgo en el perchero que hay detrás de la puerta. El armario recupera su tamaño. De pie frente a él elijo la ropa que no me pondré esta noche. Demasiado informal. Demasiado sosa. Demasiado elegante. Demasiado provocativa… demasiado provocativa. Comienzo a vestirme. De dentro afuera. Conjunto negro de encaje. Minifalda vaquera. Camiseta blanca con letras rojas ‘I love men. They’re stupid’. Botas de punta. Chaqueta de cuero. Me enfrento al espejo antes de salir. Sigo siendo yo. Tomo aire. Conduzco mecánicamente. Sé a dónde voy. Atravieso el centro de la Tierra. Bonito lugar donde perder el tiempo.Todo está oscuro. Todo menos mi camiseta. Mi camiseta brilla. Habla por mí. Al fondo, unos ojos oscuros, más oscuros que el local, me buscan. Los veo acercarse. Llevan vaqueros ajustados y una camiseta dibujada sobre la piel. No nos gustan los hombres, dicen dirigiéndose a mi camiseta, pero podemos invitarte a una copa. No es una pregunta. Acepto la copa. Entonces los ojos, más oscuros que antes, levantan la mirada de mi pecho y sonríen. Y ya no necesito espejo. Ni que hablen por mí. Sé quién soy. A qué te dedicas? Vendo sueños, y tú? Yo los hago realidad. Sé lo que quiero. No vivo cerca, aviso. Entonces cuanto antes nos vayamos, mejor. Y el centro de la Tierra me atraviesa a mí. Todo lo que importa está ahora sobre mi cama. Comienzo a besarla y mi boca se multiplica. No tenemos mucho tiempo, así que no lo pierdo. Tampoco ella. Frente el espejo nos comemos la una a la otra. Y gemimos y sudamos y gemimos. No guardamos nada para mañana. Recorremos el mismo camino una y otra vez. Hasta la extenuación. Hasta asegurarnos de poder llegar con los ojos cerrados. ¿Llegar adónde? Me despierto con esa pregunta en la cabeza. Estoy sola. Me levanto sin prisas. Sobre la mesita un número, ningún nombre. Me restriego los ojos con las manos. Me miro en el espejo. Ahora mis ojos también son oscuros. Anoche olvidé desmaquillarme. Me entra el pánico. Hoy no. Hoy no. Cuento hasta 10. Sólo los impares. Nunca he tenido demasiada paciencia. Ésa soy yo. Me meto en la ducha. Me quedo allí hasta que el último deseo se va por el desagüe. Al salir oigo una llave. Descuelgo la percha de detrás de la puerta. Me visto despacio. Mi ropa vuelve a hablar por mí. Hoy todo gira en torno a ella. Yo me limito a dejarme llevar. A dejarlas que hagan lo que han venido a hacer. A mi alrededor, sonrisas nerviosas, prisas fingidas, consejos bienintencionados. Nadie se fija en mis nuevos ojos. Cuando acaban me busco en el espejo…

Estás preciosa, cielo ¿Qué, a que ahora te alegras de haber esperado hasta este día?

Pero no me encuentro.

En mi cabeza repito mi frase: Sí, quiero. Sí, quiero. Sí…


Este relato lo escribí la semana pasada, pero por no poner dos, puse Metamorfosis. Alguien me ha dicho que debería poner éste también. Así que aquí lo dejo.

Hoy por hoy es ficción.