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Oscuridad

El silencio cayó como un telón. Comenzaba el baile. Todas las miradas estaban puestas en él. Sin embargo, lejos de ponerlo nervioso, aquello le hacía sentirse invencible. Después de todo, nadie le había regalado nada. Había llegado hasta allí sin ayuda, sin apellido. Y aún así, ni una sola vez dudó de sí mismo. Había nacido para eso. Y al fin todo su esfuerzo se había visto recompensado.

Mientras caminaba hacia su posición recordó cómo aquel circo lo había abrumado al principio. Los flashes, los autógrafos, las fiestas. Pero no tardó en acostumbrarse. Y entonces supo que haría cualquier cosa por mantenerlo. Aún así, le faltaba algo. Ganarse la admiración del público había sido sencillo. Era el mejor y lo sabía. Pero no era suficiente. Se giró buscándola entre la gente. Y allí estaba, sonriéndole. Con ella a su lado llegaría más lejos de lo que nunca soñó. Su apellido le abriría todas las puertas que el dinero, su dinero, no podía traspasar.

Se arrodilló y esperó. Nadie que no hubiera estado donde él se encontraba ahora podría entender cómo se sentía. El riesgo perfectamente calculado. La adrenalina. La superioridad de toda una especie encarnada en un solo hombre.

Pero algo se torció en el último momento. Lo supo al cruzar su mirada con la de la bestia, un instante antes de que el asta le atravesara el pulmón izquierdo. Después de aquello la oscuridad lo llenó todo. El baile había terminado.


Ruido

Subió el volumen de la tele. El ruido del respirador no la dejaba concentrarse. Desde que él llegó todo había cambiado. Ya nadie jugaba con ella, ni la llevaban al parque los sábados por la mañana, ni su papi gastaba esas bromas que tanta gracia le hacían. Ahora siempre tenía demasiado trabajo. Y cuando llegaba a casa se encerraba en su despacho, por lo que ella apenas lo veía.

Mamá sin embargo había dejado de trabajar. Pasaba las horas muertas junto a la cuna de su hermano. Aunque él no hiciera nada. Nada salvo estar allí. Respirando. Aquello no tenía nada que ver con lo que le habían prometido.

Llevaba todo el curso oyendo hablar de él, imaginando cómo crecía dentro de la barriga de su mami. Y aunque al principio tenía sus dudas, al final estaba deseando que naciera. Después de todo no podía ser tan malo tener a alguien con quien jugar.

Pero cuando al fin nació las cosas no salieron como esperaban. La yaya había intentado explicárselo: ‘Dios los estaba poniendo a prueba’. Pero cuando le preguntó a papá qué prueba era ésa, él no le contestó. En vez de eso cogió el teléfono y se encerró con él en el salón. Cuando salió buscó a mamá y los dos comenzaron a gritarse. Ella se asustó. Era la primera vez que los veía discutir de ese modo. Preguntó qué pasaba, pero en vez de darle una explicación la mandaron a su habitación. Después de ese día la abuela no volvió a ir a casa.

Cuando acabaron los dibujos apagó la tele y el silencio lo recorrió todo. Todo menos el cuarto de sus papás. Allí estaba la cuna. Se acercó a ella y observó a su hermano. Todo el mundo decía que era igual que su madre. Ella sin embargo había salido a su padre. Quizá por eso él la quisiera más a ella. Quizá por eso apenas se acercaba a la cuna.

Oyó la ducha. Mamá no tardaría en salir. Miró a su hermano una vez más. El respirador. El enchufe. Agarró el cable y tiró con fuerza. Y en un instante el ruido cesó.

Ahora todo volvería a ser como antes.


Estos dos relatos los escribí la semana pasada para el club de los jueves. El tema era Pecados Capitales.Los pongo aparte, así, en un 2×1, porque de otro modo el post del jueves pasado habría quedado demasiado largo…. en cuanto al primero, ya sabéis lo que dicen por ahí ‘Más vale morir de rodillas que…’… o no era así??? Juas juas. Pues eso, que TORTURA NO ES CULTURA.

… y en cuanto al segundo… sí, no me llevo bien con mi hermano, qué pasa!