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Como cada domingo, se sentó a practicar arpegios al piano. El paso del pulgar era su mayor problema pero eso no la desanimaba. Los pasos de su madre entrando y saliendo del salón la ponían de buen humor. Y luego estaba el olor, ese olor que llegaba a vaharadas cada vez que abría la puerta de la cocina inundándolo todo. Sabía que una vez que se hubiera enfriado lo suficiente, su madre le diría que cerrara el piano y que fuera a merendar.

Sólo de imaginarlo se le hacía la boca agua. La de su madre era la mejor tarta de manzana del mundo, todo el que la probaba lo aseguraba. Pero aunque eran muchos los que le pedían la receta, a nadie le salía como a ella. Ella sabía por qué. Hacía ya un año, al cumplir los 11, que su madre le había desvelado el secreto, algo que había pasado de madres a hijas durante generaciones: el truco estaba en macerar las manzanas durante 15 minutos en zumo de naranja con una pizca de canela.

Las tripas comenzaron a sonarle y se dio cuenta de cuánto le gustaría estar comiendo un trozo de tarta en vez de estar allí aporreando las teclas. La puerta de la cocina volvió a abrirse. Desde su interior, una voz desconocida le decía que dejase de tocar y fuese a merendar… pero al intentar levantarse, el piano se convirtió en una tarta gigante, las teclas en gajos caramelizados que se quedaban pegados a sus dedos y la música en olor a caramelo quemado…

Abrió los ojos sabiendo que tardarían aún unos minutos en acostumbrarse a la oscuridad. La fiebre debía haberle subido mientras dormía y ahora le estaba bajando. Empapada en sudor se incorporó sobre el jergón, se levantó y, tambaleándose, recorrió los escasos metros que la separaban del sumidero. Intentó ponerse en cuclillas para orinar pero el dolor hizo que le fallasen las piernas y cayera hacia atrás. Sentada sobre aquel suelo pegajoso pensó en el sueño que acababa de tener. En la tarta de manzana de su madre. En su madre.

Mamá… ¡Cuántas veces le había dicho que no hablara con desconocidos! Y nunca lo hacía…

Pero aquel hombre no parecía un desconocido. Sabía su nombre y el colegio al que iba y llevaba una perrita preciosa que se dejaba acariciar. Luego le contó que hacía unos días que había tenido cachorros. ¿De verdad no le gustaría verlos?

Mamá… Aquella tarde había hecho su famosa tarta y ella, con tal de librarse de sus ejercicios de piano, se había ofrecido a llevarle un trozo a la yaya y darle así una sorpresa. Le costó convencerla. A su madre no le gustaba que anduviese sola por ahí, pero la casa de la yaya estaba a tan sólo dos calles…

Claro que le gustaría, pero… Su madre no tenía por qué enterarse, había dicho él. Su abuela ni siquiera la estaba esperando. Y subir a ver los cachorros no le llevaría más de 5 minutos.

Mamá… lo único que quiere es volver con su mamá…

En la calle, un hombre pasea a su perro. Camino del kiosko se detiene un par de veces. Su cara está por todas partes, en las farolas, en las puertas de los comercios, en las paredes. Recuerda la primera vez que la vio, en aquel mismo kiosko, mientras compraba chucherías al salir del colegio. Hace tanto de aquello. Algunos carteles empiezan a despegarse. Ha llovido mucho durante los tres últimos meses. De repente una voz lo saca de su ensimismamiento…

“Señor, ¿puedo tocar a su perro?”


Hace un par de jueves, el tema del Club era “Un cuento de cuento”, propuesto por Alfonso .Yo empecé a escribir este relato, pero luego me di cuenta de que no sabía cómo acabarlo.

Hoy lo he terminado y lo dejo aquí. Aunque no sea jueves, ni éste fuera el tema de esta semana, y aunque el final no sea precisamente un final de cuento.