Escrito por: Bloody el 20 Feb 2009 –

Este verano me diagnosticaron una depresión. No una cualquiera, una depresión de caballo.

Hace años seguí una serie, Ángel. El protagonista era un vampiro al que una gitana maldecía haciendo que recuperara su alma. Seguía siendo un vampiro, pero de repente era consciente de todo el mal que había hecho. Y sabía que aunque viviera mil años más, había cosas que nunca podría perdonarse…

Podría decirse que a mí me pasó algo parecido. Un día me levanté y había recuperado mi alma…

Fueron unos meses muy extraños, en los que la vida pasaba por mi lado sin rozarme. No dejaba de llorar, la mayoría de las veces sin venir a qué, no tenía ganas de comer, ni de ducharme (aunque lo hacía… a veces, jeje), ni de hablar absolutamente con nadie. De follar, ni hablamos….

Sólo quería que todo el mundo me dejara en paz; despertarme y que hubiese pasado el tiempo.

Y me pilló en el peor de los momentos. En plena separación y en plena mudanza.

El psicólogo no fue de mucha ayuda, la verdad… Entre otras cosas, me recomendó que dejara el blog, según él no me aportaba nada, y esos a los que llamaba amigos no eran sino amigos virtuales . Intentó hacerme ver que para Chema yo sólo era una carga, y que lo mejor que podía hacer era dejar de contar con él poco a poco. Luego intentó convencerme de que yo en el fondo quería mucho a mi madre… jeje… ahí fue donde me di cuenta de que le habían dado el título en la Universidad de las Neveras… y, gracias a la recomendación de una amiga, dejé de ir.

Lo malo de todo esto es que cuando estás así no te dejas ayudar. Cualquier detalle, por pequeño que sea, se magnifica. Lo que duele, duele infinitamente más. Las palabras te estallan en la boca. Dices cosas que no piensas, y otras que no puedes evitar pensar, aún sabiendo que no las deberías decir, las dices de todos modos. Porque nada ni nadie importa. Empezando por ti. Y es que de tanto regalarte acabas convenciéndote de que no vales nada.

Y cuando pensé que la cosa no podía ir a peor, terminé de joderla, dejando que opiniones y comentarios de personas que no tenían ningún peso en mi vida me alejaran de mi mejor amigo. Y sin él, me sentí más sola de lo que jamás me había sentido. Después de aquello toqué fondo. Dejé de escribir, dejé un taller al que me había apuntado y que me encantaba, dejé de comer…

En Navidad hubo un punto de inflexión. No sé cuál fue, pero lo hubo. Y empecé a darme cuenta de que no podía seguir así, de lo injusta que estaba siendo con alguien que no había hecho otra cosa que apoyarme, y de lo difícil que se lo estaba poniendo a alguien que no hacía otra cosa que quererme.

Ahora estoy bien. Las personas a las que quiero, a las que necesito, siguen estando ahí. Y aunque preferiría tener otro brote de lupus antes que volver a caer en una depresión, estoy segura de que he aprendido algo que necesitaba aprender…

Como no sería la primera vez que, después de poner algo personal en mi blog, recibo comentarios anónimos diciéndome lo buena persona que soy , esta vez voy a activar la moderación de comentarios. Si veis que tardan en salir, ya sabéis por qué es.