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Escrito por: Bloody el 27 Abr 2009 –

De todas las plantas que tengo en casa (que son unas pocas) este tronco de Brasil es mi favorita.

Cuando se lo regalaron a mis padres no era más que un tronquito de un palmo de alto. Yo me lo llevé en el 97, cuando me mudé a mi segundo piso de alquiler con Chema, porque a mi madre alguien le había asegurado que daban mala suerte y tenía intención de deshacerse de él (a ella que una planta esté viva o no se la pela. Si, por el motivo que sea, se le mete entre ceja y ceja, tiene los días contados….). Desde entonces ha dado muchas vueltas. Casi tantas como yo. Sólo que él no ha elegido las suyas.

(…)

Sin ir más lejos, la penúltima mudanza casi no la cuenta. Pasó de vivir en una casa llena de luz, a un piso oscuro con un gato cuyo leitmotiv era acabar con él. Tuve que quitarlo del único sitio de la casa donde tenía luz natural, y llevarlo a una habitación pequeñísima que usábamos más como trastero que como otra cosa. Me daba cargo de conciencia tenerlo allí, pero no sabía qué otra cosa hacer para que El Nota no acabara destrozándolo.
Y por si eso fuera poco, casi me lo cargué al abonarlo de más: se le quemaron todas las hojas menos 7, y tuve que acabar tirando de tijera.

Al final le pedí a mi padre que se lo llevara de vuelta a Cádiz. Me daba muchísima pena separame de él, pero sabía que allí estaría mucho mejor. Sin embargo, mi madre se negó en redondo.

– Lo que deberías hacer es tirarlo, con la mala suerte que dan…. además, mira lo feo que se ha quedado con esas cuatro hojas….

Pensé que ella tampoco estaba de muy buen ver que digamos, y que no era precisamente un talismán de 80 kilos… Pero en vez de eso, le dije que tenía razón: no entendía cómo no me había dado cuenta antes de que el tronco era el culpable de que yo tuviera Lupus…. Ahí se acabó la discusión… Luego hice lo único que podía hacer: me lo llevé de nuevo al salón y procuré que El Nota no se acercara (dicho así, suena más sencillo de lo que fue, la verdad). Y lo conseguí.

(…)

En Junio hará un año que dejé mi antiguo piso. No ha sido un año fácil. He pasado temporadas en las que pasaba más tiempo en mi antiguo piso que en el nuevo (cada vez que Nacho se iba de viaje, o cuando tuvo que volverse a Madrid de lunes a viernes). Aparentemente nada había cambiado. Quedaba ropa mía en los cajones, y cremas y el cepillo de dientes en el armarito del baño. Mi esponja seguía estando colgada de su gancho en la ducha. Mis fotos seguían estando en las mismas baldas.

Sólo que ésa ya no era mi vida. Ni aquél mi hogar.

Poco a poco fui dejando de quedarme, sobre todo porque a la hora de dejar a mis gatos y cruzar la calle para volver a mi nuevo piso me moría de pena. Mi nuevo piso, tan grande, tan luminoso, tan vacío… Mi nuevo piso en el que nada me recordaba a nada. Salvo por mi planta favorita, que aparte de las cosas que caben en una maleta, fue lo único que me traje.

En un par de meses, como mucho, nos mudaremos de nuevo. La mudanza no nos llevará mucho tiempo. No tenemos ni mesas, ni sillas, ni librerías, ni lámparas, ni cortinas. Sólo un sofá, un sillón, un par de camas, ropa, algunas pelis y algunos libros de Nacho (los míos, salvo los que me traigo para leerme, siguen en el piso de enfrente)…

Pero si algo he aprendido con tanta mudanza, es que el hogar es algo que no cabe en ninguna maleta. Yo, por ahora, sólo tengo que buscar piso. El hogar ya lo tengo.