Escrito por: Bloody el 26 Jun 2009 –

¿Quién no ha tenido alguna vez hormigas en su casa? Vale, el listo que ha dicho ‘yo no’ ya puede irse a leer otro post… Los demás podéis quedaros.

A mí me ha pasado alguna que otra vez, así que podría decirse que conozo su modus operandi: un buen día te encuentras a una simpática hormiguilla recorriendo la cocina de tu casa como si fuera una turista desorientada; Y tú, que te pones perfectamente en su lugar (maldita empatía! maldito nulo sentido de la orientación!!!), no sólo no la matas, sino que la dejas comerse las miguitas del pan pa’que se reponga. Tres días más tarde, cuando te presenta al resto de su familia, te maldices por no haber dejado que tu hija la aplastara con su dedito pa’ ver qué pasaba

Reconozco que mi problema con las hormigas es más un problema conmigo misma que con ellas. Digamos que las soluciones drásticas no van conmigo. Prefiero el diálogo en la medida de lo posible. Pero claro, dialogar con la hormiga líder tampoco parecía la mejor opción (pa’que alguien me pillara hablando con ella y tener que acabar recurriendo al ‘esto no es lo que parece…’ …quita, quita!!)

Por otro lado, no es que las hormigas me gusten, pero tampoco me disgustan. No son peligrosas (como mi madre con una Visa en una tienda de bisutería), ni asquerosas (como las cucarachas), ni feas (a mí, de hecho, desde que las veo a través del macro de mi cámara, me parecen hasta bonitas!). Y aunque no son útiles (como las arañas) tampoco molestan a nadie (como mi vecino de al lado, tooooodo el santo día dale que te pego con Luz Casal … me tiene hasta donde pone Toledo!).

El caso es que este verano, como cada año, las hormigas han hecho acto de presencia (no sé cómo logran dar siempre conmigo , si me paso la vida mudándome!), primero una, y luego toooodaaaaas las demás. Como no quería matarlas, me puse a darle vueltas intentando encontrar una solución. Al final lo único que se me ocurrió fue algo provisional: quitar de en medio todo lo que pudiera provocar un mínimo conflicto de intereses. Así que metí en una bolsa de papel el pan de molde, las patatas fritas, los picos etc, y la colgué del pomo de la puerta de la cocina, lejos de la alacena.

Sin embargo, pronto (aunque no lo suficiente) me di cuenta de que había olvidado algo: las chuches de Paula. Imagino que al estar una balda más abajo para que ella las alcanzase (junto a los recambios de bayetas, estropajos, bombillas y cosas por el estilo), se me pasó por completo. Y un día, al abrir la alacena, me encontré con un reguero de hormigas que salía de Paco sabe dónde y acababa en una piruleta de fresa, con envoltorio y todo.

Lo normal, supongo, habría sido tirar la piruleta…repito, lo normal...pero ya que Paula no se la iba a comer, pensé que qué más daba que se la comieran ellas. Además, nos mudábamos en un par de semanas… Así que (aunque a muchos pueda pareceros una asquerosidad) lo que hice fue moverla hasta un rinconcillo y dejarla allí. Luego les pedí a Nacho, a Chema y, sobre todo a Paula que no la tocaran y que dejaran en paz a las hormigas.

De eso hace ya más de una semana. Y, como si realmente hubiésemos llegado a un acuerdo (… Image and video hosting by TinyPic) no he vuelto a ver ninguna hormiga en la balda de la comida. Se ve que están demasiado ocupadas con la piruleta. Y no me extraña, porque tienen montado allí un fiestón que te cagas!! Deben entrar por el huequecillo que queda entre el palo y el envoltorio, y como podéis comprobar se han comido ya un buen trozo.

Quién sabe? Igual bajo mi (buenísima?) influencia se han vuelto todas cigarras… Guiño

Eso sí, a este paso se van a quedar más ciegas que José Feliciano, con el atracón de azúcar que se están pegando. Pero qué queréis que os diga, yo no soy su madre… (que me hubieran invitado a su fiesta, las muy desagradecidas!)

Y hablando de madres, la semana que viene viene la mía…

…………….. si mis hormigas son listas, se acabarán la piruleta antes de que ella llegue.