Escrito por: Bloody el 11 Ago 2009

Desde fuera, el plan parecía sencillo. Básicamente, se trataba de aprovechar la luna llena de Agosto para pasar un fin de semana a la orillita del mar y poder tachar así de mi lista el último de los I’ve never que tenía pendiente desde hace un par de años…

Pero hasta los planes más elaborados pueden acabar torciéndose por algún detalle sin importancia… como, qué sé yo… haber olvidado buscar un hotel para ese par de noches de Agosto en plena Costa de la Luz.

Por suerte, cinco dias antes del fin de semana, y más de cien llamadas de teléfono después, encontramos una habitación doble en una casita rural de la sierra de Cádiz.

Vale que no estuviera en la costa, sino a 15 minutos de la playa (según los dueños del sitio en cuestión). Vale que la reserva no fuera exactamente para los días en los queríamos irnos… Pero era lo mejor que teníamos. De hecho, era lo único que teníamos.

Así que en vez perder el fin de semana lamentándonos por lo que hubiéramos podido encontrar si hubiésemos sido un pelín más previsores, a mí se me ocurrió un plan alternativo:

Ya que íbamos a perdernos la primera noche de luna casi-llena, quizá podíamos salir tempranito, llegar a Los Caños (que nos pillaba de camino) antes de que saliera el sol, quitarnos la ropa, darnos nuestro primer baño juntos en pelota picá mientras veíamos amanecer, y luego sin prisas, ir a desayunar algo hasta que fuera la hora de hacer el check-in en el hotel.

Como Plan B no estaba nada mal (aunque esté feo que sea yo quien lo diga)…

Quién iba a imaginar que justo esa mañana el despertador se quedaría dormido… O que cuando por fin llegásemos a Los Caños (una hora más tarde de lo que pensábamos) nos encontraríamos con una playa llena de botellas y de vasos, y de borrachos que aún no se habían ido a dormir, oyendo música (por decir algo) a toda hostia apoyados en sus coches…. Y ya puestos, quién iba a imaginar que yo metería el pie en un agujero que había camino de la playa, torciéndome el tobillo izquierdo y aterrizando con la rodilla derecha en la grava (vale, esto último igual no era tan inesperado, sobre todo conociendo mis antecedentes y esta singular costumbre mía de caminar siempre mirando al cielo…).


El caso es que después de semejante aterrizaje, mi plan B no tenía ya mucha razón de ser. Así que me limité a hacer unas fotillos del amanecer y de la luna sobre el faro, intentando (con escaso éxito) que aquello no afectara a mi humor… aunque en el fondo no dejara de pensar que el viaje no había comenzado con buen pie (hay que ver qué chispa tengo…!).

Por no tener, ni siquiera tenía prisa por llegar a la casa rural donde habíamos hecho la reserva por teléfono cinco días antes. Supongo que porque, a juzgar por cómo estaban saliendo las cosas, daba por hecho que acabaríamos pasando dos románticas noches en un cutre-hostal, perdido donde Cristo dio las tres voces, y a una hora y media de la playa más cercana…

Y aunque no se trataba de algo voluntario, en el fondo nos vino bien no tener prisa. Más que nada porque justo al llegar al coche caímos en la cuenta de que ninguno de los dos había apuntado la dirección ni el teléfono del sitio al que íbamos… (Sorpresa, sorpresa!)

Sin embargo no estaba todo perdido… Por suerte recordábamos el nombre del hotel. Asi que, tras un par de llamadas al Escocés (que, por suerte para nosotros, tiene la absurda costumbre de madrugar incluso estando de vacaciones) y de unas cuantas vueltas por el pueblo, llegamos por fin a nuestro destino.

Sólo entonces, y por primera vez en lo que llevábamos de viaje, las cosas parecieron tomar otro cariz…

Y es que El Cobijo de Vejer , resultó ser una preciosa casita blanca, con su patio andaluz lleno de flores, una tupida parra bajo la que echarse unas cartas por la tarde (y ganar, jeje), sus acogedoras habitaciones (con cocina y baño), y un magnífico desayuno (con bizcochos y mermeladas caseras, cinco tipos de panes, melón con jamón, y un montón de cosas más) todo ello incluído en el precio…

Y por si eso fuera poco, estábamos en pleno centro del pueblo, en el que por cierto hicimos un par de breves incursiones para comer… Por supuesto, cogiendo siempre por la sombrita, convenientemente embadurnada de crema de factor 50 y protegida por un sombrero naranja (a juego con el abanico de Kukuxumuxu, regalo de mi viajero favorito) que nos hacía pasar desapercibidos allí donde entráramos…

No digamos ya cuando a mi Bombón le daba por quitármelo para ponérselo y posar para mí, jejeje…. .

Pero lo mejor de todo, y de eso pudimos dar fe esa misma noche, es que estábamos realmente a 15 minutos de la playa…

(To be continued)