Escrito por: Bloody el 14 Ago 2009 –

‘El pudor es una virtud relativa, según se tengan veinte, treinta o cuarenta y cinco años’ (Balzac).

Cuando te das cuenta de que nada está saliendo como esperabas, lo mejor es dejarse llevar.
Por eso, aunque hacía más de un año que sabía exactamente a qué playa quería ir, no tuvimos ningún problema en cambiar de planes sobre la marcha cuando nos enteramos de que estaba a media hora en coche, más otros veinte minutos andando por un terreno bastante irregular. En su lugar, aceptamos la sugerencia de Juan, el dueño del Cobijo, cogimos la mochila y atravesamos a contracorriente los 12 kilómetros que nos separaban de la playa del Palmar, dejando a nuestra izquierda la larga hilera de coches que a esa hora regresaban a sus casas.

Pisar la arena de las playas de Cádiz con los pies descalzos es como volver a casa. Quizá por eso no me importó que se hubiera levantado el poniente, o que no pudiésemos bañarnos porque inexplicablemente, habíamos olvidado ponernos los bañadores… Extendimos nuestra toalla y nos sentamos en ella.

Y vimos a perros paseando a sus dueños…

bailarinas moviéndose a contraluz

y un par de cañas solitarias esperando pacientes…

a que picase aquel extraño reflejo en el agua…

Y en un abrir y cerrar de ojos, el sol se escondió tras el mar y el poniente comenzó a meterse bajo nuestras camisetas. Recogimos el trípode, guardamos la cámara, y regresamos al hotel con la sensación de estar dejando demasiadas cosas pendientes… Claro que aún nos quedaba una noche..

(…).

Veinticuatro horas después volvíamos a recorrer el mismo camino. Sólo que esta vez el viento había cambiado. Literalmente. Esa tarde no hacía poniente, o al menos, ya no hacía ningún frío. Era domingo, y muchas familias que habrían ido también a pasar el fin de semana, regresaban cruzándose de nuevo con nosotros.

Y aunque la playa en la que habíamos estado el día anterior era bonita, tenía una pequeña pega, tan pequeña como quisieras… Y es que aunque nadie puede decirte qué tipo de bañador llevar, algo había que ponerse.

Así que, como preguntando se llega a Roma, en esta ocasion, en vez a la derecha, giramos hacia la izquierda, seguimos con el coche por un sendero lleno de baches y llegamos a la playa nudista del Palmar. O eso nos dijeron…

La zona era más salvaje, eso había que reconocerlo. Había más dunas y no había chiringuitos, puestos hippies ni pizzerías a pie de playa. Pero había aún bastante gente, y a primera vista, todos iban en bañador. Anduvimos un rato por la arena mojada, decidiendo qué hacer, y entonces vimos a un par de hombres desnudos, uno que iba solo y estaba haciendo meditación en su toalla, y otro que estaba tumbado de espaldas, bajo una sombrilla, acompañado de una chica que llevaba bikini.

Una vez confirmado que la playa era, efectivamente, nudista (eso sí, con un porcentaje en gente desnuda, equivalente al contenido en zumo de naranja de una Fanta), dejamos nuestras cosas sobre la arena, extendimos la toalla, y nos quitamos la ropa.

Para Nacho eso de quedarse en pelotas en público era algo nuevo. Conociéndolo, pensé que iba a morirse de vergüenza, porque aunque para hacer el tonto poniéndose sombreros ajenos no es nada pudoroso, para otras cosas sí que lo es…. Sin embargo, no sé si porque lo convencí cuando le dije ‘cielo, piensa que aquí no nos van a volver a ver’, o porque to’lo malo se pega, la verdad es que lo noté la mar de cómodo con la situación…

Yo por mi parte estaba mejor que quería… El sol aún no se había puesto, aunque estaba ya muy cerca de la linea del horizonte. Desnuda en el mar, notaba su luz por todo mi cuerpo, una luz que sabía que no me haría daño. El agua estaba perfecta, no había algas, ni muchas olas, y salvo nosotros dos, nadie más se estaba bañando. Luego Nacho se salió y yo me volví a meter…

Podría haberme quedado dentro toda la noche. Sin embargo, el sol hacía un rato que se había puesto y la luna seguía sin aparecer. Además, aún quedaban familias al completo, parejas que parecían tener la misma prisa por marcharse que nosotros, cañas de pescar clavadas en la orilla, gente bajando a caballo por las dunas…

Definitivamente, aquélla no era la playa adecuada para saldar cuentas, pero con to’y con’eso, la escapada había merecido la pena.

Volvimos al hotel cansados y hambrientos, dejamos los trastos en la habitación, y bajamos a cenar a una placita donde ya habíamos estado la noche antes. Allí nos encontramos con los dueños de la casa rural, los mismos que nos habían hablado de esa parte de la playa.

Lo cierto es que el mismo día que llegamos decidimos contarles por encima por qué no nos íban a ver salir de allí de día, pero sí que nos verían salir hacia la playa cuando todo el mundo estuviese regresando. Y ellos, como casi todo el mundo, habían puesto esa mirada de lástima que tengo ya tan asumida…

Sin embargo, esa noche, cuando nos vieron aparecer, me miraron de otro modo. ‘Te has bañado!’, me dijeron, tocándome el pelo que aún estaba mojado. ‘Sí’, fue lo único que acerté a decir yo, con una sonrisa de oreja a oreja. ‘Se te nota en la cara. Se te ve distinta’. Ahora ellos también sonreían.

Y yo pensé que si tanta gente, incluso personas que me han visto cuatro veces en mi vida, coincidía en que las cosas se me notan en la cara, debía ser cierto. Y que si, horas después, era capaz de conservar la sal, la luz, la arena, el agua y los abrazos de Nacho en la cara, qué más daria en qué momento los hubiera tomado prestados…

Y mientras le daba vueltas a eso frente a un provolone al horno, me di cuenta de que justo en la mesa de la derecha teníamos sentada a una de las familias que estaban a nuestro lado en la playa: madre, padre, otro señor que imagino que sería un tio, y los dos hijos adolescentes.

Durante unos segundos pensé callarme y seguir comiendo… pero al final no pude evitarlo.

‘Cielo, recuerdas aquello que te dije en la playa? Lo de que a esa gente no la íbamos a volver a ver…’.