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Escrito por: Bloody el 10 Oct 2009 –

Cuando echo la vista atrás, me doy cuenta de que mi infancia no fue la más divertida del mundo. Demasiado introvertida, demasiado invisible y con demasiadas ganas de formar parte de un grupo como para que nadie me quisiera en el suyo, ya fuera en el colegio o en la urbanización donde vivíamos.

Por suerte, el mundo no acababa ahí…

Hasta que cumplí 12 años, mis veranos eran una orilla a la que llegabas después de quemarte los pies durante diez minutos con la arena que se te metía entre las chanclas, un mar salvaje que casi nunca tenía bandera verde, y kilómetros de playa de conchas, prácticamente desierta entre semana, que se extendía a un lado y a otro hasta donde alcanzaba la vista.

Desde que acababa el curso hasta que empezaba el siguiente, pasábamos en la playa del Levante todos los fines de semana, además de los días de permiso que tuvieran nuestros padres. Lo mejor de ir con un grupo en el que todos (menos uno) eran policías, era que dependiendo de los turnos, casi siempre había algún coche en el que ir y otro en el que volver. Aunque para ello hubiera que colocar los bultos como en un tetris, entre los pies de las madres, o meter a los niños en el maletero del R5 (algo que era todavía mejor que ir delante en el asiento del copiloto).

Luego llegaba el desembarco: diez adultos (en el mejor de los casos), ocho niños y un perro, tomábamos la playa con nuestras 5 sombrillas y la enorme tienda de campaña familiar, mesas y sillas plegables, neveras azules y bolsos con el fondo de la chistera de un mago, llenos de casera de naranja, limón y cola, tinto y cervezas, tortillas de patata, filetes empanados, juegos de mesa, toallas, y botes de nivea.

A partir de ahí, como si de un acuerdo tácito se tratara, cada cual iba a los suyo. Asi, mientras los mayores charlaban, reían, fumaban como carreteros (unos Ducados y otros en pipa), jugaban al dominó, oían la radio, leian, y bebían tinto de verano y cervezas… nosotros, Ángel, Cristina, Carlos, Félix, Javi, Mariqui, mi hermano y yo, jugábamos con la arena, cogíamos coquinas en la orilla, explorábamos entre las dunas, buscábamos escarabajos con los que hacer carreras, nos echábamos la siesta dentro de la tienda de campaña o bajo las sombrillas, les tirábamos piedras a las lagartijas en los pozos que había camino de la playa (salvo yo, que les daba la chapa para que las dejaran en paz), y saltábamos las olas o nos dejábamos arrastrar por ellas, dependiendo de la marea. Aún así, cuando nos salíamos del agua, con los labios morados y los dedos arrugados, siempre había una toalla seca y sin arena esperando para envolvernos.

Al atardecer, las barcas de pesca regresaban a la playa, y los hombres arrastraban las redes y las abrían sobre la arena mojada. Los peces que no habían quedado enganchados en la malla, saltaban unos sobre otros, boqueando, a la espera de que una mano los metiera en una caja de plástico. Y aunque los pescadores nos decían que nos apartáramos, nosotros nos quedábamos por allí, viendo el baile de los peces sobre la arena, y esperando a que terminaran de meterlos en cajas, para así coger los que desechaban. Para mí era la mejor parte del día, coger un pez y devolverlo al agua. Y a veces, si tenía suerte y se trataba de un pez aguja, incluso verlo saltar mientras se adentraba de nuevo en el mar.

Sólo cuando llegaba la hora de levantar el campamento, el cansancio acumulado durante el día empezaba a notarse. Nos despedíamos antes de meternos en los coches, y luego otra vez, con pitidos, según iba tirando cada mochuelo pa’su olivo.

En el verano del 85 nuestra familia se mudó a Cádiz, y aunque nuestros padres siguieron manteniendo el contacto, mi hermano y yo no volvimos a ver a nuestros amigos.

Anoche, cuando estaba a punto de salir a cenar para celebrar algo, mi padre me llamó para contarme que había muerto Javi, el hermano de Félix. Félix, de mi edad, era el más tímido y el más sensato del grupo. Javi, casi dos años más pequeño, era el más extrovertido… y más bruto que un arao, jeje. Eso sí, para enfadarte con él tenías que proponértelo mucho, porque por encima de todo, era un pedazo de pan, siempre sonriendo y gastando bromas… Recuerdo un verano en que se rompió un brazo y se pasó un mes con una escayola, bañándose con una bolsa de basura sobre ella, y escavando túneles que se comunicaban entre sí, con la mano buena.

Hace siete años le diagnosticaron cáncer de colon. Cuando se lo extirparon, el pronóstico fue bueno…

Hace un mes la metástasis se lo comía por dentro y la morfina lo dejó ciego.

Anoche descansó por fin.

Enterarte de que alguien que creció contigo (aunque de eso haga ya una eternidad) se ha ido para siempre, deja una sensación difícil de explicar…

No puedo imaginar lo vacíos que deben sentirse hoy su hermano, sus padres, su mujer, sus amigos… sobre todo porque, hasta donde yo sé, seguía siendo el mismo pedazo de pan que yo recordaba.

Quizá por eso, egoistamente, hoy me alegre en parte de no haber mantenido el contacto con él…. Así será más fácil que Javi siga teniendo diez años. A veces incluso menos. Y seguirá en la playa del Levante, con su bañador tipo slip, haciendo piscinas en la arena mojada… O en el Pinar del Rey, con su peto de pana y su jersey de cuello alto, mientras en la radio suena el carrusel deportivo… a veces mellado, a veces escayolado… comiendo tarta de cumpleaños, haciendo castillos de arena, jugando con los clicks o con los coches…

Bon voyage, amigo. Estés donde estés.