Escrito por: Bloody el 27 Nov 2009.

Salgo de casa con tiempo. Sé que no llegaré tarde (nunca llego tarde cuando de mí depende). Aún así no puedo evitar apretar el paso por las aceras recién estrenadas de mi calle. Camino de la estación me cruzo con padres que llevan un par de paraguas en la mano. La lluvia parece darnos una tregua, pero mis vaqueros se empapan igual, bebiéndose cada pequeño charco que no consigo esquivar.

Me gusta caminar hacia el metro. Me gusta reconocer las mismas caras cada mañana e inventarles historias, aunque no por ello descarto las caras nuevas. Hoy una cara nueva me sostiene la mirada al cruzarnos y me da los buenos días con una sonrisa. Un día que empieza con una sonrisa regalada no puede ir mal…

Paso por delante del kiosco. El kiosquero me mira, pero no me saluda, aunque le compro El País cada día. Ya lo hará, tengo todo el curso. A mi derecha veo al chico que intenta venderle kleenex a los conductores. Aunque le digan que no, él siempre saluda a los niños que van en los asientos traseros y les hace moniguetas. Y sonríe. Sonríe mucho, incluso cuando el semáforo se abre y vuelve junto a su bolsa en la acera. El kiosquero podría aprender mucho de él, sólo con que prestara un poco de atención…

Llego a la estación. No me gustan las escaleras, siempre tengo la sensación de que me voy a caer. Me fijo en los escalones, están mojados por la izquierda. Me agarro a la barandilla derecha e intento pisar por el filo que queda seco. Paso el control y me cruzo con la mujer de la limpieza. Siempre está allí por las mañanas. Siempre lleva una cola de caballo. Siempre lleva puestos unos auriculares de lo que parece un mp3. Nunca la he visto sonreír, ni mirar a nadie a los ojos. Quizá por eso la estación siempre esté inmaculada.

Cuando llega el metro, me meto en el primer vagón, que es donde suele haber asientos libres. Como hoy no he comprado el diario, saco un libro de mi maleta y me pongo a leer. A esa hora el tren va lleno de mochilas y carpetas. Imagino lo raro que debe verse desde fuera a alguien de mi edad en vaqueros y zapatillas de deporte, sin maquillar, con una cola de caballo y una maleta de una peli de animación. Mi bolsa de Jack (‘Pesadilla antes de Navidad’). Quién me iba a decir cuando me la compré, hace 4 meses, que acabaría usándola para esto.

Salgo de la estación. Hay dos opciones: rampa o escalones. Elijo la rampa, claro. El resto suele escoger los escalones. Al bajar, una nueva elección, izquierda o derecha. Elijo derecha. La inmensa mayoría escoge el camino de la izquierda. La acera de la izquierda es más ancha, pero el camino es insulso, sin árboles. La acera de la derecha es estrecha, y a veces toca esquivar las ramas, pero no me importa.

A un lado queda el césped, que hoy está precioso, cubierto de rocío y salpicado aquí y allá por esas flores diminutas y blancas que tanto me gustan. Sobre el césped, un abejorro se mantiene en el aire como si flotara y me paro a mirarlo. No hay nada mejor que venir con tanto tiempo y conseguir que no te sobre.

Cuando el camino se acaba, doy un paso al frente, y luego otro, y otro. Atravieso el paso de peatones, mezclándome con el resto de estudiantes. Desde el aire debemos parecer hormigas, hormigas en fila de dos. Me pregunto si desde el aire se notará que soy una hormiga feliz.

Es jueves, y los jueves tengo 2 horas y media de Psico, mi asignatura favorita con J., mi profe favorito. Me encanta haber vuelto al cole.

Saco del bolsillo la sonrisa que me han regalado esta mañana y me la pongo. Y aunque esté feo que lo piense, siento que me queda como un guante… 🙂

These streets by Paolo Nutini.

Tenías razón, M., esta coplilla le viene a mi post como anillo al dedo. Mil gracias one more time 🙂