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‘Es preciso que soporte dos o tres orugas si quiero conocer a las mariposas’ (Antoine de Saint-Exupéry, ‘El Principito’)

Que la naturaleza es sabia a la vista está: mi hermano sigue sin hacerme tía 8)

Pero no, esta vez no era de mi hermano de lo que quería hablar… la cosa es que el otro día, mientras le leía a Paula ese libro sobre bichos que le había comprado (ése que me gustaba tanto a mí), me puse a hablarle de las ranas, que nacen siendo, a todos los efectos, peces (con sus branquias de pez, sus ojos de pez y su cola de pez), para transformarse más tarde, como por arte de magia, en anfibios (con sus pulmones de rana, sus ojos de rana y sus ancas de rana). Lo que en mi pueblo llamamos una metamorfosis, y en este libro, Dos vidas.

Luego llegamos a la página de los bonobos, unos monos la mar de promiscuos que crean lazos familiares que duran toda la vida. Junto con los chimpancés, los primates más parecidos a nosotros. Y le conté a Paula que si teníamos tanto en común con los bonobos era porque, en algún momento, algunos de sus antepasados habían evolucionado hasta dar lugar a la especie humana.

‘O sea, que cuando nacemos somos monos y luego nos convertimos en personas, no?’

Tentada estuve de contarle que más de uno había que ni siquiera alcanza esa segunda fase…  Pero en vez de eso, le expliqué que no era así como funcionaba la cosa. En realidad era un poco más complicado…

Y le conté que la metamorfosis es un proceso y la evolución otro muy distinto. Que mientras la primera es una especie de borrón y cuenta nueva, la segunda es, básicamente, ensayo y error. Aprender, en el mejor de los casos, de tus propias equivocaciones.

Y en ese momento, mientras le hablaba a Paula de monos y anfibios, de evolución y metamorfosis, pensé en cuántas veces había deseado despertarme una mañana y no reconocerme en el espejo. Ser otra persona. Empezar de cero. Como las ranas.

(…)

El verano pasado decidí volver a estudiar (la especialidad de la casa: empezar cosas). A las pocas semanas de clases hubo un momento en que me sentí muy desubicada, como en una de esas comedias malas en las que el prota vuelve al instituto a los 40. E imaginé lo diferente que sería mi vida si hubiese estudiado cuando se suponía que debía hacerlo…

(…)

Esta semana hemos tenido que presentar un trabajo de psicología sobre el razonamiento contrafáctico. Para los que nunca hayáis oído hablar de esto, podríamos decir que es un tipo de razonamiento en el que, tras evaluar situaciones que ya han ocurrido, proponemos posibles alternativas que, hipotéticamente, habrían llevado a un desenlace diferente (mejor, se entiende). Es decir, no trata de predecir lo que podría llegar a ser, sino que aventura cómo podrían ser a día de hoy las cosas de haber tomado alguna decisión diferente en el pasado.

Y mientras estaba haciendo el trabajo, me he dado cuenta de que si hubiera estudiado esta misma carrera hace 20 años, no le habría sacado ni la mitad del partido que le puedo sacar ahora. De hecho, probablemente hace 20 años ni siquiera me habría interesado estudiar algo así…

Y he pensado que igual, por mucho que en su momento no le encontremos ningún sentido, las cosas no pasen porque sí… Y que quizá nos iría mejor si en vez de darle vueltas a lo que podría haber sido, nos parásemos a pensar en lo que podría llegar a ser…

… visto así, quién quiere ser rana?