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‘La felicidad, si aún la había, estaba en otras partes: en habitaciones encerradas que daban a callejones luminosos donde los gatos roían cabezas de pescado; en cafés sombríos con esteras de caña, donde el humo se mezclaba con las exhalaciones de menta del té caliente’ (Paul Bowles, ‘El cielo protector’).

Hoy, por primera vez en semanas, sale el sol de verdad, sin medias tintas, sin nubes y claros. Para compensar, hace un frío cortante, de ése que hace que lo único en lo que puedas pensar es en un chocolate caliente.

Pero hoy la máquina de chocolate (para la mayoría, la máquina de café) está estropeada. No hay chocolate, sólo frío. Por suerte he traído los mitones negros, mis favoritos, y la bufanda que estrené hace 6 años, en Nanchang. Busco por la universidad otra máquina de chocolate, pero tengo tanto frío que desisto al momento y me meto en el seminario donde dentro de un rato tendremos las prácticas de antropología.

Hoy me apetece estar sola.

Últimamente tengo la sensación de que no me sobra ni un minuto. Debe ser porque que no dejo de hacer cosas. He estado en Las Palmas, visitando el Mercadona de Vecindario (jeje), haciendo fotos de flores en barrancos llenos de cuevas, y aprendiendo que la oscuridad a veces no está en la noche, sino en la tapa del objetivo. He ido a ver, sólo en el fin de semana pasado, 4 pelis (2+2). He visto a un par de amigos a los que no veía desde hacía bastante tiempo. He retomado el contacto con alguien a quien creía fuera de mi vida. Me he comprado un par de cosas que hace mucho que quería tener, un diccionario y algo metálico y rosa :D. He estado en un asilo, haciendo encuestas sobre el hombre del saco. He ganado una partida del disco de aire, que no es la Pocha, pero todo se andará…

Hace cinco meses esta universidad me parecía enorme. Me perdía en ella a cada momento.

Hoy me parece tan pequeña…