‘La realidad es relativa’.

Con esas cuatro palabras me machacaba mi psicólogo a lo largo de cada sesión. Incluso llegó a recomendarme que las escribiera en un post-it y lo pegara en el frigorífico. Como si hiciera falta…

Esta foto la hice el lunes por la noche.

Esa tarde había llovido. Estaba bastante acalorada después de subir un montón de cuestas empedradas con mis botas de siempre (las de ir a la playa, las de tacón). En contraste, el muro de piedra donde me senté estaba frío, y la farola que había a mi izquierda se apagó nada más llegar. En el mirador no había demasiada gente, una excursión de turistas asiáticos, un par de familias que intentaban hacer fotos de las vistas, y un grupo de adolescentes que se perseguían como si no hubiera nadie más allí. Nada que ver con la última vez que subí. Desde donde yo la miraba, un árbol de ramas desnudas se interponía entre mi cámara y la luna. Habría bastado con subir el trípode, pero quería que el árbol saliera. Porque estaba allí y porque era precioso. No lo conseguí. Es lo que tiene no saber, que al final tuve que elegir entre enfocarlo a él o a la luna.

Esta otra la hice sólo un día antes.

No había vuelto a subir a la azotea desde que Sugus se escapó por última vez. Instintivamente miré a mi alrededor, buscándola. Entonces me di cuenta de que ya no estaba allí, ni iba a estarlo más, y recordé lo duro que había sido renunciar a ella 5 meses atrás. De vuelta a la realidad, a la ropa que nadie había subido a recoger aquella tarde, miré hacia arriba y busqué la luna con mi cámara. Aún no había anochecido, pero el sol comenzaba ya a desaparecer tras la Giralda. Disparé una, dos, nueve veces. Nueve lunas idénticas. Todas casi llenas. Todas nítidas y luminosas. Entonces se me ocurrió poner el enfoque manual. Y disparé una vez más…  Y aunque no lo parezca, lo que mi cámara recogió seguía siendo la luna.

(…)

Al pasar las fotos al portátil, entendí de repente lo que mi psicólogo quería decir…

La relatividad no está en la luna.

La luna es la luna, y es tan real como el muro en el que me senté para hacer la primera foto, como la ropa tendida a mi espalda mientras hacía la segunda.

La relatividad está en los ojos de quien la mira.

Cualquiera puede ver la luna en la primera foto.

Yo puedo ver el árbol que hay delante de ella.

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