Lo que más me gusta de los trenes es saber que por cada uno que se va, otro llega. Sólo hay que aprender a esperar. Y aunque soy consciente de que esperar no se me da bien, estoy segura de haber aprendido cosas más difíciles este año.

La última vez que esperé un tren, lo hice durante dos horas y media. Había perdido el anterior por unos minutos, lo que me dejaba dos opciones: dar media vuelta, o sentarme en la estación hasta que llegara el siguiente…

Por suerte, puedo elegir.  Tengo tiempo de sobra y la vuelta abierta.

Mientras decido qué hacer, suena Yellow en mi móvil. Sí, ya me he despertado. De hecho, estoy en la estación… pues sí, cambio de planes… Al otro lado de la línea, Nacho lo siente por mí, pero por otro lado se alegra de que vuelva a casa antes de lo previsto, aunque no podrá venir a buscarme.

Miro la hora y llamo al Escocés. No, no estaba haciendo nada importante. Le cuento que he adelantado la vuelta. Me pregunta a qué hora llego y me asegura que estará en la estación, esperándome. Claro que estará. Él siempre está. En la estación o donde haga falta.

Voy a la taquilla y saco mi billete. Luego elijo un sitio desde el que poder observar a la gente a través de mis gafas de sol. Mis gafas de sol, además de enormes, son mágicas. Me las pongo e instantáneamente me siento invisible.

Desde mi nuevo estado de ver-sin-ser-vista, miro descaradamente a la chica de las rastas; un precioso perro blanco asoma la cabeza desde el enorme bolso de cuadros colgado de su hombro. La mujer mayor que está sentada a mi derecha también la ha visto, y hace un comentario despectivo sobre ella en voz relativamente baja. A la chica que está con ella, de unos 20 años, no le gusta su comentario y la recrimina por ello. La mujer protesta sin demasiada convicción, pero ya no las sigo. Hace un rato que desconecté el audio. Mi mirada se ha posado en una pareja de guiris que consulta su mapa con el ceño fruncido. Me acuerdo de Federico Luppi y Pepe Sacristán, borrachos como cubas gritando: ‘No, país, país!!!’ y sonrío para mí misma.

Mi móvil suena de nuevo. ‘Te quiero mucho, mami’. Contesto al mensaje y decido que es hora de estirar las piernas. Los asientos de las estaciones son como los de los hospitales, no puedes pasar más de diez minutos sin cambiar de postura. Supongo que lo hacen para recordarte que sólo estás allí de paso.

Entro en la cafetería-kiosko de prensa y me siento en la barra. No, no tienen Red Bulls. Sorpresa, sorpresa. Pues un café, solo, con 4 sobres de azúcar. Me doy cuenta de que aún me queda hora y media en la estación… No, tampoco les quedan libritos de sudokus. Pues El País mismo…

Salgo al andén y me pongo a hacer el sudoku que viene en las últimas páginas. Nivel fácil. Perfecto, así seguro que me siento más lista todavía. A un metro de mis botas hay un trozo de pan. Un gorrión llega volando desde el otro lado de la vía y se posa a dos palmos de él. Se acerca dando saltitos cortos, pero no acaba de atreverse a cogerlo. Alguien se acerca y el gorrión vuelve al otro lado de la vía. Un minuto más tarde una limpiadora pasa y barre el pan. Cuando el gorrión vuelve ya no hay nada. Too late.  Mala suerte, amigo…

Hora y media después, mi tren entra por la vía 3 con apenas 5 minutos de retraso. Miro mi móvil y veo que está casi sin batería. Queda la justa para escuchar a mi hija decirme que me quiere un par de veces o tres, pero no la suficiente para oír música. Por suerte, me ha tocado ventana. Y en sentido contrario al de la marcha, lo que es como desandar el viaje de ida. No está mal, me gusta poner a prueba mi memoria.

Ahí está la casa de piedra a pocos metros de las vías donde aquella mujer barría el porche; La vieja fábrica abandonada; El andén en el que dos niñas pequeñas y morenas se abalanzaron sobre una mujer rubia que se agachó para poder besarlas; Los graffittis en los muros de aquella estación en la que el tren no paró; Margaritas, amapolas y jaramago, campos blancos, rojos y amarillos; La biblioteca a espaldas de la penúltima estación…

Fin de trayecto. Cojo mis cosas y bajo del tren. En el andén distingo a Paula y a Chema. Reparto besos, abrazos, maletas (al padre) y mano (a mi hija). Al pasar por las tiendas de la estación le digo al Escocés que me espere y entro en Natura. No encuentro lo que busco, pero a cambio encuentro algo que necesito.

Sólo al llegar a casa me fijo en la bolsa que me han dado. Es de papel y tiene algo escrito por los dos lados:

Un viejo indio estaba hablando con su nieto y le decía:

‘Me siento como si tuviera dos lobos peleando en mi corazón. Uno de los dos es un lobo enojado, violento y vengador. El otro está lleno de amor y compasión’.

El nieto le preguntó:

‘Abuelo, dime, cúal de los dos lobos ganará la pelea en tu corazón?’

El abuelo contestó:

‘Aquél que yo alimente’.

Joder con Natura. Y yo que pensaba que era yo la intensa… 😀

(…)

En un par de semanas cogeré otro tren, sólo que esta vez llevo la vuelta cerrada.

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