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Este sábado, a falta de un plan mejor, Nacho y yo decidimos quedarnos en casita viendo una peli.

Claro que la cosa no fue en plan ‘vemos una peli?…vale, cuál vemos?… la que tú quieras… a mí me da igual… a mí también…’… y al final te dan las 12 y te vas a la cama sin ver ninguna. No.

Esta vez fui yo la que sugirió sofá, mantita y sobre todo, una peli concreta. Una que no era ninguna de las que teníamos pendientes de ver (que son unas pocas), sino ésa que los dos habíamos visto cienes y cienes de veces, aunque hasta el sábado pasado nunca la hubiésemos visto juntos: ‘Un lugar en el mundo’.

Lo mejor de volver a ver una de tus pelis favoritas es que, aunque te la sepas de memoria, siempre le sacas algo. En esta ocasión, me quedé con la escena en la que Hans les explica a los niños de la escuela algo sobre el hielo y la montaña.

‘Nada es insignificante. El hielo, por ejemplo, es el peor enemigo de la montaña. Cuando llueve, el agua se mete en las grietas, y al llegar la noche, se hace hielo, aumenta de volumen, y rompe la piedra. Poco a poco, la deshace. La montaña lo sabe, y se queja. No puede defenderse, pero se queja. Antes de la tormenta, se oye un zumbido. Canto de abejas le llaman, porque es como un chisporroteo, como el zumbido de las abejas. Algunos dicen que es porque el aire se carga de electricidad… pero a mí me gusta más creer que es la montaña, que se queja’.

Que no sé si será por lo mucho que me gusta sacarle punta a todo, pero a mí me pareció de un metafórico acojonante. La supuesta dureza de la montaña, a pesar de todas esas grietas que la hacen tan vulnerable. La lluvia que entra por ellas siendo una cosa y acaba conviRtiéndose en otra, destrozándola por dentro, sin que la montaña, tan dura ella, pueda hacer nada para evitarlo. Nada salvo cantar como las abejas.

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Hoy me ha pasado algo curioso. Dos personas a las que no esperaba en absoluto se han asomado a la ventana de mi chat.

El primero, alguien que en su día, hace ya mucho, mucho tiempo, fue ese agua de la que hablaban en la peli. Aunque lo fue porque yo lo permití. Él nunca me mintió. Nunca me dijo que me quisiera. Nunca pretendió que él y yo fuésemos amigos. Nunca me aseguró que pudiera contar con él. Y ahora que ya no me duele, ahora que me he vuelto impermeable a sus silencios y a las palabras que nunca me dijo, aparece de vez en cuando para decirme que se acuerda de mí y que me echa de menos.

La segunda, alguien con quien nunca había cruzado dos palabras, salvo en un par de correos por temas relacionados con el blog. Esta noche me ha visto en el chat y me ha dicho hola… Hemos estado hablando un buen rato, hasta que su conexión ha empezado a fallar. Y escuchándola ha sido como me he dado cuenta de que ese canto de abejas del que hablaba la peli es universal. Da igual que estemos a este lado del charco o al otro. Que te partan el corazón no tiene nada de cultural. Duele igual aquí que allí.

(…)

Aunque la mejor frase de la peli, al menos por votación popular, sigue siendo la que le dice Hans a Ernesto la primera vez que a éste le parten el corazón…

‘Dicen que lo importante es amar y no que te amen. Los que dicen eso son unos gilipollas’.

… que de metáfora tiene poco, pero que es una verdad como un piano.

(…)

Sabes? Conozco muy bien esa sensación de la que hemos hablado. Pero también sé (no lo creo, lo sé) que llegará un día en que te despertarás y te darás cuenta de que las abejas han dejado de cantar…

Ya me contarás…

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