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…por ejemplo, te quiero.

Sí, sé que hay un libro que se llama así, pero no es mi intención hablar sobre él.

En realidad sólo necesitaba un título que me viniera bien para escribir un post sobre qué queremos decir cuando decimos te quiero.

Para mí, decirle a alguien a quien quiero que lo quiero, es algo que me pide el cuerpo, una especie de necesidad. Y lo suelo hacer (creo que a la única persona a la que quiero y no se lo digo es a mi padre… Hola, papá :D¡), aun cuando no tenga claro que el sentimiento vaya a ser mutuo.

Lo malo de los te quiero es que no dejan de ser conceptualizaciones de algo, en este caso de un sentimiento… A ver si me explico (que esto lo he dado en psico, y me entra en el examen pa’subir nota): cuando uno dice ave, la mayoría de la gente que lo oye imagina un bicho con plumas que pone huevos y vuela… vamos, lo que viene siendo un pájaro. Pero, y si a alguien le da por pensar en un pingüino, que en vez de volar, bucea? o en un kiwi, que apenas tiene vestigios de alas?

Con esto pasa lo mismo. Cuando alguien nos dice que  nos quiere, solemos entender que nos aprecia, que somos importantes para esa persona, que nos necesita de algún modo en su vida y que podemos contar con él (o ella). Sin embargo, que la mayoría le asigne unas características a los te quiero no significa que automaticamente las tengan.

Sólo el que dice te quiero puede saber exactamente qué quiere decir con ello.

Yo, por ejemplo, quiero a mucha gente, eso es así. Pero aunque use las mismas dos palabras para expresarlo, no hay dos personas, entre ésas a las que quiero, a las que quiera del mismo modo.

Por eso intento apoyar cada te quiero en algo más que un par de palabras. Porque un te quiero, así, a palo seco, es fácilmente interpretable, y puede abrumar, crear expectativas, o incluso herir, si la persona a la que se lo decimos le da un significado que no es en absoluto el que nosotros pretendíamos que tuviera.

Supongo que por eso hay tanta gente que decide que lo más cómodo es no decir nada, guardarse los sentimientos para uno mismo y evitar así malos entendidos.

Yo debo ser muy terca, o muy estúpida, porque me empeño siempre no sólo en decirlo, sino en que se entienda lo que siento. No en que se oiga, en que se sienta. Y a veces lo consigo, la mayoría, y otras, pues no.

Y cuando tengo un día espesillo y soy yo la que no entiende algo, no lo dejo pasar. Pregunto y pregunto hasta comprenderlo. Y a veces lo consigo, y otras…

(…)

Luego están aquéllos a quienes les dices ave y piensan en el tren. Vete tú a saber qué querrán decir entonces cuando dicen ‘te quiero’

… y casi mejor no saberlo.