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No me gustan las colecciones de mariposas. Me parece especialmente macabro verlas ahí, tras un cristal, con un alfiler atravesándoles el cuerpo…

Esta mañana, al pasar por el kiosko, vi que las vendían por fascículos, metidas en cajitas de plástico. Como si los lunes no fuesen bastante deprimentes por sí solos…

Tampoco me gustan los lunes. Últimamente los míos pesan casi tanto como los martes y los jueves juntos. Edificio 10. Edificio 14. Edificio 14. Pasillos. Edificio 14. Edificio 16. Edificio 10.  Parking 7.

Camino del metro me doy cuenta de que el hombre que vende kleenex en el semáforo, el que siempre sonríe y les hace moniguetas a los niños, no está. Tampoco está el otro, el que siempre lleva la capucha puesta y nunca devuelve la mirada.

Y yo sigo pensando en las mariposas…

A qué tipo de persona le hará feliz comprar una mariposa muerta dentro de una cajita de plástico? Qué pensará cuando una mariposa viva aletee a su alrededor?  ‘Eh¡ Ésta la tengo¡’ …  ‘Mmm, ésta no…’

Al pasar por delante del árbol que (casi) abraza a la palmera, miro a mi izquierda y veo a la gitana que intenta colocar sus ramitas de romero a los guiris que salen del hotel. Hace al menos un par de semanas que está ahí, aunque yo aún no he visto a nadie que quiera su romero…

Hoy tampoco llevo comida, sólo un par de barritas de chocolate y unas tortitas de maíz. No tengo mucha hambre últimamente. Será este calor. O el sol, que asoma cada vez más temprano y no se pone hasta las 9.

Llego por fin a la boca del metro, que hoy me parece más boca que nunca. Bajo cada escalón con la mirada fija en el siguiente mientras mi móvil se desentiende del resto del mundo.

Sentada en el banco del fondo, veo mi camiseta azul de Roxy, mis vaqueros, y mis botas reflejados en la mampara de cristal que me separa de la vía.

En mis cascos suena ‘Butterfly’.