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‘Para mantener una verdadera perspectiva de lo que valemos, todos deberíamos tener un perro que nos adore y un gato que nos ignore’ (Derek Bruce).

En un par de diíllas hará un año de nuestra última mudanza. Un año viviendo en este piso que tanto me gusta, y en el que, a pesar de ser de alquiler, me siento casi como en casa.

Me gusta que a pesar de seguir sin muebles, tengamos un reloj de pared; que a pesar de tener barra en la cocina, sigamos comiendo en el sofá. Me gusta que apenas haya puertas, y que las pocas que hay estén siempre abiertas. Me gusta que el Escocés siga entrando con su llave y despertándome cuando me quedo dormida por las mañanas. Me gusta tener todas esas cosas que el año pasado echaba tanto en falta, como agua a temperatura constante en la ducha, o armarios con puertas que no se queden abiertas durante la noche…

Es ese casi que no logro definir lo que me jode.

… y lo cierto es que ya me gustaba cuando aún no lo había visto por dentro; cuando paseábamos a nuestra perra y yo, no sé por qué, me fijaba en aquel balcón, el de las macetitas que parecían hierba de gato, y en aquella mujer rubia que se asomaba entre ellas como si esperara a alguien que estuviera siempre a punto de llegar.

Pero se ve que ese alguien, quien quiera que fuese, nunca llegó; y ella, la rubia, debió cansarse de esperar.

Así que ahora soy yo quien le da el relevo a Penélope, sólo que menos rubia (concretamente morena), con menos glamour (en boxers viejos y camiseta interior) y con bastante menos paciencia.

Y apoyada en la barandilla, entre estas macetitas de hierba (ahora lo sé) falsa, me pongo a pensar en lo rápido que ha pasado este año y en lo largo que se adivina el verano que me espera…

Y aunque sobre mi cabeza los vencejos juegan a perseguirse dibujando círculos discontinuos en el cielo, es en la calle donde un gato negro que asoma la cabeza por debajo de un coche consigue sacarme de mi ensimismamiento. Y lo llamo. Y sale. Y me mira. Y se va.

Y mientras lo veo marcharse, me viene a la cabeza aquella otra gata gris con nombre de caramelo que irrumpió en mi vida a principios de curso. Entonces miro a mi perra, que en los 13 años que lleva con nosotros no se ha movido de mis pies. Y me doy cuenta de que da igual cuánto la quiera; en el fondo siempre necesitaré un gato que me ignore.

Y por fin sé qué es lo que le falta a este piso para ser perfecto. Y no son ni los muebles, ni los cuadros, ni las baldas en las que poner los libros que aún andan guardados en cajas.

Y pienso cuánto me habría gustado que hubiera querido quedarse… Y me convenzo a mí misma de que tal vez aquél no fuera el momento. Y me digo que quizá, cuando menos me lo espere, dentro de un mes o dentro de un año, otra gata me despierte maullando a media noche.

– Esta vez – pienso– la llamaré Martha.

Y puede que para entonces sí lo sea…

Y si el nombre le gusta, tal vez no quiera marcharse.

Y si el nombre le gusta, tal vez consiga sentirme por fin como en casa.