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“A veces sucedía que la lluvia ganaba… Lo ideal cuando llueve sin cesar es, además, ir a nadar. El remedio contra el agua es más agua todavía” (Amélie Nothomb. ‘Metafísica de los tubos’).

Anoche, aprovechando que tenía toda la cama para mí, decidí quedarme ojeando un libro que llevaba nisesabe en mi lista de do’s y al menos 3 meses más esperando a ser devuelto.

Y aunque reconozco que no contaba en absoluto con que fuera a pasar (o tal vez por eso), me enganchó desde el principio.

Y me quedé leyendo hasta las tantas, sin prestar atención a los crujidos con los que el frigorífico blanco trata de asustarme cada vez que me quedo sola.

Hacía tanto que no leía…

Y cuando lo acabé, sentí la necesidad de seguir leyendo. Pero no había más, sólo aquellas 143 páginas llenas de frases increíbles en las que detenerse.

Entonces, habiéndome librado ya del ansia de la primera lectura, decidí releerlo deteniéndome esta vez en cada frase, sin importarme ya la hora ni cómo iba a amanecer al día siguiente.

Y me dije que, después de todo, no había sido tan mala idea esperar hasta ahora para darle una oportunidad.

Y para celebrarlo, me levanté, fui al frigo, que sólo se atreve a crujir cuando me doy la vuelta, cogí un helado, uno de los grandes, y me lo llevé a la cama. Y pensé que hace un año jamás me habría atrevido a levantarme a por un helado estando sola. Y me sentí muy bien. Tanto, que me quedé dormida.

(…)

Y esta mañana me he despertado sabiendo que: a) era hora de devolverlo y b) tenía que comprármelo (no necesariamente en ese orden).

Así podría releerlo siempre que quisiera. Y consolarme pensando que, aunque a mí nunca se me ocurrió ser japonesa, al menos yo SÍ conseguí un elefante de peluche (y no 3 carpas asquerosas) en mi tercer cumpleaños.

(…)

Y ya no me importa que la lluvia caiga a manta. No, ahora que sé que el remedio contra el agua es más agua todavía.