‘Salvo en caso de crimen innoble, no entiendo que se rompa. Decirle a alguien que se ha terminado es falso. Nunca se termina. Incluso cuando ya no piensas en alguien, ¿cómo dudar de su presencia dentro de ti? Un ser que ha contado para ti, siempre cuenta’.

(Amèlie Nothomb)

Imagino que si cuando era pequeña mi padre no hubiera insistido tanto en que silbar era cosa de chicazos, yo nunca lo habría convertido en costumbre sólo por llevar la contraria…

La primera vez que lo hice delante tuya fue hace casi 6 años, a más de dos mil kilómetros de todo excepto de ti.

Estaba de pie frente al espejo, con una toalla blanca enrollada en la cadera, peinándome; no recuerdo qué estaba silbando, probablemente alguna de las canciones que sonaban en tu ordenador la noche anterior.

Tú te acercaste y te apoyaste en el quicio de la puerta del baño; no dijiste nada, sólo te quedaste allí, mirándome, sonriendo. Y yo dejé de silbar y te besé. Nunca se me ha dado bien sostener ese tipo de miradas.

Aquello se repitió de forma intermitente durante tres años, en habitaciones parecidas en las que yo silbaba mientras tú me mirabas; en las que yo te besaba porque tu mirada me desarmaba por completo.

Es curioso, pero no guardo ningún recuerdo de la última vez que silbé delante tuya. Supongo que en este tipo de relaciones uno siempre mira, besa o silba sin pararse a pensar en que aquélla podría ser la última vez…

(…)

Hasta el miércoles pasado, cuando tras dos horas sentados uno frente al otro en aquel centro comercial, poniéndonos al día sobre nuestras vidas -trabajo, estudios, pareja, hijos-, me puse a silbar mientras bajábamos las escaleras mecánicas.

No silbes… – me pediste.

Y cuando me giré para preguntarte por qué no iba a hacerlo,  y vi tu media sonrisa, tan triste, lo entendí…

Y me contuve para no silbar.