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Anoche, cuando volvía del cine, me encontré con una pequeña salamanquesa que se movía por la pared del edificio que hay frente al parque. Era preciosa, tan chiquitita, con esos ojillos negros tan vivos. Y me quedé allí, parada en mitad de la calle, mirándola.

Lo primero que pensé fue que ojalá llevara mi cámara encima. Luego, cuando la mini-salamanquesa se fue, supe que, en cualquier caso, había merecido la pena volverse andando.

A veces, cuando pienso en la cantidad de gente que no puede tomar decisiones sobre su vida (por motivos políticos, religiosos, de salud), me doy cuenta de la suerte que tengo yo al poder decidir sobre la mía.

Y lo hago. Decido confiar, aunque me las acaben dando todas por el mismo sitio; y sentir, por más que duela a veces; y preguntar, aun a riesgo de que el día menos pensado alguien me responda; y seguir al corazón en vez de a la cabeza, aunque a veces me lleve a sitios de los que luego no sepa cómo sacarme; y posicionarme, aun sabiendo que todo es relativo; y tratar de encontrarle sentido a las cosas, incluso a ésas que hace tiempo que dejaron de tenerlo; y tener expectativas, aunque en ocasiones no se cumplan; y pararme a mirar una salamanquesa si tengo la oportunidad…

Personalmente, no veo la vanidad en querer entender, en querer saber dónde va el puño cuando abrimos la mano, o dónde vamos nosotros.

Desde mi punto de vista, hay más vanidad en pretender estar por encima del deseo, del dolor; en renunciar a preguntar; en aceptar todo siempre sin más…

Porque aceptándolas sin más, le quitamos importancia a las cosas que la tienen, poniéndolas al nivel de las que no.

Pero no me hagas mucho caso… son sólo cosas mías.