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Después de levantarte de la cama cuando aún no están puestas las calles durante cinco mañanas seguidas, lo último que te apetece un sábado o un domingo es que tu hija aparezca por tu cama a eso de las 7 pidiendo el desayuno.

Aún así no es Paula la que dicta, los viernes y los sábados que decide dormir en casa, cuándo empieza el fin de semana. El fin de semana empieza oficialmente cuando el Escocés aparece por casa con los croisants aún calientes y las napolitanas de chocolate para el desayuno.

Luego vienen el café y el zumo de zanahoria y manzana (a veces también de pera) recién hecho. Sólo que el café no nos lo tomamos en la barra de la cocina de forma escalonada, sino en el sofá, todos juntos, y el zumo no me lo hago para mí sola. Eso y que salvo el Escocés -y Paula a veces, si viene de su casa- todos estamos en pijama.

El resto es una especie de rutina de la que me encanta formar parte (en mayor o menor medida): plancha (que yo observo cuidadosamente desde el sofá), compra semanal, cine (a veces), charlas varias (especialmente sobre todas esas cosas que parece que hemos ido olvidando contarnos durante la semana), fórmula 1 (cuando la hay), puestas en común sobre los textos que tengo que leerme para clase (que Nacho y el Escocés se leen también para echarme un cable), periódicos (que van pasando de una mano a otra), más plancha, mails que contestar, cuentos que leer en voz alta, comidas y cenas sin prisas, alguna que otra siestecilla… lo normal pa’un perro.

(…)

Este sábado, sin embargo, ha sido algo distinto; y no sólo por la visita de mi madre y la consecuente desorganización de nuestro espacio-tiempo (que también). Lo que ha marcado la diferencia, en pocas palabras, es que me he chupado dos misas de las de tarde (definitivamente, NO se puede decir ‘de este agua, etc’)

Sé que suena raro que una atea convicta y confesa como yo salga de casa un sábado para asistir no a una, sino a dos misas. Más teniendo en cuenta que el día antes había empezado el festival de cine Europeo y que al lado de casa estaban poniendo un puñao de pelis que habría ido a ver sin pensármelo.

El trabajo -porque evidentemente no lo hice por gusto- era un ejercicio antropológico de observación y extrañamiento, es decir, observar un rito (en este caso el de la ceremonia católica) como si jamás hubiéramos asistido a ninguno.

Para hacerlo más interesante, decidimos ir a dos ceremonias: la primera en un barrio popular de Sevilla y la segunda en pleno centro, en una de esas iglesias barrocas y ostentosas a la que llega la gente directamente del Corte Inglés, bolsas en mano.

Como no parecía respetuoso estar tomando notas durante la misa (amén de que en antropología es importante no ser intrusivo), la primera parte del ejercicio consistía en fijarse en todo con mucha atención para poder ponerlo por escrito nada más salir de allí.

La verdad es que fue una pasada observar el contraste tan brutal entre las dos, sobre todo teniendo en cuenta que en principio las lecturas son las mismas y las ideas que hay detrás deberían serlo también… Nada más lejos de la realidad. Yo salí encantada de la primera -a pesar de no ser creyente-, y recordando por qué dejé de formar parte de todo ese tinglado tras la segunda.

(…)

En parte por eso, tampoco hoy ha sido un domingo como los demás. En lugar de ir al cine, ver planchar a Nacho o leerle un cuento a Paula, me he pasado el día poniendo en orden y por escrito mis observaciones con todo el extrañamiento del que soy capaz. Y aún no he acabado (llevo ya 5 folios y aún sigo con la primera…)

Lo que sí ha acabado, lamentablemente, es el finde, lo que quiere decir que quedan otras 5 mañanas de despertarme con sueño antes de que el Escocés vuelva a aparecer con croisants y napolitanas.

Aún así, quién me lo iba a decir, no tengo la sensación de haber perdido éste. Observación y extrañamiento… Con buena cosa he ido yo a dar.