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Hace un rato que habrá acabado la clase de los martes, ésa a la que dejé de ir hará cosa de un mes, y no porque no me interese…

(…)

Lunes. 3ª hora, Antropología. La profe, tan moderna, tan cool, tan antropóloga, nos informa, como quien no quiere la cosa, de que el trabajo que teníamos que entregar para el día 13, ahora hay que entregarlo el 2.

Para más inri, 2/3 partes de la clase tienen a su profesora de práctica de baja y la facultad no pone un sustituto, con lo que sus alumnas se quedan sin tutorías antes de la entrega. Aunque a mí no me afecta, me parece de lo más injusto y al acabar la clase le pregunto sobre el porqué del cambio.

Hemos pensado que pediros la entrega el día 2 es mejor para vosotros- dice dando el tema por zanjado.

Si hay algo que no puedo soportar en esta vida es que me meen encima y quieran convencerme de que está lloviendo…

Pensáis mucho por nosotros...

Mi tono no debe gustarle, así que me da la espalda con un ‘vale, lo que tú digas’ y sale de la clase. Salgo tras ella y aclaramos nuestras posturas, civilizadamente, en el pasillo.

Luego vuelvo a clase, a mi sitio, primera fila, en la esquina, sabiendo que estoy a punto de romper a llorar allí mismo. Con lo mal que llevo yo eso de llorar en público.

Abro el cuaderno y la pluma y apoyo la cabeza en la mano izquierda dispuesta a coger apuntes. Intento no pensar en nada, sólo escribir. Y lo hago, solo que la tinta no deja de correrse al paso de mi pluma…

Al acabar Política queda aún otra hora y media de práctica, así que aprovecho los 5 minutos de descanso para salir a que me dé un poco el aire.

Necesito estar sola, sacar lo que me quede dentro sin que nadie más se acerque a preguntarme por qué lloro.

Por qué lloro? podría decir que por una discusión en un pasillo… pero en el fondo sé que eso no ha sido más que la excusa para empezar.

Entonces me cruzo con alguien que al verme no dice nada, sólo me da el abrazo que llevo necesitando toda la tarde…

(…)

Los lunes suelen pasarme por encima como una apisonadora y el de ayer lo hizo a conciencia.

Por suerte, al llegar a casa, Paula, a la que no había visto desde el desayuno, tenía mucho que contarme. Cosas importantes. Habían tenido una excursión y uno de los chicos de su clase le había regalado un dibujo lleno de corazones.

Y aunque esta mañana me siento como uno de esos dibujos animados que se levantan del suelo finos como una hoja de papel, al menos me queda toda una semana antes de enfrentarme al próximo lunes.

Quién sabe, lo mismo uno de estos días encuentro el modo de plantarle cara…