Entorno los ojos sólo para comprobar que hace rato que ha amanecido. La luz de la mañana, difuminada por el visillo blanco, se cuela sin permiso en mi salón. Aunque esta vez no es la luz lo que me despierta, sino el frío.

Me incorporo en el sofá y me subo hasta las rodillas cada una de las rayas de mis calcetines desparejados. Luego, envuelta en la mantita, voy arrastrando mis dedos de colores hasta la cocina. No enciendo la cafetera. Ésta, sin duda, es una mañana de té.

Saco mi taza favorita, echo 5 cucharadas de azúcar en ella y pongo agua a hervir.

Ahora sólo queda eligir uno de entre una variedad considerable: blanco con jazmín, verde marroquí, verde con naranja, de los monjes, pakistaní, montaña azul, rojo, de los amantes, earl grey con flores azules, negro con canela… y aunque sigo estando medio dormida, al final consigo decidirme por un té negro con pistachos, manzana, miel y chocolate blanco. ‘Miel de Turquía’, según la bolsa.

Y mientras espero a que el agua hierva, preguntándome quién le pondrá esos nombres a los tés, me pongo a jugar con las más de 500 palabras que se agolpan, literalmente, en la puerta del frigorífico blanco. Y se me ocurre que tal vez podría dejarte en él uno de mis mensajitos para que al volver sepas cuánto te he echado de menos…

Pero al buscar la palabra que me falta, la encuentro dentro de la frase que construyó Paula: ‘yo y el mundo en armonía es sexo de música’. Sonrío. Qué más da. En el fondo sé que no te pararás a leerlo…

Entonces, junto a mi mensaje inconcluso, encuentro las palabras que unió R.: ‘contigo veo cosas preciosas’.

Y mientras vierto el agua y espero a que pasen los 4 minutos antes de retirar la bolsita, me pregunto si R. sólo pretendía formar una frase que sonara bien o si buscó intencionadamente, como yo, las palabras precisas entre todos aquellos pequeños imanes.

Luego comienzo mi ritual particular, poniendo mis manos heladas alrededor de la taza, dejando que se calienten, para llevármelas luego a la cara. Lo repito una y otra vez hasta que está para tomar. El té es así; requiere su tiempo. Tiempo para elegirlo, para hacerlo, para preguntarse cosas, para tomarlo…

Y me da por pensar que tal vez con las cosas preciosas ocurra lo mismo. Y que sólo sea cuestión de tiempo que decidas buscar mi mensaje entre todas esas palabras…  y quién sabe, ya puestos quizá sea sólo una cuestión de tiempo que se me quite este frío…

 

‘Lovers’ /Shigeru Umebayashi (B.S.O. ‘House Of Flying Daggers’)