Hay mañanas en las que el simple hecho de salir de casa es algo para lo que tengo que mentalizarme. Hoy es una de esas mañanas. Tengo muchísimo sueño, fuera el sol parece haber roto la tregua y ni siquiera me he leído el texto que tenía que llevar preparado…

Sin mucho entusiasmo busco algún argumento con el que convencerme a mí misma de por qué no debo faltar a clase hoy: 12 semanas más y el curso habrá acabado. Sólo 12 y estaré a mitad de camino…

Junto a la cafetera, el Escocés me pregunta si estoy bien. Lo miro y le dedico media sonrisa. La verdad es que no. Otro quizá seguiría preguntando, pero él me conoce demasiado bien como para saber que no quiero hablar del tema. Me dejo abrazar durante cinco minutos, le doy las gracias y me voy con mi segundo café de la mañana al salón.

Aún así, espero hasta quedarme sola para abrir el correo. Luego echo un vistazo a los nuevos y releo los pendientes.

… y esto está resultando más difícil de lo que imaginé. Escribo. Borro. Vuelvo a escribir. Me recuerda a uno de esos juegos en los que tienes que hacerte entender evitando usar ciertas palabras.

Y en el fondo sé que es absurdo intentarlo… por más que me empeñe, no puedo evitar ser como soy.

Finalmente le doy a enviar sin estar muy convencida y me meto en la ducha.

(…)

Ya en la calle me doy cuenta de que, coincidiendo con el regreso del sol, el frío parece haberse tomado un descanso y los árboles han comenzando a brotar.

Me enchufo los cascos y el sonido de una puerta que se cierra me hace volver a eso a lo que vengo dándole vueltas últimamente… por qué a la gente parece costarle tan poco tanto entrar como salir de mi vida.

Y a la altura del hotel, ése que dejo a mano izquierda cada mañana, de repente lo veo claro… Y la música, que hasta hace poco me hacía caminar más deprisa, deja de dictar el ritmo de mis pasos.

No les cuesta porque, tanto si me gusta como si no, mis puertas no son como las de la mayoría. Mis puertas, ahora lo entiendo, son giratorias.

Y no, claro que no estoy bien. Cómo coño iba a estarlo…

Lo único más triste que el ruido de una puerta al cerrarse es una puerta que se cierra sin hacer siquiera ruido.

Entonces recuerdo el abrazo de esta mañana y me doy cuenta de que mis puertas no sólo me definen a mí. Y es que, por más que no pueda evitar que haya quien entre y salga de ella como si nada, como si lo que yo pudiera sentir no importara lo más mínimo, no es menos cierto que también hay quien decide permanecer en mi vida.

A pesar de lo fácil que parece salir de ella sin decir adiós.

Como el Escocés.

Whatever happens.