Abro los ojos y, como cada mañana, ahí está, despierta, acurrucada junto a mí, esperando la señal (que ponga yo un pie fuera de la cama) para bajarse ella también.

De la cama se va derecha a su cojín, desde donde vigila mis movimientos mientras me pongo el café y saco su plato para ponerle la comida.

Más tarde, cuando todos se han ido y nos quedamos las dos solas, se sube al sofá, se acurruca a mi izquierda en el respaldo del sillón y normalmente vuelve a dormirse…

A veces, sin embargo, cuando hace bueno, le abro la terraza y la dejo que salga a ladrarle al perro de enfrente, ese negro y grandote que desde que nos mudamos a este piso parece haberse convertido en su enemigo número uno. Sólo cuando se cansa de echarle la bronca, vuelve a entrar, buscándome como si no me hubiera visto en todo el día.

Luego están las mañanas que tengo clase. Ésas, aunque no me guste,  me toca dejarla sola. Y aunque a estas alturas debería estar más que acostumbrada, lo cierto es que sigue poniéndose nerviosa… lo sé porque cuando ve que me arreglo (es un decir) después de la ducha, ya no vuelve a dormirse; se va a su cojín y me observa mientras preparo la mochila y recojo las cosas antes de marcharme.

Y aún así, cuando llega la hora de salir, su carita es lo último que veo mientras cierro la puerta. Y cuando vuelvo, lo primero que veo cuando la abro.

(…)

Hoy no tengo clase por la mañana. Por la tarde sí, pero no iré. A las 3 tenemos cita en la veterinaria para que le quite a mi perra un quiste de la pata derecha. Se trata de un quiste especialmente persistente. Es la cuarta vez que se lo quitan y siempre vuelve a salirle…

El riesgo de la operación en sí es mínimo, salvo porque su patita es muy pequeña y cada vez queda menos piel nueva con la que cerrar la herida.

El problema está en que la anestesia es general y a sus 15 años y con el problema de corazón que tiene nadie nos garantiza que vaya a poder soportarla.

(…)

Hoy el día ha amanecido frío y lluvioso y aunque normalmente me encantan los días como éste, esta mañana me da rabia no haber podido dejarla salir una vez más a la terraza a ladrarle cuatro cosas a su enemigo número uno.

Y mientras la miro, hecha un ovillo a mi izquierda, me muero de pena sólo de pensar en que, después de 14 años siendo mi sombra, mañana pueda buscarla a los pies de mi cama, a la salida de la ducha o a mi espalda en el sofá y no encontrarla…

Se queda tan vacía, tan silenciosa una casa cuando un animal se va…