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‘Era algo tan gratuito, tan abundante, que ya no le inspiraba el menor interés. No sentía ya emoción ni el galope de la sangre en el cuello y en el corazón tan sólo con pensar en ella.

Ella era la tercera cerveza. No la primera, que la garganta recibe con una actitud casi llorosa. Ni la segunda, que confirma y aumenta el placer de la primera. Era la tercera, la que se bebe porque se tiene delante, porque no puede hacer ningún daño y porque, después de todo, qué más da.’

(Toni Morrison, ‘La canción de Salomón’).

No sé cómo voy a hacerlo, pero tengo que recuperar la costumbre de leer. Antes me bebía los libros. No me había acabado uno cuando ya estaba pensando en otro. Y ahora…

Hace ya algunos meses alguien me recomendó esta novela. Y me estaba gustando, mucho… Y aún así no pude, o no supe, evitar que acabara dando tumbos de aquí para allá.

Anoche, al irme a la cama, la vi ahí, en la banqueta de plástico que hace las veces de mesita, y decidí retomarla por donde la dejé (para algo tenía que servirme esta maldita buena memoria que tengo).

Entonces me topé con este párrafo. Y ya no pude seguir. Apagué la luz y me quedé dándole vueltas a lo que acababa de leer.

Y me acordé de cuando aprendí (traduciendo una coplilla, cómo no) cómo se decía en inglés regalarse (uno mismo).

Y me di cuenta de que aún no había pensado en ningún propósito de año nuevo.

De entrada, voy a acabarme este libro.