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Miércoles, 29 de febrero.

Hasta última hora he estado dudando si venir o no. No me encuentro nada bien, pero tenemos un estúpido trabajo en grupo que poner en común y no quiero dejar a las niñas tiradas. Y aquí estoy, una hora antes de que empiece la clase, como de costumbre.

Me siento en uno de los bancos del pasillo y espero. El sol entra a raudales por las ventanas enrejadas. Fuera la gente lo busca. Yo lo evito.

Noto que me asfixio. Entre el catarro que Paula me ha pasado y la lluvia, que no termina de llegar, llevo respirando fatal toda la semana. Saco el inhalador de la mochila y me meto 2 chutes. Normalmente tarda poco en hacerme efecto, pero se ve que hoy no es mi día.

Me da un ataque de tos. Toso con todas mis fuerzas y vuelvo a tomarme el inhalador. Algo no va bien. Apenas consigo coger aire. Llamo a Chema y le pido que venga a buscarme. Edificio 16, pasillo de abajo.

Abro la ventana y me agarro a la reja con fuerza. El aire está ahí, pero por alguna razón no consigo que entre en mí. Intento tranquilizarme pero el calor se vuelve asfixiante por segundos. Miro a ambos lados del enorme pasillo desierto. Mis compañeras tardarán al menos media hora en empezar a llegar. A lo lejos pasa una chica con rastas en el pelo. Levanto la mano y pido ayuda. Se acerca y me pregunta algo. A mí me parece que salta a la vista. No puedo respirar, le digo.

La pierdo de vista por un minuto, tal vez dos, tal vez medio. Luego la veo reaparecer con uno de los conserjes. El conserje habla con alguien por el walkie, parece nervioso. Al rato llega otra conserje, es alta y lleva el pelo corto y rizado. Se sienta a mi lado y trata de calmar a su compañero. Ella también es asmática, dice. Sólo tengo que tranquilizarme y respirar. Respira, me dice. Que respire. Me dan ganas de pegarle. Tú tranquila, me habla como a una niña pequeña. Su compañero no lo ve claro. Dice que hay que llamar a una ambulancia. Ella insiste en que sólo es una crisis asmática. Alguien, la chica de las rastas, supongo, me echa agua en la cara. Cierro los ojos y oigo al conserje llamar a una ambulancia. Una chica (…) No sé (…) Está azul (…) Unos 2040, susurro.

Poco a poco, el aire que antes me parecía insuficiente, se vuelve de plomo. Es como si algo se hubiera cerrado. Boqueo, como los peces que quedan en la orilla después de sacar las redes.

Los de la ambulancia llegan por la derecha y Chema y Paula por la izquierda. Miro a Chema. A Paula. Me tumban en la camilla. Intento decirles que no puedo ir tumbada, pero no puedo hablar. Trato de incorporarme, pero alguien me sujeta.

Salimos al exterior y el sol de las 4 de la tarde me da de pleno en la cara. Y como me da, se apaga. Tumbada en la ambulancia, sin aire, me doy cuenta de que me voy a morir. No lo creo, lo sé. Paula, pienso. No la llevé a ver los Teleñecos

Jueves, 1 de marzo

Abro los ojos y allí están. Nacho a un lado, Chema a otro. Cada uno me agarra de una mano. Los dos sonríen. Menudo susto nos has dado. Es jueves por la noche. Paula está con Kike. Yo en la UCI. Intento hablar, pero no puedo. Trato de chapurrear algo en lengua de signos, pero Chema no me entiende. Tengo vendas y tubos saliéndome de los brazos. Todo es tan irreal. Alguien avisa de que acabó el tiempo de visita. No pasa mucho hasta que vuelvo a quedarme dormida.

Viernes, 2 de marzo

La sala se llena de gente. Unos lloran, otros sólo miran, algunos cuentan cosas. Nacho y Chema vienen junto a mi cama y me ponen al día. Nacho me ha traído el mp4 y unas tarjetitas hechas por Paula. Sigo sin poder hablar, pero hago un esfuerzo y tiro de lengua de signos para bromear sobre los enfermeros. Hay uno guapísimo, mulato, muy simpático, Gregorio se llama. El otro es un pan sin sal. Deletreo su nombre despacio. R-u-f-i-n-o. La primera vez Chema no me entiende y me cabreo. La segunda sí. Por supuesto, Chema no pierde la oportunidad y tararea la coplilla de Luz Casal. Le regaño con la cabeza sin mucha convicción. Los 5 ó 10 minutos de visita pasan volando.

La visita de la tarde pinta menos divertida. Por lo visto, mis padres están abajo esperando. Chema me avisa de que mi madre está muy cabreada porque no la han dejado subir sin consultarme. Me pregunta si quiero verla. La verdad es que no. Más si ellos tienen que irse para que ella entre. No quiero que me suelten las manos. Pero ya sabemos cómo va esto. Hago de tripas corazón y me despido de los dos.

Sólo cuando los pierdo de vista me miro con detenimiento. Han pasado 2 días. Bajo la sábana estoy desnuda. Tengo cables conectados al pecho y una sonda entre las piernas. Aún así, lo que más me impresiona es el color morado de mis brazos.

Veo entrar a mis padres. Mi padre sonríe, pero en sus ojos veo que está muerto de miedo. Mi madre trae puesta su cara de vinagre. No puede evitarlo, supongo. Tiene que ser el niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro. Sobre la marcha decido que esta vez no voy a dejar que me afecte. La dejo quejarse y trato de no pensar en nada. Cuando se da cuenta de que no entro al trapo me castiga con su silencio. Alguien avisa de que acaba el turno de visitas. Lo siento por mi padre. Él no me sobra. Me dan un beso y los veo marcharse.

Me quedo sola en aquella especie de sótano lleno de camas separadas por cortinas. A mi izquierda veo el libro que Nacho debe haberme traído, aunque no recuerdo cuándo. Antes de que hiele. Algo sobresale entre las hojas. Parece una factura. Tiro de ella y leo lo que pone en el reverso. Vuelve pronto a casa. Te quiero y te echo de menos. Me tumbo de lado, me tapo la cara con la mano y me echo a llorar hasta quedarme dormida.

Me despierto mojada. Se me habrá salido la sonda, supongo. Miro entre mis piernas y veo las sábanas teñidas de rojo. Al parecer me ha bajado la regla. Otra vez. Una enfermera me lava y cambia las sábanas con ayuda de un celador. Me dice que es normal, con los nervios, ya se sabe. Dobla una especie de tela absorbente y me la pone entre los muslos. Cómo la sujeto, pregunto. Cerrando las piernas, me aclara como si hubiese preguntado algo obvio. Avísame cuando necesites que te la cambie.

Sábado, 3 de marzo

No sé qué hora es. La sala está oscura. Sólo los pitidos de las máquinas y el ronroneo de los respiradores rompen el silencio. Mi aparato también pita. El aparato que hace ping. Juas juas. Cuando salga de aquí tengo que volver a ver ‘El sentido de la vida’.

A lo lejos, el murmullo de una conversación me devuelve a la realidad. Pego el oído. Volantes, rayas, mangas. Una voz cantarina da todo lujo de detalles: el traje, el peinado, las uñas de gel. Otras voces, femeninas todas, se turnan para dar su aprobación. Un buen peinado y unas buenas uñas son como un buen bolso y unos buenos zapatos, sentencia una voz más ronca. Es marzo, caigo, víspera de feria. Después de 16 años viviendo aquí no sé de qué me asombro.

Frente a mí, un hombre enorme iluminado por una luz amarilla respira por un tubo. De repente su máquina empieza a pitar más rápido y la conversación se corta. Una enfermera pelirroja, preciosa, viene y toca algo. Y la máquina deja de gritar. Segundos después reanudan su conversación. Cierro los ojos y trato de volver a dormir. Ojalá se callaran todas, aunque fuera un rato…

En algún momento sé que es de día. Se abre la puerta y entran los familiares. La mujer de la cama 9 no tiene visitas. Qué cosa tan triste, pienso. Nacho y Chema entran juntos. Me besan y me cogen las manos. Me preguntan cómo estoy. Busco las palabras pero no las encuentro, así que sonrío y me dejo sonreír. Mis padres están con Paula, me cuentan. Salvo está bien, Wilma, triste. Nacho me cuenta que en vez de irse a su sitio de siempre se tumba en el pasillo, frente a la puerta. Me cuesta hablar, así que voy a tiro hecho. Les digo cuánto los quiero. Intento que entiendan lo feliz que soy. De que estén aquí. De estar yo.

Al abrir los ojos no sé qué es lo que falta, sólo sé que algo ha cambiado mientras dormía. Entonces caigo. La mujer a la que nadie venía a visitar ya no está. Las enfermeras bordean la cama hablando de sus cosas mientras una mujer de la limpieza le pasa un trapo al colchón desnudo.

La enfermera pelirroja me sonríe. Te voy a lavar, anuncia. Mientras lo hace me pregunta si tengo hijos. Una, le digo. 9 años. Me cuenta que ella también tiene una hija. 12 años. Me coloca un nuevo trapo entre las piernas y aprovecha para contarme que a su hija le vino la regla el año pasado. Luego coge el libro, lee el título en voz alta y hace algún comentario que ignoro por completo. Le pregunto si sabe cuándo me darán el alta. Echo tanto de menos a Paula. A Nacho. A Chema. Me alegra no tener nada dónde mirar la hora. Así resulta más fácil engañarse.

Medio día. Un médico alto y de pelo blanco irrumpe en la sala cuando estamos a punto de comer. Uno por uno va visitando a los pacientes. Es amable con aquellos que estamos conscientes. Con las enfermeras, sin embargo, parece un déspota. Me dedica una gran sonrisa y me pregunta cómo me encuentro. Perfectamente, le miento mirándole directamente a los ojos. Tras examinarme me comenta que él también me encuentra mucho mejor. No pueden mandarme a casa, me explica. Por cómo llegué. Pero en cuanto haya cama en respiratorio, promete, me suben a planta. Justo antes de irse coge el libro y lee el título en voz alta. Antes de que hiele. Asiente como dando su consentimiento. Luego vuelve a sonreírme y se va.

Por cómo llegué. Hasta ahora nadie me ha explicado nada. Cuando vuelvan Chema y Nacho tengo que preguntarles.

En cuanto haya cama en respiratorio resulta ser una medida de tiempo aún más difícil de llevar que la incertidumbre pura y dura. A ratos me da la sensación de que nunca voy a salir de allí y el aparato que hace ping se chiva a las enfermeras. Entonces abro el libro y leo el párrafo que toque. Lo leo una, dos, tres veces, las que hagan falta hasta que empiece a tener sentido.

Debe faltar poco para el segundo turno de visitas. Mis padres no han vuelto a venir. Oigo a las enfermeras hablar de una cama en planta. No quiero hacerme ilusiones pero tampoco puedo evitar pegar la oreja. Hablan de la 7. Yo soy la 5, la niña, como ellas me llaman.

Una de las enfermeras se acerca a darme la medicación y a hacer los controles rutinarios. Da por hecho que sé que me voy, aunque nadie me lo haya dicho. Me pongo a llorar de la alegría. El aparato que hace ping hace ping por última vez.

Se abre la puerta y veo a Nacho y a Chema esperando que les dejen entrar. Me sonríen y les levanto el pulgar. No puedo esperar a que entren. Desde lejos, por lengua de signos, les digo que me voy…

(…)

Tras la UCI pasé a planta. Desde el sábado hasta el miércoles he pasado por 2 habitaciones y he tenido hasta 4 compañeras diferentes.

A toro pasao me he enterado de que el miércoles entré en parada respiratoria, que Nacho, Chema y Paula tuvieron que pasar 3 horas en la puerta de urgencias hasta saber si iba o no a vivir, que hasta un día después no sabrían si había habido secuelas y cuáles… y que tuve suerte, 15 minutos más y no lo cuento.

No hará falta que diga que no ha sido una semana fácil. Ni para mí, ni para las personas que han estado al tanto de lo que me ha pasado. Aún me cuesta dormir por las noches, a pesar de llevar sin café 7 días. Supongo que me da miedo no despertarme.

Luego pienso que estoy viva, que no ha habido secuelas, y me siento la persona más afortunada del mundo…

(*) Este post lo he ido escribiendo a ratos perdidos, entre la 711 y la 715, en un cuadernito que me compró el Escocés mientras estaba hospitalizada. En mi vida he pasado tanto miedo y necesitaba sacarlo fuera. No abro los comentarios porque ahora mismo sé que no voy a poder contestarlos, pero muchísimas gracias a todos los que habéis estado pendientes de mí.