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Al menos en apariencia, no éramos más que otra pareja de madre e hija hundidas en sus respectivas butacas, compartiendo un paquete de palomitas y viendo ‘Los Muppets’. Habría resultado lógico, imagino, deducir que era ella quien realmente quería estar allí, y yo quien, no pudiendo negarme, había accedido a regañadientes a llevarla…

(…)

Recuerdo que cuando empezaron a anunciarla y dijo que quería verla, le prometí que iríamos juntas. Pero llegó el día del estreno y por una cosa o por otra yo nunca encontraba el momento. Siempre había algún trabajo, alguna lectura o alguna otra cosa relacionada con los putos estudios que tenían prioridad sobre aquella promesa.

Los fines de semana iban pasando y Chema, Nacho, incluso mi hermano se ofrecieron a llevarla en mi lugar. Pero ella siempre se negaba. ‘Los Muppets’ iba a verla conmigo, aseguraba sin ningún resquicio de duda. Después de todo se lo había prometido.

El finde antes del zusto (que dirían en mi pueblo) coincidió con el puente del día de Andalucía. Cuatro largos días en los que la dinámica fue que mi hija me preguntara cuándo íbamos a ir a verla y yo me limitara a tirar balones fuera. Cuatro largos días en los que no encontré dos horas que dedicarle.

Finalmente, después de mucho insistirle, Paula accedió a ir a ver los Teleñecos con su padre. Y lo peor es que lo hizo sin reproches ni mosqueos. Supongo que, aunque no lo entendiera, había asumido que mi excusa de ‘tengo mucho trabajo, tesoro’ era algo contra lo que no tenía sentido luchar.

(…)

Durante mi semanita en el Spa he pensado largo y tendido (literalmente) sobre ello. Le he dado vueltas a todos los ‘que habría pasado si‘ habidos y por haber, y, entre otras cosas, me he dado cuenta de lo mal que he estado priorizando desde que empecé la carrera…

Si llego a diñarla en aquella ambulancia – como estuvo a punto de pasar- me habría ido derechita al Valhalla (donde quedé con un amigo en que nos encontraríamos llegado el momento), con un expediente de puta madre pero sin haber llevado a Paula al cine. Tal vez  por eso lo último en que pensara antes de perder el sentido fuera en ella… en cuánto la quería…  en cuánto la había defraudado…

El miércoles pasado, al volver del hospital, le pedí que se sentara a mi lado. Le dije que le debía una disculpa, varias en realidad, una por cada vez que le había prometido que haríamos algo juntas (como las bolas de nieve o las pulseras de cuerdas) y había acabado anulándolo porque tenía algo más importante que hacer.

Y le pedí que si algo parecido volvía a pasar, me recordara, por favor, qué era lo verdaderamente importante.

– Prométemelo.

Ella me miró muy seria y, con los ojos como platos, prometió que lo haría.

 Y hablando de cosas importantes ¿tienes planes para este sábado?

– Mmm, no...

¿Te vienes conmigo a ver los Muppets? Sólo chicas, qué me dices…

Es que… cuando la vi con papá no me gustó mucho…

Andaaaaaaaa, porfaaaaaaaaaaaaa…

(…)

La peli no defraudó. Tal y como prometía, resultó ser un pestiño como pocos que me he tragado (sólo le faltó un cameo de Meg).

Y aún así, estoy convencida de que cualquiera que me viera la cara mientras salíamos del cine habría pensado que aquélla era sin duda la mejor película del mundo.

Y en cierto modo, lo era.