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“Sólo la casualidad puede aparecer ante nosotros como un mensaje. Lo que ocurre necesariamente, lo esperado, lo que se repite todos los días, es mudo. Sólo la casualidad nos habla.” (Milan Kundera, La insoportable levedad del ser).

Sueño con Bleda. Ella y Yago tienen cinco meses y  juegan y se pelean en el sofá de nuestro primer piso mientras tú trasteas en la cocina. Bleda está tan bonita… me dan ganas de apretujarla. Yago es una pantera a escala. Te digo algo y te giras para contestarme, pero tú no eres tú, sino Nacho.

Me despiertan los zarpazos de Brownie contra la caja. Bleda está muerta y Yago es un esqueleto viviente. Miro el móvil. Las 2.05. Me levanto y le preparo el bibi. 50 ml de leche templada, 3 cacitos cortos de leche en polvo, 3 gotitas de aerored… lo muevo todo con una cucharita hasta que se disuelve el último grumo y vuelvo a la cama. Estoy zombie, pero darle el biberón se ha convertido en un gesto tan mecánico que puedo hacerlo incluso dormida. Cuando lo cojo para enchufárselo se me mea encima y de paso en la cama. Perfecto. Se clava a mi brazo con sus garritas como espinas y se lo acaba en menos tiempo del que he tardado en prepararlo. Le doy golpecitos para que eructe y lo devuelvo a su caja. Me quito la camiseta, pongo una toalla sobre la sábana mojada y apago la luz. De la caja salen gemidos pequeñitos y lastimeros. Alargo el brazo y busco su barriguita. La acaricio hasta que uno de los dos se queda frito.

Sueño que estoy en una ambulancia. Oigo a los enfermeros. Hablan de mí como si yo no estuviera delante. Dicen que estoy muerta, que habrá que decírselo a la familia. Quiero gritarles que no tienen ni puta idea, pero no puedo. Me sacan de la ambulancia y Paula y tú estáis allí. Me tranquiliza verte. Aclararás las cosas y nos iremos a casa. Cuando te dan la noticia les dices que tú no eres mi marido. Paula te mira y te pregunta qué hay hoy para comer.

Me despierto con la espalda dolorida y ganas de llorar. Hace 4 años me preguntaste si seguía enamorada de ti y  yo me quedé mirándote sin saber qué contestar. Ahora duermo sola una semana sí y una no. Abro la caja y veo a Brownie agitar las patitas en sueños. Qué grande está… Cuando Nacho vuelva no lo va a conocer. Tumbada boca arriba imagino que Nacho vuelve y es a mí a quien no reconoce.

Las 6.30. Brownie sigue frito. Yo sin embargo no me he vuelto a dormir. Me quedo embobada mirándolo… tan confiado, tan dependiente. De aquí a una semana estará persiguiéndome por toda la casa.  Justo lo que necesitaba, otro perro que me ladre.

Espero a que den las 7 y me arrastro fuera de la cama. Cojo una camiseta limpia del cajón y me la pongo camino de la cocina. Enciendo la cafetera y me tumbo en el sofá. Menos de dos semanas para los exámenes. Debería ponerme a estudiar. Debería hacer tantas cosas…

(…)

Hoy Brownie cumple un mes. Los bibis se han convertido en papillas y mi brazo en algo mordisqueable desde que le han salido los dientes. Definitivamente no es un galgo. Un pastor, quizá. En cualquier caso el Escocés tenía razón y la acogida inicial se ha convertido en definitiva. Complicarme la vida, mi especialidad.

Es tarde y estoy sola. Me apetece escribir, aunque no debería. Mañana tengo examen y no me sé ni la mitad. Estudia, me digo. Por no escucharme, decido llevarme los apuntes a la cama. Brownie y Wilma me siguen. Salvo no. Está celoso y enfadado y ha decidido castigarme durmiendo en el cuarto de Paula.

Tumbada boca arriba abro mi cuaderno verde. Tengo cafeína en el cuerpo como para pasar 3 noches despierta. El caso es que sólo tengo una. Paso las páginas sin mucha convicción. Me distraigo pensando si mi letra habrá cambiado mucho.

Finalmente me rindo ante lo que quiero. Enciendo el portátil. Releo lo que escribí hace ya dos semanas y me parece que hayan pasado dos meses. Abro mi correo y pienso en las casualidades. En lo que tratan de decirme.

Parece que alguien sí guardaba mis cartas después de todo.