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Dicen que en los detalles está el demonio.

Tumbada sobre el costado derecho lo sujeto con una sola mano y comienzo a leer. Con la otra, hago bailar la ligerísima hoja de titanio, ésa que me trajiste de Bilbao. La arqueo, repaso su borde con los dedos, la hago sonar.

Pienso en aquella preciosa lámina de madera clara – con mariposa grabada – que llegué a utilizar una sola vez antes de que Brownie la dejara hecha jirones. Al menos esta vez me he asegurado de que no pueda destrozar el marcador que he escogido para el nuevo libro. Aunque no lo haya elegido por eso.

Le parecía que llevaba siglos cayendo.

Si no lo hubiera forrado, el lomo estaría ahora hecho una pena. Antes no habría sido una opción. Jamás le habría hincado el diente a un libro sin haberlo forrado y haberle puesto nuestro sello en la primera página.

Ahora los lomos protegidos se confunden con aquellos que he ido comprando desde que nos separamos. Y en cuanto a la idea de encargar un nuevo sello, supongo que me pasa como con la de llevar un nuevo anillo…

El mundo se estrechaba a su alrededor.

Nunca me había parado a pensar qué será de mis marcapáginas cuando no haya páginas que marcar.

Acaso sabrá Paula cuáles eran mis favoritos? Sabrá que elegía uno distinto para cada libro que leía? Sabrá que al acabar la última página me gustaba dejarlo ahí, marcando el final durante un día o dos?

A mi edad mi madre coleccionaba plumas. Plumas que escribían fino o grueso, en verde, azul o morado. Luego dejó de necesitarlas y acabaron acumulándose al retortero en algún cajón de su armario. Hace no mucho, después de lo del zusto, las metió todas en un par de cajas de galletas, de esas de lata tan bonitas, y me las regaló. Fue tan triste abrir aquellas latas y ver su cara sonriente…

La lluvia cesó, comenzó de nuevo, luego paró otra vez y después volvió a comenzar.

Fuera el suelo está helado. Dejo el libro sobre la mesilla y descorro un poco la cortina. En momentos así echo de menos nuestro antiguo balcón, quedarme apoyada en el marco de la puerta, llenarme del olor a ciudad  mojada…

La última noche llovió. Llovió e hizo un frío impropio de octubre. Recuerdo que me asomé por última vez y os observé mientras atravesabais la calle con mi planta a cuestas. Y cuando os perdí de vista, me quedé allí, mirando el agua, iluminada por las luces amarillas de las farolas, caer con furia. Y me dejé mojar.

Pero esta noche no hay balcón. Sólo una cama demasiado pequeña a mi espalda y una ventana enorme frente a mí.

Y esta lluvia que no moja, que no huele.