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Eso es como lo de que venimos del mono. Que ya sé que hay mucha gente que está estudiando el tema, pero yo no me lo creo.

Lo que más me gusta de las salas de espera de los hospitales es pegar la oreja a las conversaciones ajenas. Al final siempre hay alguien que dice algo que hace que compense esa sensación de haber perdido 3 horas de tu vida a cambio de un puñao de gérmenes que no traías de casa.

Lo que menos, el tema de los móviles y la costumbre de la gente – mi madre, sin ir más lejos- de:

a) guardarlos en el último rincón del bolso, dándonos a todos los que compartimos espacio la oportunidad de jugar a adivinar de qué CD de grandes éxitos de gasolinera han sacado el tono de llamada.

b) contestar la llamada desde la propia sala de espera, haciéndonos partícipes de la conversación solo que sin dejarnos opinar.

(…)

Y lo más difícil ha sido tener que morderme muchomuchomucho la lengua para no mandar al gilipollas de mi hermano a tomar por culo.

Cádiz Por lo demás, ha sido toda una experiencia esto de pasar dos noches en la incómoda silla de acompañante, en lugar de en la habitual cama articulada que tanto me gusta subir y bajar.

Luego está el tema de volver a ver el mar. Incluso en estas circunstancias.

El día que el mar me deje indiferente…