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“- Qué bonito! – El qué? Qué es bonito? – La vida” (Amour, Haneke)

Me despierto a esa hora en que sólo los pájaros tienen algo que decir. Me pongo lo primero que pillo del montón de ropa a medio poner, le engancho la correa a Brownie, pillo sus bolsas y dejo que me arrastre.

Al salir del ascensor vemos a una chica sentada en un poyete  de los de fuera. Parece alta. Pelo largo, rubio. Pantalones inexistentes. Tacones enormes. Tiene la cara tapada con ambas manos y, antes incluso de abrir la puerta del portal, su llanto llega hasta nosotros. Dudo un segundo si preguntarle qué le pasa y finalmente giro a la derecha. Brownie sin embargo no se lo ha pensado y se queda atrás dando latigazos con su rabo y tratando de lamerle la cara. Tiro suavemente de él y abrimos la segunda puerta, la de hierro grande.

Ya en la calle, sentado en uno de esos absurdos maceteros de piedra sin planta dentro, un chico de aproximadamente la misma edad parece esperar. Brow, por supuesto, hace el amago de acercarse, pero esta vez lo veo venir y giramos a la izquierda sin miramientos.

Cuando regresamos, la chica y el chico están juntos en la acera. Ella llorando aún, él hablándole en voz muy baja, sin tocarla. Deben rondar los 18, una edad la mar de mala pa’según qué cosas… Brownie los ignora, porque cuando vuelve de su paseo lo hace jugando con la correa y no quiere saber na’de nadie. Yo trato de hacer lo mismo aunque mentalmente echo cuentas de los años de tranquilidad que me quedan hasta que Paula……….

(…)

Entrar en casa y no encontrar a Wilma esperándome al otro lado de la puerta es como sentir un brazo que ya no tienes. Es el amago de usarlo lo que te devuelve a la realidad. A una realidad de mierda.

(…)

Me pongo un café y me asomo al ventanal del salón, ese que da al patio comunitario. Echo de menos mi antiguo balcón. Salir y observar a la gente que vuelve a su casa andando muy despacito después de toda la noche de juerga. Mirar desde arriba los naranjos.

Aquí no hay naranjos. Sólo un limonero. Uno que el portero no riega. A veces lo observo cuando pasa con la manguera por entre los parterres, derramando agua mientras va de uno a otro, evitando cuidadosamente mirar atrás, donde el pobre limonero se seca a ojos vista. No logro imaginar qué puede haber hecho para merecer semejante castigo, pero con este calor no tardará en morir.

Luego, como cada mañana, busco al único vecino que siempre está despierto a esta hora, un señor mayor de escaso pelo cano que se pasea por su casa en pantalones de pijama y repasa la prensa en papel, como toda la vida, mientras sostiene su taza con la mano izquierda. Hoy sin embargo se ve que me he asomado un poco más temprano que de costumbre, porque su salón está vacío.

En la habitación de al lado, con la cama orientada hacia el ventanal, distingo unos pies y, un poco más arriba, unos boxers de rayas rojas. Me siento un poco voayeur, aunque no haya sido yo quien ha decidido no echar las cortinas. Pasado el primer arrebato de culpa me fijo mejor. Es una cama individual. Al menos desde aquí parece ridículamente pequeña. Sin sábana de arriba. Si yo viviera sola me compraría el colchón más grande que hubiera y dormiría en diagonal todas las noches…

(…)

Nada que hacer. Esperar notas, poco más. Tengo a Silva frente a mí pero a quien yo esperaba era a Camilleri. Es como cuando tengo antojo de mexicano y comemos pasta. Miro el de Silva. ‘La marca del meridiano’. Lo abro, lo hojeo y lo dejo donde estaba.

Enciendo el portátil y miro la cartelera de la Diputación. Ponen Amor, de Haneke. “Una pareja de 80 años (each)… un infarto y una hemiplejia… su amor se verá puesto a prueba…” Mmm. Sí. Definitivamente tiene pinta de fiestera, de las que me gustan a mí. No se hable más. Adjudicado Haneke por 4 pavos la entrada😀 .

(…)

amour-739x1024 (1)Pffff. Fiestera es poco. Hacía tiempo que una peli no me sacudía de esta forma. Con un pellizco en el estómago salgo del cine y mando un wasap. Camino de casa pienso en el Escocés, tal vez por todas esas escenas en que el marido le lava el pelo, la ayuda a levantarse del water, le da la comida… Es difícil de explicar y supongo que imposible de entender, pero probablemente sean mis recuerdos más bonitos de nuestros últimos años juntos.

Siempre pensé que envejecería junto al Escocés. Saliendo del ‘Amor’ me doy cuenta de que ahora ninguna vejez estará a la altura de aquella que había imaginado, lo que me pone tremendamente triste… Y me consuelo un poco pensando que con mi historial yo no llegaré a vieja.

Ya en casa enciendo el portátil con ánimo de escribir. Es tarde, pero eso no me preocupa. Ya no quedan trabajos por hacer ni tengo nada que estudiar. Mañana volverá a ser domingo, como hoy.

Y justo cuando le doy a “Nueva entrada”, me llega un wasap. “Puedo felicitarte ya?“. Y al wasap le sigue una llamada que me habla de tiempos pasados, cuando nos pasábamos horas al teléfono hablando vaya usté a saber de qué.

Cuando cuelgo la sonrisa no me cabe en la cara. Y pienso en la peli que acabo de ver, tan dura. Y en que el día amaneció con una chica llorando. Y en las casualidades. Y en que contra todo pronóstico mañana ya no será domingo, sino sábado.