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Diariamente coincidimos con decenas de desconocidos. En el metro, en un aeropuerto, en cualquier cafetería. Desconocidos que la mayoría de las veces siguen siéndolo cuando el día acaba. Pero a veces sucede que esos desconocidos, que deberían pasar por nuestra vida casi sin rozarla, la atraviesan.

Rascacielos y luces de neón desde el interior de un taxi, un puñado de solícitos patrocinadores en el hall y un fax que le recuerda que ha olvidado el cumpleaños de su hijo. Así comienza la que sin duda es una de mis películas favoritas –y he visto unas cuantas. ‘Lost in translation’, la impresionante segunda cinta de una jovencísima Sofia -de casta le viene al galgo- Coppola.

LIT peluca rosaUna ciudad que no duerme y dos desconocidos, Bob y Charlotte, que no pueden dormir. Desconocidos entre sí, desconocidos para sus respectivas parejas y, lo que es peor, desconocidos para ellos mismos, que coinciden durante una semana en la alienante ciudad de Tokyo.

A pesar de que a primera vista pueda confundirse con una historia de amor, a pesar incluso de la inevitable -aunque sutil- tensión sexual existente entre los protagonistas, la atracción que hay entre ellos poco tiene que ver con el deseo.

El actor y la mujer del fotógrafo encuentran en el otro a alguien que habla su mismo lenguaje emocional, silencios, miradas y bromas incluidos. Alguien que no les hace sentir fracasados ni prescindibles.

Como contraste tenemos los amagos de comunicación que cada uno de ellos trata de mantener, con escaso éxito, con sus respectivas parejas. El diálogo entre Charlotte y su marido en que ella le enseña la bufanda que está haciendo mientras él le habla de su sesión de fotos. Las conversaciones a deshoras entre Bob y su esposa, en los que las recriminaciones silban como balas poniendo de manifiesto que hablar y comunicar no siempre son la misma cosa.

Y de fondo, un Japón lleno de contrastes. Charlotte saltando las piedras de un estanque, atravesando las bulliciosas calles de Tokio bajo su paraguas transparente, abrazándose las rodillas acurrucada frente al ventanal, creando efímeras obras de arte con flores vivas. Bob prostituyéndose en spots publicitarios, asistiendo a fiestas de veinteañeros, cantando en un Karaoke y enfrentándose a su particular jetlag con un lingotazo de Suntory.

Lo mezclamos todo, le añadimos un par de temas de Pretenders y The Jesus & Mary Chain, lo aderezamos con un puñado de dudas existencialistas y el particular sentido del humor de un actor en declive, y voilà! Tenemos una cinta realmente inolvidable.

LIT despedidaHay quien opina que ésta es una película tremendamente soporífera. Que va de un par de pijos que se aburren porque no tienen problemas de verdad.

Y tal vez tengan razón: no hay sexo, no hay violencia, no hay drama.

Sin embargo, para los que nos enamoramos de ella desde que la vimos por primera vez, ‘Lost in translation’ es una de esas pequeñas obras de arte que te hacen reconciliarte con la pantalla grande.