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El primer amanecer fue el más frío.

Doy un nuevo sorbo a mi té esperando entrar en calor y observo a la pareja que desayuna en la mesa de enfrente. Deben tener nuestra edad, un par de años más a lo sumo, y salvo por el color de pelo – una rubia, la otra morena – parecen ir uniformadas: mismos pantalones caqui con bolsillos, mismas  sandalias, mismo tipo de camiseta.

Pero aunque compartan mesa – y cama, imagino- , sus miradas no se han cruzado en el rato que llevo aquí, absorta cada una en la pantalla de su respectivo móvil. Los nuestros, a sugerencia mía, acabaron quedándose en casa. Bastante invisible me he sentido ya a lo largo de la semana a cuenta del puto wasap como para verme relegada a un segundo plano estando en un hotel.

En cuestión de minutos el resto de huéspedes comienza a ocupar el resto de mesas. Cafetera y tostadora se convierten en punto de encuentro donde guiris y autóctonos intercambian comentarios de ascensor mientras esperan. Se quejan del mal tiempo que les está haciendo. De la amenaza de lluvia. Del viento que ruge entre las palmeras.

Yo, que he tenido que venir todo el camino en el asiento de atrás – como los niños chicos – porque el sol daba por el lado del copiloto, no me quejo. Incluso el viento, que no ha dejado de enredarme el pelo desde que llegamos, me parece perfecto hoy.

(…)

La segunda noche llovió por fin. Llovió sobre nuestros mojitos y sobre nuestros brindis. Llovió sobre mojado.

Y al despertar nos encontramos con que el viento había desaparecido. Con que la arena, compacta tras la lluvia de la noche anterior, apenas se hundía bajo nuestros pies, iluminados a su paso por las luces que bajaban desde las casas.

Y si 4 años atrás pudimos ver el sol asomar tras las rocas, esta vez fue del todo imposible adivinar en qué momento se hizo de día.

Fue un amanecer plomizo y húmedo, sin huellas a nuestras espaldas. Como si fuéramos los primeros en recorrer aquella orilla. Como si nunca hubiera pasado nada.

Y tras dejar tanto mi ropa como la procesión, que iba por dentro, cuidadosamente dobladas sobre mis sandalias, me metí en el mar.

Y por un momento sentí que me hacía visible de nuevo.

(..)

I could sleep alone or learn to
I’m not suggesting that we’d find
some earthly paradise forever

(*) Si queréis descargaros la coplilla o saber de qué va, pinchad aquí.